Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

El Retablo del Verbo de José Luis Sánchez


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En un post anterior comenzamos a presentar la Iglesia de San Francisco Javier y San Luis Gonzaga que está ubicada en el popular barrio de La Ventilla, en el Norte de Madrid, donde los artistas pertenecientes a la vanguardia española de la década de 1960, quisieron mostrar una experiencia cristológica de la Creación del cosmos.



Que García-Pablos quiso crear una experiencia de cosmos perfecto -de ahí la expansión cúbica del interior arquitectónico de la iglesia- lo demuestra el tema del impresionante Retablo del Verbo que envuelve al presbiterio. Representa el comienzo del Evangelio de San Juan y esa frase se puede leer en el ambón: “Al principio era el Verbo…”. También el altar fue erigido por el mismo autor como parte de ese mensaje.

El Retablo y elementos del presbiterio representan al Verbo que está e irrumpe en el Todo y el cosmos. No solamente es el paisaje cósmico del retablo, sino también es Palabra viva (el ambón) y mesa eucarística (altar). Los tres elementos forman un conjunto integrado. Ese Verbo es Cristo y tiene forma de cruz en el retablo, el ambón y el altar, donde los elementos estéticos se repiten. La presencia de ese Verbo crea y abre la materia, las formas primordiales del universo.

1. La obra religiosa abstracta de José Luis Sánchez

El retablo, ambón, altar y sagrario son obra del escultor José Luis Sánchez, pionero de la escultura abstracta. José Luis Sánchez Fernández (1926-2018) fue uno de los más destacados creadores de la escultura abstracta española. Nacido en La Mancha y afincado en Madrid desde niño, comenzó pronto su consagración a la escultura.

Se forma en Roma, donde se sumerge en la escultura contemporánea de Marini, Manzú y, sobre todo, Pomodoro. Tras un periodo de aprendizaje en Francia, se casó con la ceramista Jacqueline Canivet y desplegó su creatividad en ámbitos como murales, cerámica, vidrieras y esculturas. Compartió taller en la Ciudad Universitaria de Madrid con su mujer y el artista Arcadio Blasco, autor de las vidrieras de la Catedral de Tánger.

Formó una comunidad de amigos y artistas donde participaron ceradores como Molezún (autor de las vidrieras de esta iglesia de San Francisco Javier) y Joaquín Vaquero Turcios (otro de los creadores de la misma iglesia), de quienes era vecino y con quienes compartía viajes con las familias.

J.L. Sánchez fue uno de los principales innovadores de la escultura sacra abstracta. Ha sido un escultor principalmente asociado a la arquitectura. El escultor, con una amplia perspectiva cosmopolita, amaba también el arte popular, especialmente aquel de su tierra manchega. Fue uno de los artistas que introdujeron las vanguardias en las iglesias españolas, en un contexto cultural y socialmente tan adverso como el de la dictadura franquista.

Las dificultades de cambio se encontraban en los centros de las ciudades. En cambio, para Sánchez, crear nuevas iglesias de vanguardia en los extrarradios y el rural fue una experiencia de libertad creativa y de buena acogida por parte de la gente. Sánchez destacaba que los vecinos las recibían “como un regalo”.

Es el caso de la nueva iglesia de Tetuán-Ventilla, que era como un pueblo. Sánchez pensaba que la obra de arte debe estar en contacto inmediato con la calle y la gente. Dice Javier Rubo Nomblot (ABC, 20 de mayo de 2019) que es difícil imaginar a un escultor que haya contribuido más a incluir el arte abstracto en el imaginario colectivo y le denomina creador de paisajes.

Con motivo de su fallecimiento, su hija Paloma dijo de él que “era un hombre muy servicial, muy honesto, y recibía a todo el mundo muy bien… Siempre que ibas a su casa nunca te ibas con las manos vacías, siempre tenía algún detalle: una foto antigua, un libro…. Era muy detallista. Un hombre austero, pero muy delicado” (artículo de Marta Medina en El Confidencial, 9 de agosto de 2018).

