El accidente de Adamuz se enmarca en un deterioro inexorable de uno de los otrora buques insignias de nuestro país, el tren de alta velocidad. Cualquier usuario sabe a qué me refiero. Entristece ver cómo se ha estropeado y pervertido un sistema ferroviario del que nos sentíamos orgullosos como país
La mezcla de soberbia e incompetencia, como ya ocurrió con la gestión de la Covid-19, ha demostrado ser letal para España, donde está dejando un largo rastro de cadáveres.
Me ayudó en gran manera una reflexión de María López Vigil, la teóloga cubano-nicaragüense. Para ella, la pregunta fundamental no era ¿habrá vida después de la muerte?, sino ¿habrá vida para tantos antes de la muerte?
Quizás pueden hablar, pero nadie aboga por ellos. No aparecen familiares, nadie les visita y, de este modo, como los “pobres de Yahvé” que conmovían a Jesús, se encuentran sin valedor. Dependen de los demás para alimentarse, para dar a conocer sus necesidades, sus padecimientos.
Y así hemos comenzado a recorrer este 2026, con esperanza e incertidumbre, pero siempre abiertos a la posibilidad de conversión, de dejarnos acompañar y sorprender por un Dios que Ignacio calificó como “siempre mayor”.
Los Reyes Magos, cuya fiesta se acerca, simbolizan personas que salen de su tierra siguiendo una señal incierta, que acabará conduciéndoles al encuentro con Dios en un contexto de debilidad extrema.
Se adora al niño que ha nacido en un contexto de precariedad extrema, en un lugar reservado para los animales. ¿Puede haber algo más mísero y vulnerable? Ese es el lugar en que Dios se manifiesta y revela.
La entrega del Nobel de la Paz a María Corina Machado fue una ceremonia intensa, bella, que obliga a interrogarse sobre aquellos (no pocos, compatriotas nuestros) que han apoyado a un régimen tiránico.
Amor gratuito, desarmado, sin recompensa, que los creyentes creemos que proviene de una realidad trascendente más allá de nosotros mismos, que llamamos Dios, y que en Jesús tomó un rostro.
El igualitarismo entre colectivos determina que personas con cualificaciones escasas o inexistentes lleguen a puestos de decisión. En este camino de destrucción efectiva de la 'auctoritas' colaboraron no pocos médicos que de otro modo no hubiesen llegado nunca a los puestos que ocuparon.
Esta es la realidad cotidiana de un médico clínico, poco agradecida y poco eficaz. Mientras tanto, los directivos del hospital se mantienen en sus despachos, ignorantes o indiferentes.
Cuando la preocupación de la ministra es elaborar registros de objetores de conciencia al aborto, en vez de afrontar los problemas reales de las mayorías, solo nos resta diagnosticarla de una enfermedad grave e incurable.
Los virus han inestabilizado ejércitos enteros a lo largo de la historia, han diezmado sociedades, han debilitado e inutilizado a las mentes más privilegiadas y a las personas más fuertes y capaces.
He declarado en repetidas ocasiones mi compresión y compasión hacia quien decide poner fin a su vida (...), pero, de ahí a facilitar el suicido a enfermos terminales, hay un océano.
Cada vez que me coloco delante de un nuevo ingreso y formulo, de un modo u otro, las tres preguntas clave, “qué le pasa, desde cuándo, a qué lo atribuye”, renuevo mi interés y deseo de ser un médico mejor.
Por lo que he observado, todavía cuidan de los suyos, y es frecuente que haya numerosos acompañantes con el paciente. Mucho mejor que la soledad devastadora que rodea a no pocos de los enfermos que visito, sobre todo en la gran ciudad.
Este modelo de médicos desplazándose desde la capital, aun no siendo idóneo, asegura una atención de calidad, porque la composición del equipo médico de los hospitales comarcales es, en mi opinión, uno de los principales escollos para que todos los españoles sean iguales en sus derechos.
Ir de nuevo a la huelga me provoca desazón, pero es la única forma de mostrar nuestro descontento hacia una Administración que nos ha maltratado demasiado tiempo. La impresión generalizada en el colectivo médico es de enfado.
Cuando me desanimo ante las malas noticias y peores realidades de nuestro país y nuestro mundo, echo mano de mis recuerdos de todas aquellas personas que tanto me enseñaron en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo y recupero la fe y la confianza en mis semejantes.
Cuando llegue el momento, quizás haya que recapitular y reflexionar sobre lo vivido (tal vez escribir algo a modo de resumen), y seguir con una vida que entrará en su invierno. Ojalá siga siendo productiva y útil, como he intentado que lo fuesen los años de actividad profesional.
Es un pozo sin fondo que debe hacerse cargo de una población cada vez más envejecida y enferma. Sus costes son descomunales, lo cual además se presta a la demagogia y la disputa partidista con fines espurios. Cualquier crítica constructiva hacia la racionalización de su uso y sus gastos es malinterpretada.
Contemplo con una buena dosis de escepticismo las iniciativas verticales que toman los gestores, cuyos motivos ignoro y en ocasiones incluso sospecho espurios, alejados de la realidad cotidiana del hospital, de lo que funciona y de lo que no.
Todas y cada una de estas personas, que desarrollan su trabajo lo mejor posible, a veces en situaciones difíciles, por sueldos magros, quizás sin el apoyo de quienes ostentan las responsabilidades, solo por dignidad y decencia, son los héroes de esta sociedad.
El verano ha traído para nuestro país su propia tragedia, en forma de incendios que han calcinado centenares de miles de hectáreas y destruido vidas humanas, casas, hogares, medios de subsistencia. La respuesta de la administración central se ha basado en mezclar soberbia e incompetencia, acorde con su práctica habitual, pero que no por usual deja de alarmar y escandalizar a la ciudadanía.
