Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Compañeros de asiento


Compartir

Con el comienzo de curso vienen también las actividades típicas del mundo académico, algunas de ellas paralizadas desde el inicio de la pandemia. Eso incluye reuniones y simposios como el que tuve la semana pasada. Estuve un par de días en Málaga, aprendiendo y compartiendo con colegas sobre estudios judíos y hebreos. Además de la riqueza intelectual que supone dos días con personas a quienes me unen gustos poco habituales, me quedan resonancias en el corazón como para escribir varias entradas de blog. Podría hablaros de espetos, conversación y amistad compartida con un amigo de hace tiempo o de cómo te puedes sentir “de toda la vida” y “en casa” con quienes acabas de conocer físicamente, pero twitter ya había unido. Aun así, hoy rescato una conversación durante mi viaje de regreso a casa.



No soy yo mucho de hablar con desconocidos, pero cuando el autobús arrancó desde la estación de Málaga, mi compañera estaba contándole a alguien por teléfono que viajaba, un poco a la aventura, porque tenía una entrevista de trabajo al día siguiente. Según parece, había recibido una llamada haciéndole una propuesta laboral justo en un momento providencial, pues estaba a punto de despedirse de su actual puesto porque no se sentía a gusto en él. No es que yo sea dada a escuchar conversaciones ajenas, por más que fuera inevitable hacerlo, pero me llamó la atención cómo comentaba que le echaba un poco para atrás el vivir en Granada. Cuando colgó el teléfono, este comentario fue el inicio de una conversación que duró hasta llegar a nuestro destino.

Libros sapienciales

No nos dijimos el nombre, pero, durante la hora y media que duró el trayecto, hablamos del modo en que nos relacionamos afectivamente con los lugares, de la vida y su complejidad, de la necesidad de disfrutar del trabajo, de las dificultades que conllevan los cambios, especialmente de cultura, de cómo influye el clima en nuestra salud, de la pandemia y sus consecuencias, de los retos que tienen que afrontar los jóvenes y de la necesidad de volver sobre nuestras experiencias pasadas para descubrir el sentido de lo vivido y tener la confianza suficiente para abordar el incierto futuro. Aunque no lo hice, muchas de las vivencias e inquietudes que compartía me recordaban a las búsquedas y preguntas que laten tras algunos libros sapienciales, pues, en realidad, estas cuestiones nos unen a todos los seres humanos, seamos de la época que seamos.

autobús

Puede parecer que, quien se cruce conmigo en un transporte público, corre el claro riesgo de tener que soportar una larga conversación conmigo. Tranquilos, no es el caso. Pero, sea como sea, en esta ocasión agradecí a Dios la asombrosa confianza de mi compañera de asiento, el empeño divino por salirnos al paso de las formas más sorprendentes y su modo de ponernos a la escucha de las inquietudes cotidianas de quienes comparten con nosotros el camino de la vida… aunque sea en un autobús.