La Pascua de Pagola


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Acodado sobre la barandilla de los 80 años que ya despuntan, a José Antonia Pagola le llega con un punto desazonador el sonido y la furia que sigue concitando su figura y su obra. Ahora, a consecuencia de su no doctorado honoris causa por la Facultad de Teología de Vitoria.

Así, a bote pronto, se me ocurre un ramillete de causas por las que el autor de Jesús. Aproximación histórica se merece tal reconocimiento, entre ellas, por haber quitado capas de incomprensible espumillón que amortiguaban en tantos fieles la vivencia madura de su fe. A estas alturas, lo que extraña es que no se le haya brindado aún el homenaje que se merece, aunque él es consciente de que el mejor reconocimiento son los miles de lectores que tiene por todo el mundo, incluida la impenetrable China, donde el boca a boca comienza a resquebrajar la gran muralla; o en Rusia, donde el libro va por la tercera edición a pesar de que está prohibida la publicidad religiosa.

Pero del reciente episodio de su no doctorado –“muy curioso y muy penoso”–, lo que más le ha dolido no es el desprecio evidente que se le ha hecho, sobre todo teniendo en cuenta que tanto él como su obra han superado la prueba del algodón de la ortodoxia vaticana. Lo que más le escuece es ver que la Pascua para la renovación interior de la fe no acaba de llegar y el que unos le tomen como estandarte y otros le nieguen el pan y la sal no casa bien con la construcción del Reino que sigue predicando por aquí y por allá.

Podría Pagola sonreír satisfecho, pues muchos le llaman profeta, aunque él sacuda la cabeza, pero las descalificaciones que por este episodio han recibido algunos obispos le han dejado mal cuerpo. Sus miras están en otras coordenadas, en la renovación evangélica del cristianismo para que su vivencia transforme al hombre y a la mujer del siglo XXI, místicos o nada, personas traspasadas por esa Pascua que despeja las tinieblas en las que algunos siguen instalados.