Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia

El pasado se puede cambiar


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Thomas Hobbes sostenía que “no hay deliberación sobre cosas pasadas, porque, como es obvio, es imposible cambiarlas”, sin embargo, no solamente podemos cambiar el pasado, sino que está continuamente en estado de transformación. Cambia porque varían nuestra interpretación del mismo. Hay hechos objetivos, pero su combinación suele variar su sentido. Históricamente hemos vivido tiempos en los que el pasado fue una conquista épica y otros en que fue un abuso colonial. Personalmente, hay partes de nuestra vida que hemos recordado de modos radicalmente diferentes.



Cuando una sociedad no está en paz con su pasado, cualquier conflicto importante lo revuelve y se convierte en campo de batalla. Nos pasa en la vida personal: cuando tenemos problemas, crujen de nuevo las partes no pacificadas de nuestra biografía, vuelve el recuerdo sobre viejos conflictos o heridas, deudas impagadas del mal que hicimos o nos hicieron, sueños rotos, oportunidades perdidas, etc. Necesitamos una labor continua de cuidado de nuestra memoria, seguir bebiendo de los buenos tiempos, seguir sanando poco a poco lo que aún duele.

Nuestro avance hacia el futuro se eleva sobre un continuo discernimiento de nuestro pasado. Nuestro aprendizaje del pasado no cesa si continuamos buscando la verdad sobre él. Ahondamos en las experiencias que vivimos, conocemos nuevos hechos, emergen olvidos, escuchamos voces que no habíamos tenido en cuenta. ¡Cuántas veces hemos conocido años después cómo vivieron una historia otros y eso ha modificado nuestra visión! La sabiduría crece o nos hacemos más insensibles, todo eso da nuevos enfoques sobre el pasado, que no son solamente hechos, sino sobre todo valoración e intención de los mismos.

El pasado está lleno de esperanzas

La esperanza no solo es una dimensión de futuros, sino que también el pasado está lleno de esperanzas que buscan quien las pueda acoger. El rencor, el odio, la venganza, la negación y otras miserias nos impiden hacerlo, condenan el pasado a ser solamente un apila de huesos muertos.

Cuando el papa Francisco nos regala a los españoles el mensaje de que nos reconciliemos en la historia, se refiere en parte a esto. Hay una lucha por el pasado, modos muy distintos de interpretar quiénes fuimos. La fragilidad del pasado lo hace muy susceptible de manipulación y revisionismos sesgados, pero también introduce una radical libertad. Hay una ética del pasado cuyo primer principio es la compasiva justicia con las generaciones que nos antecedieron. Como la de un hijo, la mirada sobre padres, abuelos y antepasados puede ser tremendamente dura, y solamente una mirada comprensiva, pacificadora y ecuánime puede hacer que profundicemos en la verdad.

El pasado cambia porque cambiamos nuestra relación con él, cambia nuestro amor por quienes lo vivieron en primera persona, cambia nuestro modo de recibirlo y se transforma su significado en nosotros, porque nosotros estamos hechos de ellos y también somos pasado. Hay tanto pasado como nosotros lo tengamos presente. Todo el pasado está en nuestro interior. Reconciliarnos en el pasado significa tener una mirada nueva sobre quiénes hemos sido juntos y ese tipo de experiencia solo se puede hacer de la mano del otro.

El pasado se puede cambiar si estamos dispuestos a ser mucho más humanos. No solamente puede convertirse en otra cosa, sino que se vuelve un presente prometedor. El pasado se puede convertir en una experiencia viva de libertad, esperanza y amor si nos hacemos más conscientes de que somos capaces de pensar, sentir y hacer lo que es eterno.