Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Cambia todo cambia


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La vida no es un palíndromo. Las personas no somos palíndromos. Recurramos al diccionario: “Un palíndromo son palabras o frases que al leerse de izquierda a derecha y viceversa expresan o tienen el mismo sentido”.



A veces pareciera que alguien nos pide eso: ser perfectos, acabados, impecables. Tanto que se nos pueda leer exactamente igual de principio a fin, que de fin a principio; de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Pero ni la vida ni nosotros somos así. Lo nuestro, lo verdaderamente humano es cambiar. Unas veces será porque crecemos y otras porque retrocedemos o nos atascamos. Lo que nunca estamos es igual. ¡Ni Dios es inmutable, cómo queremos serlo nosotros!

Y me venía al corazón esta preciosa canción de Julio Numhauser versionada por Mercedes Sosa: ‘Cambia todo cambia’ (¡un palíndromo por palabras!):

“Cambia lo superficial / Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo / (…) Cambia el rumbo el caminante / Aunque esto le cause daño / Y así como todo cambia / Que yo cambie no es extraño”.

Cantar a la vida

Es un canto al cambio como parte de la vida. Es más: si nada cambia en mucho tiempo, tendríamos que preocuparnos y sin embargo, solemos estar más empeñados en celebrar lo mucho que nos mantenemos en lugares o modos (que nada tiene que ver con permanecer del que habla el Evangelio).

El cardenal Newman lo expresaba así: “En un mundo más elevado es de otra manera; pero aquí en la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones”.

La naturaleza nos ofrece numerosos ejemplos continuamente. Las culturas y las sociedades también. Incluso nuestro propio cuerpo. Y nos revelamos con cierta frecuencia. El colmo de nuestra desesperación es cuando no podemos controlar, ni siquiera prever los cambios. Nos genera tanta inseguridad que provoca ansiedad, tristeza, bloqueos… Por desgracia lo estamos viviendo con el Covid-19.

Cambiar, transformarnos. Pero hay un matiz que a menudo olvidamos. Sin la última estrofa de la canción, todo queda distorsionado:

“Cambia todo cambia / Pero no cambia mi amor / Por más lejos que me encuentre / Ni el recuerdo ni el dolor / De mi pueblo y de mi gente / Y lo que cambió ayer / tendrá que cambiar mañana / Así como cambio yo / en esta tierra lejana / Cambia todo cambia”.

Si no cambiamos, morimos. Desaparecemos. Así ocurrió con grandes especies poderosas como los enormes dinosaurios. Los más grandes suelen ser los primeros en caer, quizá porque les cuesta más moverse que a los pequeños que tienen tan poco que perder. Pero para no volvernos locos necesitamos que algo no cambie. Es la paradoja del cambio. Quizá sea el secreto para no revelarnos ante los cambios que nos desconciertan o el paso del tiempo que nos debilita o los cambios sociales que se nos imponen. Que no cambie mi amor. Que, como un buen compás, el centro esté bien fijado para movernos sin desbarrar. Que no desaparezcan los vínculos que nos nutren y nos reconocen. Que no cambie el poso, la raíz, lo que nos cimienta en la vida. Que no cambie mi amor. Y así, desde ahí, creo que nos sería más saludable y más llevadero soportar cualquier cambio. Tanto cambio…