Cuando me desanimo ante las malas noticias y peores realidades de nuestro país y nuestro mundo, echo mano de mis recuerdos de todas aquellas personas que tanto me enseñaron en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo y recupero la fe y la confianza en mis semejantes.
Cuando llegue el momento, quizás haya que recapitular y reflexionar sobre lo vivido (tal vez escribir algo a modo de resumen), y seguir con una vida que entrará en su invierno. Ojalá siga siendo productiva y útil, como he intentado que lo fuesen los años de actividad profesional.
Es un pozo sin fondo que debe hacerse cargo de una población cada vez más envejecida y enferma. Sus costes son descomunales, lo cual además se presta a la demagogia y la disputa partidista con fines espurios. Cualquier crítica constructiva hacia la racionalización de su uso y sus gastos es malinterpretada.
Contemplo con una buena dosis de escepticismo las iniciativas verticales que toman los gestores, cuyos motivos ignoro y en ocasiones incluso sospecho espurios, alejados de la realidad cotidiana del hospital, de lo que funciona y de lo que no.
Todas y cada una de estas personas, que desarrollan su trabajo lo mejor posible, a veces en situaciones difíciles, por sueldos magros, quizás sin el apoyo de quienes ostentan las responsabilidades, solo por dignidad y decencia, son los héroes de esta sociedad.
El verano ha traído para nuestro país su propia tragedia, en forma de incendios que han calcinado centenares de miles de hectáreas y destruido vidas humanas, casas, hogares, medios de subsistencia. La respuesta de la administración central se ha basado en mezclar soberbia e incompetencia, acorde con su práctica habitual, pero que no por usual deja de alarmar y escandalizar a la ciudadanía.
“No he diagnosticado ni siquiera sospechado intolerancias alimentarias en ninguno de los países del tercer mundo donde he trabajado como voluntario médico. No hay intolerantes a ningún nutriente en los campos de refugiados, en los suburbios de las grandes ciudades de los países del sur, donde mucha gente se acostó con hambre y se despierta con hambre”.
Después de una caída grave de la bici, se tiene miedo al volver a montar. Igual ocurre después de un accidente de coche, un revés afectivo o laboral, un desengaño familiar, una pérdida importante, o una injusticia sentida y padecida. Miedo a que te vuelva a pasar, con los sufrimientos inherentes a las heridas y las fracturas.
Mi verano es atípico, condicionado por los problemas de salud. Contemplo las idas y venidas a mi alrededor, en viajes de vacaciones o por necesidad, a lugares más o menos lejanos según quién los emprenda. …
Escuche pues con respeto, pregúntese qué puede aportar, regale su paciencia y guarde silencio, en muchas ocasiones lo mejor que podrá hacer. Acompañe con su presencia y oración si es lo que puede ofrecer.
Así comprendemos la importancia e incluso trascendencia de los otros (...). Nada hay más triste que un paciente hospitalizado solo, a quien nadie visita, a quien nadie ayuda, que depende por entero del personal sanitario.
Luther King, Romero o Gandhi quizás no eran las figuras más glamurosas de nuestra juventud, no daban voces, no imponían su criterio sin escuchar, no gritaban consignas ni agitaban pancartas, no demonizaban a sus adversarios, no emitían afirmaciones apodícticas, no levantaban muros.
Toca convivir con la incertidumbre de entrar a un quirófano, introducirse en una dinámica hospitalaria que suelo conocer desde el otro lado. De médico que toma decisiones, uno pasa a ser paciente por el que deciden otros.
En el caso que nos ocupa, sabemos con certeza el origen, dónde surgió la mutación maligna inicial: fue allá por 2004. Casi todas las metástasis y ulteriores complicaciones comenzaron en aquellas fechas.
En estos tiempos en que nos despertamos todos los días con malas noticias y peores realidades, conforta pensar en todos los buenos samaritanos que caminan anónimos entre nosotros.
Hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos y sabemos y, a pesar de todas las frustraciones y dificultades, nos contentamos con la satisfacción interna del deber cumplido... Y esperamos la jubilación.
Podemos pensar que no hay futuro para nosotros, que ya nada tiene sentido. Que vamos a ser incapaces de levantarnos, de resucitar. (...). La vida ofrecía posibilidades, sueños, ilusiones, ahora cercenadas. Todo eran promesas, potencialidades, oportunidades. Un diagnóstico las truncó.
La esperanza tras la muerte se basa en la experiencia de los primeros seguidores de Jesús, que no encontraron nada suyo en la tumba: la sepultura no era el lugar de encuentro con el resucitado, sino Galilea, donde todo había comenzado.
El ruego es el mismo, expresado en el Padrenuestro: cuando nos llegue la prueba, no nos dejes sucumbir a ella. No permitas que dejemos de creer –y vivir– que Dios es Padre y los hombres somos hermanos.
Sería conveniente tener planes de contingencia para estos casos, porque la posibilidad de interrupciones en la electricidad es real, como hemos comprobado en nuestra piel.
El poder, el prestigio y el dinero, motores durante años, ya no cuentan, sino que queda el amor dado y recibido, para ir así al encuentro de quien creemos que es la fuente del amor, al que llamamos Dios.
Como la enfermedad no entiende de festivos, continúan los ingresos, con un escenario complicado en la mayoría de hospitales. Los períodos de vacaciones son buenos para el personal sanitario, pero no para los pacientes.
Conforta ver a personas que se marchan en paz, como una vela que se apaga. (...) En ese contexto, los creyentes creemos, como formuló con belleza Tagore, que en realidad la luz de la vela se apaga porque llega el amanecer.
Nos llamaron para afrontar una pandemia, y fuimos. Nos necesitaron, y estuvimos. Con medios de defensa y tratamiento a veces precarios, dejándonos durante meses jirones de vida, de tranquilidad, exigiéndonos a nosotros mismos una entereza que no siempre poseíamos.
