Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Por ti, por mí, por todos…


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Una experiencia que quizá tenemos todos es esa incómoda sensación ante algunos temas en los que no acabamos de contentar a nadie. Para los de arriba, te quedaste muy abajo; para los de abajo, te subiste demasiado, y así… Sin duda, una parte será el modo de ser de cada uno. Pero otra, creo que habla de nuestras propias polaridades y extremismos, de nuestra incapacidad para percibir que aun compartiendo el mismo horizonte caben miles de caminos distintos para llegar a él.



Quizá me voy a meter en un jardín, pero experimento esta misma polaridad con el tema de la mujer –en general– y de la mujer en la Iglesia. Un ejemplo de partida: cuando comencé a estudiar teología la presencia de mujeres en clase era mínima. Recuerdo esos años con cariño, fueron muy enriquecedores. Pensábamos, dudábamos y estudiábamos juntos. Sólo percibí risas y comentarios desagradables en una situación: si cuestionabas en clase con preguntas lo que el profesor u otro brillante compañero decía. Un amigo SJ me dijo: “Rosa, somos gente abierta, nada machistas, buscando una Iglesia nueva; pero si sobresales con alguna pregunta o alguna respuesta, no te va a ir bien”. Y, sí, se lo agradecí y lo tuve en cuenta. Sin duda, se llevó peor parte alguna profesora laica, joven y guapa que era más criticada por el largo de su falda que por el modo de dar clase. ¿Hay que callar ante estas situaciones para no ser tachada de fanática?, ¿hay que acoger cualquier charla que te propongan aunque comiencen diciéndote: “Te llamamos porque queremos que haya alguna mujer” o “los temas principales están ya repartidos, tú puedes hablar de lo que prefieras en este módulo”? Más de una vez me han dicho: “Si tú no accedes, lo hará otra; así al menos aparecerá alguna mujer”. ¿Qué hacer?

Me gustaría decir que esto hoy ya no pasa, pero algunos son ejemplos de esta misma semana. Encuentro varones que se sienten amenazados por una mujer en una discusión teológica o ante una responsabilidad pastoral directiva y no rebaten con argumentos sino hablando de la ropa, el corte de pelo o el maquillaje que una lleve. También encuentro mujeres que, como a los antiguos predicadores, les da igual de qué estemos hablando porque siempre acaban en el mismo tema: lo mal que nos tratáis a las mujeres o lo poco que contáis con nosotras. Y posiblemente tienen razón, pero cuando perdemos la capacidad de hablar y dar argumentos sin recurrir al hecho de ser mujeres o no serlo, el ambiente se enrarece. Gracias a Dios, también hay varones y mujeres que en sus respectivos círculos se niegan a formar parte de este juego eterno.

Y yo confieso una mezcla entre vergüenza por no querer participar de lo que considero algunos excesos (de ellas) y algunos abusos (de ellos) con la impotencia de saber que es necesario hacer algo más y poner límites claros que soportamos con demasiada resignación. Lo peor es eso: que al final, no contentas ni a unas ni a otros y te consideran valiosa si no te sales del “molde” previsto, ya provenga de uno o de otro lado.

Mujer creyente, consagrada, europea, psicóloga y teóloga

Como mujer creyente, consagrada, europea, psicóloga y teóloga… no voy a pedir perdón por ser nada de eso. No voy a renunciar a lo que he aprendido, a lo que he recibido, a lo que me ha enriquecido, a lo que Dios pone en mí para mejor amar y servir a quien se cruce en mi camino, solo porque tener formación intelectual e iniciativa suponga para algunos una amenaza. No voy a plegarme a un molde de mujer creyente definida por su maternidad abnegada o por su virginidad consagrada, porque ser mujer es mucho más que ser madre o ser virgen y aún se siguen ensalzando cualquiera de los dos roles para hablar de la mujer. No voy a plegarme al molde de mujer solícita, callada, con la cabeza inclinada marcando las seis y diez (probad) porque tan necesario es a veces callar como hablar, aceptar como denunciar, colaborar como romper, plantar como arrancar, como canta Qohelet. No voy a limitarme solo a los disfrutes ‘bendecidos’, a los que otros han considerado ‘propios’ de una mujer; ni quiero anteponer por sistema el sacrificio a la pasión, ni la prudencia a la ‘parresía’ (atrevida libertad), ni la mesura al derroche. Porque Jesús de Nazaret, a quien intento seguir y quien da sentido a mi vida, bailaba y cantaba en las bodas, le llamaban borracho y comilón, le criticaron de tener relaciones impropias con Juan porque se recostaba en su pecho y con las mujeres por tratarlas de igual a igual, y Dios lo resucitó como Hijo querido. La pena es que cuando criticamos algunas de estas licencias y libertades, nos olvidamos de lo fundamental: que esa misma libertad de Jesús también curaba aunque fuera sábado, ponía en el centro a los que habían quedado al margen, se retiraba a orar sin pudor o pasaba la noche en Betania con sus amigos para recuperarse.

Tampoco me pidáis que me quede en el molde de un supuesto único feminismo fuera y dentro de la Iglesia. No me pidáis que esté a la espera de cualquier desliz o posible noticia donde descubrir que hay menos mujeres que hombres para denunciarlo a los cuatro vientos e invalidarlo por ello. No me pidáis que renuncie a ser dulce, frágil, obediente, generosa, humilde, fraterna, familiar, porque también todo eso forma parte de la Buena Noticia de Jesús y es para todos. También para las mujeres de Iglesia. No me pidáis que el único modo de ampliar la presencia de la mujer en la Iglesia sea ganando poder (no quiero “empoderarme”, lo siento), atacando a los que ahora están empoderados, poniéndome de uñas con “ellos” y negándome a lavar los purificadores de mi parroquia si algún día hace falta. ¿Por qué no, si he visto a mi párroco lavarlos durante toda la pandemia sin hacerse ningún problema? Quizá algún día haya también feligreses y no sólo feligresas limpiado los templos, sin mayor problema. Ojalá…

Acabo con este poema de Vladimír Holan. Lo descubrí hace poco. Se parece a mí en lo que os contaba al principio: encuentra detractores y amigos en las dos orillas. No sé cómo será la Resurrección, pero a mí, al menos por ahora, como mujer y como religiosa, no me importará levantarme a preparar el café del desayuno. No me parece un mal plan ni me siento menor mujer y menos libre por ello. El mismo Jesús preparó el desayuno en la playa al amanecer a sus discípulos (Jn 21,9) y no he dudado de su libérrima humanidad por ello. Seguro que hay otras cosas por las que jugarnos la vida y la reputación, hombres y mujeres, bautizados todos.

Resurrección

¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección,
la de todos los difuntos,
la anunciará el simple canto de un gallo…

Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento…
La primera en levantarse
será mamá… La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo de café.
Estaremos de nuevo en casa.