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José Lorenzo, redactor jefe de Vida Nueva
Redactor jefe de Vida Nueva

A Omella se la lían parda


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Le han pintado el Obispado y varias parroquias con la frase “Omella miente”. La brocha la maneja un incendiario con la pintura que le proporcionan una parte de los curas que no se sienten queridos por el arzobispo de Barcelona. Los mismos que se indignaron cuando salió el nombramiento del nuevo arzobispo de Tarragona (cosecha suya) o que aplaudían cuando algunos pretendieron que el cardenal compareciese en la Audiencia Nacional, en el juicio del procés, por haber comido con Oriol Junqueras en los días más duros de la ‘desconexión’ catalana, cuando el purpurado aragonés era un canal abierto de comunicación entre la cerrazón y la sordera.

Ahora, se la quieren liar parda a cuenta de un cura secularizado por Roma, que tuvo que salir en su día de su diócesis originaria, Alcalá de Henares, rumbo a Zaragoza, siguiendo los pasos de quien pastoreó ambas.

Me cuesta recordar una línea defensiva de un abogado que lleve adosada tal carga de profundidad contra quien le paga su minuta como la que presentó el letrado que defiende a ese exsacerdote, que se queja de que Omella ocultó ante Roma documentos que probarían que él no es padre de una hija que le endosan, que sería la razón para su injusta secularización y, por tanto, las consiguientes pérdidas, también económicas.

el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, sale el 12 de julio de 2019 del juzgado de declarar de un juzgado de la Ciudad Condal como investigado por un presunto caso de falsificación de documento en el caso de Miguel Ángel Barco, secularizado por Roma

Resulta que el abogado grabó una conversación con el propio Omella, sin saberlo este, en donde el cardenal reconocería que, por tener un hijo, “normalmente” Roma no seculariza a nadie. “Tiene que haber otras cosas”, dice el cardenal en la grabación de la que se han hecho eco con profusión los medios.

Ignoro qué otras cosas pueden ser, pero la hoja de servicios del denunciante la adornan otros capítulos mediáticos tampoco muy edificantes, como su presunto acoso a un joven diácono cuando era párroco en Épila, que acabó con otra denuncia de la que nunca más se supo, y con la expeditiva salida del arzobispo Manuel Ureña de Zaragoza. De la que, por cierto, culpan a Omella.