Volver a la situación pre-2003 es una pesadilla, difícil de comprender si no se ha estado en África. Cuesta imaginar sociedades donde el 20% de la población estaba infectada, con la desaparición de localidades enteras y la generación de tantos huérfanos que nadie sabía qué hacer con ellos.
Escuchar cómo un familiar se derrumbaba y prorrumpía en sollozos al otro lado de la línea se convirtió en frecuente. Era raro el día en que no había que transmitir un fallecimiento, un empeoramiento o la necesidad de un ingreso en la UCI.
Nada volvió a ser como antes: habíamos sabido qué significaba ejercer en condiciones extremas, nos quedaron cicatrices indelebles y supimos que solo podíamos confiar en nosotros mismos y nuestros conocimientos, dedicación y abnegación.
He olvidado los nombres, pero recuerdo muchos rostros de las decenas de enfermos que atendí, todos ellos solos y asustados. Quienes podían hablar por teléfono, tenían un cordón umbilical con el exterior, pero los muy ancianos se hallaban en soledad absoluta.
Las pandemias, junto a las guerras y las catástrofes naturales, son acontecimientos que comparten esta categoría de marcar la historia de personas y sociedades, pero mi generación nunca había vivido algo así, y ojalá no pasemos de nuevo por ello en nuestro periodo vital.
Es conveniente retomar ideas básicas, y la existencia de dos únicos absolutos es una de ellas. Pensar en quien nada posee, cuya preocupación cada mañana es qué comerá hoy, cómo se defenderá del frío o el calor, como evitará la muerte un día más.
Quizás se trate de un gigante con pies de barro. En no pocas ocasiones tengo esa impresión cuando abandono el hospital, para comenzar el trabajo a la mañana siguiente con una oración que me dé ánimos para ayudar a mis semejantes.
El problema condiciona que la igualdad de los españoles ante la ley no exista en el mundo sanitario, porque no dispone de la misma atención la persona que vive en el medio rural.
Es incomprensible e inaceptable que cada autonomía funcione con su propio sistema, incompatible con el resto, en general farragoso y cuajado de problemas y disfunciones.
Cuando visito a un paciente, lo primero que hago, tras presentarme, es preguntarle ¿cómo se encuentra? ¿qué tal está? Porque, más allá de resultados de análisis y radiografías, eso es lo importante: cómo se siente la persona.
Os agradezco la ilusión que creer en vosotros ha traído a mi vida desde que era niño. No la perdí al abandonar la niñez; solo maduró, siguió abierta a la gratuidad, la generosidad y la entrega.
No estaría mal que nuestros gestores sanitarios, entre brindis y brindis, pensaran en medios para que las vacaciones y los días libres no supusieran un stop en la vida del hospital, más allá de las urgencias.
Jesús nace entre jeringuillas y sueros, en un abrazo, en la compañía abnegada que la familia hace al enfermo, en una visita inesperada, en una llamada de teléfono o un mensaje.
Es peligroso el ambiente difuso de desmotivación que detecto en la sanidad pública de nuestro país. Venimos a trabajar con ilusión, pero pronto sobrevienen escepticismo y desánimo, al encontrar un medioambiente adverso que no podemos cambiar.
Lo razonable y humano sería desarrollar una red amplia y eficaz de equipos de paliativos, en vez de diseñar una mal llamada ley de eutanasia (en realidad, de suicidio asistido por el médico), a la que la mayoría de profesionales hemos objetado, por inhumana.
Pido al Dios que sacó a los israelitas de Egipto, con brazo fuerte y mano poderosa, que guíe mis pasos y ayude a un humilde médico, muchos siglos después, con la misma fidelidad que mostró entonces. Que me inspire en el diagnóstico y tratamiento de la persona enferma que está a mi cargo.
Son conversaciones que requieren tiempo y respeto, tranquilidad, y que casi nunca resultan fáciles, ni para la familia ni para el médico. Explico que morir es un proceso que tiene su ritmo, tal como el nacer, y que debemos respetar los tiempos, sin retardarlos, pero sin apresurarlos de forma indebida.
En mi profesión, analizamos los síntomas y signos según se presentan en el paciente, no esperamos a que se haya muerto. Más bien, intentamos que esto no ocurra, adaptando maniobras diagnósticas y terapéuticas a cada situación.
El mal médico encarna la figura de los fariseos hipócritas, a quienes Jesús reprocha que vean la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el suyo, y que concedan importancia capital a lo nimio y trivialicen sobre lo que es fundamental en la vida de las personas.
Con los ancianos, la situación no hará sino empeorar; no cabe esperar mejorías, sabemos que habrá una pérdida progresiva de funciones y habilidades. A pesar de ello, los cuidadores no abandonan ni se quejan
El sufrimiento en fe no duele menos ni las lágrimas son menos amargas, pero deja un resquicio a la esperanza en una resurrección venidera, aunque ignoremos todo sobre ella y no llene los vacíos ni acalle los silencios.
Como cristianos, no creemos en la muerte sin resurrección, aunque ignoremos en qué pueda consistir. Confiamos en que la muerte será el momento de abrazar al resucitado. Creemos que la muerte, en realidad, es un amanecer, tal como explicó Elisabeth Kübler-Ross.
A una cierta edad, te encuentras con familiares y amigos más en los funerales que en bodas y otras celebraciones. En cierta forma, celebramos la vida, aunque sea desde la muerte.
El ansia de poder se halla detrás de numerosas enfermedades, sobre todo psicosomáticas. Por conseguirlo, hay personas que mienten, engañan y anteponen su interés a la consecución del bien común. Esta dinámica empobrece a un país y nos degrada como sociedad.