Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Dale a uno un uniforme…


Compartir

Entre las sentencias que forman el amplio elenco de los dichos de mi madre se encuentra una frase incompleta. Aunque la deja sin concluir, permite intuir más de lo que realmente dice: “Dale a uno un uniforme…”. En estas cinco palabras de ese depósito de sabiduría materna se entrevé cómo todos albergamos deseos de reconocimiento y de dominio. Por eso, cuando alguien nos concede un ámbito de poder, como el que expresa un uniforme, no es difícil que nos sintamos un pasito por encima del resto, por más que se trate de un traje de conserje en una comunidad de vecinos. Como cualquier refrán, también este encierra a la vez una generalización injusta y una parte de verdad. No es extraño que, cuando alguien tiene una responsabilidad sobre otras personas acabe situándose por encima y cambiando su forma de relacionarse con ellas.



Experiencia con un superior general

Me ha venido a la cabeza esta frase de mi madre por una conversación que tuve el otro día un amigo religioso. Él me estaba contando su experiencia con quien ha sido elegido recientemente como el máximo responsable de su orden. Él me describía el trato delicado que tiene con todos y cómo ofrece toda su atención para escuchar a quien se acerca a él, dejando a un lado cualquier tarea para atender con todos los sentidos al que quiere hablar con él. Y, mientras él me compartía esa vivencia, a mí me brotaba desear que no cambie esa actitud, que su responsabilidad no le haga olvidar que lo importante es cuidar a las personas y que mantenga la lucidez suficiente para ser muy consciente de la tentación del poder, habitualmente sutil, que siempre acompaña estos cargos, también cuando se dan dentro de una institución eclesial.

Un total de 2.300 personas cuelgan los hábitos cada año en el mundo

Y es que ninguno estamos libre de este riesgo, por más que nuestros discursos religiosos recuerden la insistencia de Jesús en que el primero es el último (Mc 9,35), en que los jefes deben servir (Mc 10,43), en que somos invitados a lavarnos los pies unos a otros (Jn 13,14) y en que Él mismo no “ha venido a ser servido sino a servir” (Mc 10,45). Si el lenguaje religioso oculta nuestras dinámicas internas y no estamos atentos a lo que nos suscita ostentar un poco de poder, por más mínimo que sea, es fácil que nuestra existencia acabe contradiciendo nuestras palabras. No quiero resultar agorera, ni pecar de esa injusticia que es cualquier generalización, como la que late en el dicho de mi madre, pero estemos atentos a que ningún “uniforme” nos haga olvidar las convicciones del corazón.