75 años después, ¿hemos aprendido la lección de Auschwitz?


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La oración

Francisco se ha anticipado un día a la celebración del 75º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Un acontecimiento que ha encontrado eco en personalidades instituciones de todo el mundo –o casi, con ausencias siempre significativas–. Tras rezar el ángelus de este domingo, recordaba que “ante esta inmensa tragedia, esta atrocidad, la indiferencia no es aceptable y el recuerdo es necesario”.

Por ello, invitó a todo el mundo a que en este lunes, 27 de enero, que es cuando se cumple la fecha oficial de la llegada de las tropas soviéticas al paradigmático campo, tuviéramos “un momento de oración y de recogimiento, cada uno diciendo en su corazón: ¡nunca más, nunca más!” Un grito rotundo el del Papa que conoce de primera mano el campo que visitó con motivo de la JMJ de Cracovia hace ahora 5 años. “¡Nunca más, nunca más!” repite el Papa ante tantas situaciones que parecen hacer presuponer que la cultura del descarte de personas no es algo superado del pasado. “La crueldad no acabó en Auschwitz. Hoy también se tortura”, había gritado Francisco en la noche del aquella jornada en la que visitó el campo.

La liberación

El proyecto nazi de la creación de un estado habitado por una raza superior totalmente pura –aunque comanda por un Führer que no respondía a muchas de las características que impuso a los demás– llevó a la creación, a partir de 1933, de campos de concentración. Judíos, gitanos o eslavos fueron los principales candidatos a ser deportados a estos lugares como parte de este descarte étnico. En 1939, el ejército alemán ya había conquistado Polonia en su empeño por extender su ideología al máximo de territorios posibles. La ciudad de Oświęcim –a 43 kilómetros de Cracovia, prácticamente en el centro del mapa del III Reich– quedaría, por lo tanto, bajo el poder alemán.

A las afueras de esa localidad, rebautizada en alemán como Auschwitz, a mediados de 1940, se construyó el campo de concentración ‘Konzentrationslager Auschwitz’ para liberar las hacinadas cárceles polacas. Un simple campo más en la tela de araña trazada por los nazis que, poco a poco, se iría convirtiendo a partir de 1942 en el mayor campo de exterminio de la historia. Su entrada con la vía de tren y el cartel ‘Arbeit macht frei’ (“El trabajo libera”) siguen siendo iconos que testimonian una de las etapas más negras de la deshumanización de los hombres.  

Tanto es así que la propia ciudad de Oświęcim desapareció para convertirse toda ella en el propio campo que se iría ampliando. A Auschwitz I, el campo original o ‘Stammlager’ –con hasta 20.000 prisioneros y experimentos de todo tipo–, le seguiría Auschwitz II-Birkenau –especializado para el exterminio de prisioneros a través de las conocidas cámaras de gas ya que tuvo hasta 90.000 prisioneros simultáneamente–, Auschwitz III-Monowitz como campo de trabajo en unas plantas químicas y cerca de 50 campos más dependientes del complejo en minas o fundiciones que sería dirigido por las temidas SS. Se calcula, con todas las prevenciones, que pasaron por los campos 1.300.000 personas de las que murieron allí 1.100.000, siendo el 90% judíos. Por países, los húngaros fueron los más numerosos, seguidos de los polacos.

Así hasta el 27 de enero de 1945. Ya a finales de 1944, ante la amenaza soviética sobre Polonia los alemanes empezaron a destruir documentación e incluso derribar algunos de los edificios. Los días previos también fueron evacuados algunos prisioneros mientras los rusos se hacían con el poder en Cracovia. Cuando llegaron a Auschwitz, 7.500 prisioneros fueron liberados por el Ejército Rojo, entre ellos un puñado de niños que pudieron liberarse de haber sido exterminados a su llegada.

Hoy en día algunas instalaciones y archivos forman parte del museo y memorial del campo de concentración más elocuente del Holocausto, el Museo Estatal Auschwitz-Birkenau. Edificios y celdas son un testimonio permanente de la ‘Shoá’, más allá de todo ‘selfie’ superficial sobre las vías del tren. Por ello, el campo está inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1979. Estos muros, junto con el testimonio de investigadores y supervivientes, son la pared con la que el negacionismo –incluidos sus rebrotes actuales que lo esconden como nacionalismo o populismo, por ello con razón ha habido que empezar a hablar de ‘neonegacionismo’– se dará de bruces una y otra vez.

