Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Al final de este viaje en la vida quedará


Compartir

Entre espíritus redivivos, difuntos y santos, es difícil pasar estos días sin dejarse tocar siquiera por la muerte. Más allá de compartir una fe o no hacerlo, una idea filosófica o no, ¿quién puede mantenerse al margen de esta sombra, de este ‘spoiler’ vital, de este aviso cotidiano y progresivo?



Sobre ella escriben la literatura y el teatro, canta la música, dibujan la pintura y la escultura. Con Dios y sin Dios. Nadie deja de sentir su zarpazo alguna vez: un familiar, un amigo, la muerte de un inocente, o la injusticia desproporcionada en el modo y momento de morir de tantos…

Sin embargo, como todo en la vida, podemos superficializarlo hasta lograr que no nos roce ni la piel. Podemos reducirlo al absurdo y pensar que ante lo inevitable no hay nada que decir, nada que aprender, nada que reorientar. Podemos vivir, incluso, como si no supiéramos que vamos a morir; y no solo cada uno de nosotros, sino las personas que más queremos y nos quieren, aquellos que dan sentido a nuestros días y que, con frecuencia, ni siquiera agradecemos y celebramos hasta que su ausencia y el vacío nos parte por dentro.

guitarra

Con fe o sin ella, la muerte puede ser una gran aliada, como lo son nuestros más feroces enemigos: nos avisan de nuestro lado más flaco y desprotegido, de nuestros excesos y carencias. Tenerlo en cuenta y tomar medidas, ya es tarea de cada uno. Lo mismo con la muerte. Con fe o sin ella, no deja de ser llamativo vivir sin la conciencia de estar en camino, de hacer un viaje, de tener un principio y un final, y, sobre todo, de que nuestro paso por aquí siempre deja una huella. Mayor o menor, celebrada o desechada, pero huella. Como canta Silvio Rodríguez, ateo confeso por cierto:

“Somos prehistoria que tendrá el futuro. Somos los anales remotos del hombre. Estos años son el pasado del cielo (…) Al final de este viaje en la vida quedarán nuestros cuerpos hinchados de ir a la muerte, al odio, al borde del mar. Al final de este viaje, en la vida quedará nuestro rastro invitando a vivir (…) quedará una cura de tiempo y de amor, una gasa que envuelva un viejo dolor (…) quedarán nuestros cuerpos tendidos al sol como sábanas blancas después del amor. Por lo menos por eso es que estoy aquí”.

Si sabemos que tenemos un final, que nuestro tiempo es limitado e irrepetible, ¿cómo no nos hace más conscientes y más libres para vivir cada instante como realmente siente cada uno, con toda honestidad?, ¿cómo es posible que desaprovechemos tantas oportunidades?, ¿cómo nos enredamos en tanta minucia?, ¿por qué no gozamos más con quienes nos hacen mejores en lugar de entretenernos con “golosinas”?, ¿cómo no sacamos fuerzas para ir menos veces al odio y más al sol?

Cantar a la vida y a la muerte

Con fe o sin ella, con Dios o sin dios, ojalá estos días sean una oportunidad para cantar a la vida y a la muerte, a la propia y a la ajena, a este viaje tan duro como hermoso en el que estamos empeñados. Y elegir la vida de manera que queramos estampar nuestra firma al final del folio, sin temor y sin orgullo. Simplemente porque es nuestro. Y es lo que pudimos dar. Lo que elegimos dar y recibir. Agradecidos y preparados para terminar una etapa y siempre comenzar otra, para quien muere y para quien se queda:

“Al final del viaje, está el horizonte. Al final del viaje, partiremos de nuevo. Al final del viaje, comienza un camino. Otro buen camino”.

Para quienes tenemos fe en Dios, para quienes compartimos la promesa escatológica de Quien bien nos quiere, se añade además una fuente de esperanza y de serenidad ante la muerte. Dolorosa, desgarradora, pero preñada de vida aquí y ahora. Quizá por eso termina la canción:

“Quedamos los que puedan sonreír en medio de la muerte, en plena luz, en plena luz”.

Para quienes no creen en Dios, saber que moriremos también puede tornarse en acicate de vida y de una vida digna, que merezcamos ser llamados “ser humano”:

“Nunca me he preocupado de si existe Dios o no (…) Me ha preocupado más que si Dios existe, que yo le parezca bien (…) Le debe importar un bledo que alguien crea en Él o no. Lo que le debe importar es que la gente sea humana y digna del ser humano”.