“No he diagnosticado ni siquiera sospechado intolerancias alimentarias en ninguno de los países del tercer mundo donde he trabajado como voluntario médico. No hay intolerantes a ningún nutriente en los campos de refugiados, en los suburbios de las grandes ciudades de los países del sur, donde mucha gente se acostó con hambre y se despierta con hambre”.
Después de una caída grave de la bici, se tiene miedo al volver a montar. Igual ocurre después de un accidente de coche, un revés afectivo o laboral, un desengaño familiar, una pérdida importante, o una injusticia sentida y padecida. Miedo a que te vuelva a pasar, con los sufrimientos inherentes a las heridas y las fracturas.
Mi verano es atípico, condicionado por los problemas de salud. Contemplo las idas y venidas a mi alrededor, en viajes de vacaciones o por necesidad, a lugares más o menos lejanos según quién los emprenda. …
Escuche pues con respeto, pregúntese qué puede aportar, regale su paciencia y guarde silencio, en muchas ocasiones lo mejor que podrá hacer. Acompañe con su presencia y oración si es lo que puede ofrecer.
Así comprendemos la importancia e incluso trascendencia de los otros (...). Nada hay más triste que un paciente hospitalizado solo, a quien nadie visita, a quien nadie ayuda, que depende por entero del personal sanitario.
Luther King, Romero o Gandhi quizás no eran las figuras más glamurosas de nuestra juventud, no daban voces, no imponían su criterio sin escuchar, no gritaban consignas ni agitaban pancartas, no demonizaban a sus adversarios, no emitían afirmaciones apodícticas, no levantaban muros.
Toca convivir con la incertidumbre de entrar a un quirófano, introducirse en una dinámica hospitalaria que suelo conocer desde el otro lado. De médico que toma decisiones, uno pasa a ser paciente por el que deciden otros.
En el caso que nos ocupa, sabemos con certeza el origen, dónde surgió la mutación maligna inicial: fue allá por 2004. Casi todas las metástasis y ulteriores complicaciones comenzaron en aquellas fechas.
En estos tiempos en que nos despertamos todos los días con malas noticias y peores realidades, conforta pensar en todos los buenos samaritanos que caminan anónimos entre nosotros.
Hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos y sabemos y, a pesar de todas las frustraciones y dificultades, nos contentamos con la satisfacción interna del deber cumplido... Y esperamos la jubilación.
Podemos pensar que no hay futuro para nosotros, que ya nada tiene sentido. Que vamos a ser incapaces de levantarnos, de resucitar. (...). La vida ofrecía posibilidades, sueños, ilusiones, ahora cercenadas. Todo eran promesas, potencialidades, oportunidades. Un diagnóstico las truncó.
La esperanza tras la muerte se basa en la experiencia de los primeros seguidores de Jesús, que no encontraron nada suyo en la tumba: la sepultura no era el lugar de encuentro con el resucitado, sino Galilea, donde todo había comenzado.
El ruego es el mismo, expresado en el Padrenuestro: cuando nos llegue la prueba, no nos dejes sucumbir a ella. No permitas que dejemos de creer –y vivir– que Dios es Padre y los hombres somos hermanos.
Sería conveniente tener planes de contingencia para estos casos, porque la posibilidad de interrupciones en la electricidad es real, como hemos comprobado en nuestra piel.
El poder, el prestigio y el dinero, motores durante años, ya no cuentan, sino que queda el amor dado y recibido, para ir así al encuentro de quien creemos que es la fuente del amor, al que llamamos Dios.
Como la enfermedad no entiende de festivos, continúan los ingresos, con un escenario complicado en la mayoría de hospitales. Los períodos de vacaciones son buenos para el personal sanitario, pero no para los pacientes.
Conforta ver a personas que se marchan en paz, como una vela que se apaga. (...) En ese contexto, los creyentes creemos, como formuló con belleza Tagore, que en realidad la luz de la vela se apaga porque llega el amanecer.
Nos llamaron para afrontar una pandemia, y fuimos. Nos necesitaron, y estuvimos. Con medios de defensa y tratamiento a veces precarios, dejándonos durante meses jirones de vida, de tranquilidad, exigiéndonos a nosotros mismos una entereza que no siempre poseíamos.
Volver a la situación pre-2003 es una pesadilla, difícil de comprender si no se ha estado en África. Cuesta imaginar sociedades donde el 20% de la población estaba infectada, con la desaparición de localidades enteras y la generación de tantos huérfanos que nadie sabía qué hacer con ellos.
Escuchar cómo un familiar se derrumbaba y prorrumpía en sollozos al otro lado de la línea se convirtió en frecuente. Era raro el día en que no había que transmitir un fallecimiento, un empeoramiento o la necesidad de un ingreso en la UCI.
Nada volvió a ser como antes: habíamos sabido qué significaba ejercer en condiciones extremas, nos quedaron cicatrices indelebles y supimos que solo podíamos confiar en nosotros mismos y nuestros conocimientos, dedicación y abnegación.
He olvidado los nombres, pero recuerdo muchos rostros de las decenas de enfermos que atendí, todos ellos solos y asustados. Quienes podían hablar por teléfono, tenían un cordón umbilical con el exterior, pero los muy ancianos se hallaban en soledad absoluta.
Las pandemias, junto a las guerras y las catástrofes naturales, son acontecimientos que comparten esta categoría de marcar la historia de personas y sociedades, pero mi generación nunca había vivido algo así, y ojalá no pasemos de nuevo por ello en nuestro periodo vital.
Es conveniente retomar ideas básicas, y la existencia de dos únicos absolutos es una de ellas. Pensar en quien nada posee, cuya preocupación cada mañana es qué comerá hoy, cómo se defenderá del frío o el calor, como evitará la muerte un día más.