La visita

Personajes de la talla de Maximiliano Kolbe o Edith Stain son testimonio del desgarrador grito del silencio de Dios. Silencio que reinó en la visita que el papa Francisco hizo durante una mañana al famoso campo de exterminio. “¡Cuánto dolor! ¡Cuánta crueldad! ¡Cómo es posible que nosotros, hombres, creados a semblanza de Dios, seamos capaces de hacer lo que se ha hecho”, diría horas después de la visita a quienes acudieron a darle las noches frente al balcón del arzobispado tras rezar un ‘Via crucis’ en el que era imposible que los testimonios de las víctimas y supervivientes no rondase las cabezas.

Durante dos horas, Francisco entró por la puerta principal, recorrió barracones, escribió en el libro del campo aquello de “Dios, ten piedad de tu pueblo. Señor, perdón por tanta crueldad”, abrazó a 11 supervivientes, rezó en los patios y en la celda de confinamiento de Maximiliano Kolbe, encendió una lámpara ante el muro donde eran ejecutados algunos reclusos disparados por la espalda, saludó a 25 ‘Justos de las naciones’ –los reconocidos como declarados luchadores para salvar judíos y detener el Holocausto–, besó el madero de la horca… Clamoroso silencio, grito elocuente de Francisco y su defensa de las víctimas.

Visita a la celda de Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz

Años atrás, el 28 de mayo de 2008, el papa Benedicto XVI también visitó el campo durante su viaje a Polonia. Además de estas en algunas partes significativas del campo, pronunció un interesante discurso en el que se presentó como “un Papa que proviene de Alemania” y que reconoce el “horror”, la “acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia” cometidos bajo dicha institución. Ahí reivindicó el silencio: “En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?” Un silencio que interpela hasta afirmar que es muy difícil, o incluso imposible, hacer teología o teodicea después de Auschwitz. “Este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante”, recalcó.

Reiteró Benedicto XVI su origen y su llamada a la reconciliación: “Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él [Juan Pablo II]: No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios, estar aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, como hijo del pueblo sobre el cual un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí de destrucción y dominio”.

Contemplando las lápidas en lengua hebrea, en polaco, en la lengua sinti o cualquier dialecto de los gitanos, en ruso o en otras lenguas europeas como la propia lengua alemana –como la de Edith Stein y su hermana–… el papa emérito rezó contra la barbarie surgida de su pueblo, de nuestra humanidad.

Como bien recordaba Benedicto XVI, el primer papa en entrar con su sotana blanca al campo de concentración fue Juan Pablo II que celebró la misa en el sitio el 7 de junio de 1979, un jueves dentro de su ‘Peregrinación apostólica a Polonia’. Con paso tranquilo cruzó el umbral del campo, visitó el bloque 11 donde encerraban a los represaliados por huidas en el campo como Maximiliano Kolbe donde estaba Franciszak Gajownizek, el prisionero por el que el franciscano radiotelegrafista se intercambió. Después, ante el muro de la muerte dejó un ramo de crisantemos.

Durante la misa en Birkenau, destacando la entrega de Kolbe o Edith Stein clamó: “En el lugar en que fue pisoteada de modo tan horrendo la humanidad, la dignidad humana – ¡Victoria del ser humano!” Recordando que el campo está en la diócesis de la que fue arzobispo, se presentó como “un peregrino” para “mirar, junto con vosotros, independientemente de vuestra fe, una vez más a los ojos de la causa del ser humano”.

“Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano”, enumeró resaltando después las inscripciones hebreas. “A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia”, reiteró.

Para el papa polaco “Auschwitz es una cuenta con la conciencia de la humanidad mediante estas lápidas que dan testimonio de las víctimas que habían perdido las naciones. Auschwitz es un lugar que no basta solo visitarlo. Durante la visita hay que pensar con temor dónde están las fronteras del odio”.

Ante esta barbarie, ¿por qué no ha llegado la hora de la reconciliación?