Jóvenes, catequistas, religiosas, sacerdotes y algún obispo ya están anunciando el Evangelio en internet. Lo hacen con ilusión y, casi siempre, solos. Este Pliego mira de frente esa realidad: qué es un misionero digital, por qué necesita el envío de la Iglesia y no solo ‘likes’, qué gana y qué arriesga, y qué miedos conviene superar. Y termina con dos propuestas: acoger la evangelización digital como un lugar verdadero de primer anuncio, formación y encuentro con Cristo, y animar a los pastores a crear en sus diócesis delegaciones o secretariados propios. En América llevan años de ventaja. Aquí ya hay quien ha perdido el miedo a dar testimonio en la red.