La abstracción de Sánchez es constructivista, caracterizada por la deconstrucción y reacoplamiento de formas y volúmenes. Busca identificar contenidos y ponerlos en diálogo de otra forma, de modo que se muestran las esencias formales y también las diferentes capas de significados. El constructivismo es una relectura profunda de lo esencial e intemporal de cada cosa.

José Luis Sánchez es también el autor de la Virgen con Niño de la parroquia de San Ignacio de Loyola, que comparte con Francisco Javier la misma Unidad Pastoral. Otras versiones de esa misma imagen fueron instaladas en la capilla del Campus de Cantoblanco de la Universidad Pontificia Comillas y en el vestíbulo del Colegio Mayor Loyola, ambas en Madrid.

2. Al principio era el Verbo

El primer proyecto que diseñó Sánchez para el retablo era una gran cruz deconstruida, realizada con elementos metálicos. Pero era económicamente demasiado cara y se optó por un segundo diseño de retablo en un material mucho más sencillo. El retablo es una composición de cemento dorado, con doseles.

Un material común y moderno, industrial y vasto como el cemento, era capaz de ser elevado para dar gloria a Dios. En toda la confección del material, hay una metáfora del pueblo que alaba a Dios. El pueblo formaba en esos momentos una masa de personas, era un pueblo obrero e industrial, sumido en unas condiciones de vida sencillas y comunes. Como el cemento.

Sin embargo, el dorado marca la presencia de lo sagrado. Es una capa exterior de pintura, pero también está mostrando la interioridad luminosa y sagrada de las cosas y los materiales elementales.

El retablo nos pone ante el Verbo en el Principio, con la cruz como símbolo universal. El movimiento en el interior del retablo es extremo: líneas verticales y horizontales se lanzan hacia todos los horizontes, formas redondeadas -galaxias, nubes o rocas- se parten en una dinámica de descenso y ascenso provocada por la expansión de la Cruz-Verbo. Ese momento en que el Verbo-Cruz lo funda y remueve todo al Principio, conecta directamente con el momento en que la Cruz-Verbo está en el Gólgota entregándolo todo.

Efectivamente, el Retablo del Verbo recrea simultáneamente la propia crucifixión de Jesús en el Gólgota, momento en el que el velo del templo se rasgó de arriba abajo, hubo un terremoto, “las rocas se partieron, se abrieron los sepulcros –“y muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron”- y las tinieblas cubrieron la tierra”. Las formas redondeadas se asemejan a rocas que se abren, pero también a nubes que se abomban oscuras.

La cruz de José Luis Sánchez no es lineal y compacta, sino que se descompone en una multiplicidad de líneas de fuerza. Muestra un extremo dinamismo. No es una presencia estática en el universo, sino que está rebosante de vida. Ni siquiera tiene una materia propia: la cruz no es un bloque con contornos claros, sino más bien está conformada por el espacio abierto.

Es una cruz abierta que se entrega y vacía para crear con su propia materia el Cosmos. Lo mismo que en el Gólgota, donde el propio Dios se abre y se da por entero.

Los dos momentos -el Principio y la Crucifixión- son unidos a un tercer momento que es difícil no interpretar. El retablo del Verbo es pascual: apela a la Crucifixión, pero también a la Resurrección como recreación del universo. Las formas globosas y rocosas que se abren son el cielo y tierra abiertos.

La tierra se abrió y Cristo, sepultado, descendió a los infiernos y, en la Resurrección, abrió las puertas del cielo a toda la humanidad que puede seguir su Camino: “Has de ver cosas mayores: Yo os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Evangelio de San Juan 1, 51).

Las referencias bíblicas de ese paisaje son conocidas. “Haré que se ponga el Sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro” (Amós 8, 9). “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos… porque he aquí que vendrán días en que… comenzarán a decir los montes: caed sobre nosotros; y los collados: cubridnos” (Lucas 23, 28-30).

“Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el Sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad” (Lucas 23, 44-45). “Cuando murió, hubo un terremoto que rompió grandes rocas en pedazos” (Mateo 27, 45). “Destilad, oh, cielos, desde lo alto, y derramen justicia las nubes; ábrase la tierra y dé fruto la salvación, y brote la justicia con ella. Yo, el Señor, todo lo he creado” (Isaías 45, 8).

El Retablo es la Cruz saliendo del sepulcro y recreando el cosmos y la vida. En esa construcción del cosmos, participa el hombre como co-creador y cuidador. Por eso hay elementos industriales como tornillos, tuercas y cadenas, aunque en menor cantidad y más dispersos, una contribución humilde como obreros de Dios. También hay dispersos símbolos de la crucifixión como clavos. Algunas imágenes parecen escaleras y espinas.

3. Un cosmos eucarístico

El carácter pascual se expresa en las formas redondas de pan eucarístico y uvas que se despliegan hacia los cuatro puntos cardinales. Los panes caen sobre el cosmos como maná. Filas de panes y granos de uva y trigo salen de la cruz central como fuerzas eucarísticas que regeneran el mundo y el cosmos. El jesuita Georges Lemaître ideó su mundialmente famosa teoría del átomo primigenio, conocida como teoría del Big Bang: en ella hubo una partícula elemental que se expandió hasta dar lugar a todo el universo.

Pareciera que José Luis Sánchez quisiera recoger aquella visión del jesuita y nos presenta el momento de la Creación del cosmos en que todo surge y se expande llevando en su interior el signo del Verbo -la cruz, los panes, los granos de uva y trigo-, que se esparcen por todo el presbiterio, sea el retablo, el altar o el ambón.

Incluso nos lo vamos a encontrar en otra obra que José Luis Sánchez hizo para esta Iglesia de San Francisco Javier: el sagrario de la capilla del Santísimo. La capilla está en la pared opuesta a la entrada principal. Es un sagrario sostenido en medio de una delgada barra que une techo y suelo.

En el centro de la cara frontal está una de las formas circulares que encontramos en el presbiterio. Aquí el material no es cemento dorado, sino un metal plateado. De nuevo la textura es la de un cosmos en formación. En el círculo central hay un nacimiento primordial, una expansión, una materia con un núcleo que nos lleva al interior del sagrario.

Todo ello nos lleva a que el motivo del retablo sea fundamentalmente eucarístico y esté contenido todo en ese Verbo del principio y fundamento, del amor de Dios.

El Retablo es de tal dramatismo que los tres momentos se funden en un único suceso teológico: Creación, Crucifixión y Resurrección tienen como centro a Cristo, representado por la Cruz.

Todo el presbiterio expresa el mismo tema del Verbo creador, pascual y eucarístico. El altar originalmente era lateral, como Juan y la Virgen María bajo la Cruz de Cristo. El altar en que se recuerda la última Cena se ponía en la misma posición que María y Juan bajo la Cruz. La base de la mesa tiene los mismos elementos que se prodigan en el retablo.

También en el ambón, donde se puede leer el pasaje con que comienza San Juan. Del mismo capítulo es la idea del cielo abierto y el Hijo del hombre moviéndose en él. También es el ambón un apóstol bajo y ante la cruz, anunciando la palabra. En el frontal del ambón hallamos una figura que se repite en las puertas: cuatro cuadros como paños con volumen y movimiento forman una cruz.

4. La Cruz de las Calles

Esa figura de la cruz es el motivo de los tiradores o manillones de las puertas de la iglesia, también obra de José Luis Sánchez. La cruz está formada por esos cuatro paños que se mueven al viento del espíritu. Cada uno es único. Tienen la movilidad de un paño, pero el aspecto macizo y voluminoso del metal y la materia. Juntos forman una cruz de travesaños estrechos, como las calles del barrio.

Podríamos decir que es la Cruz de las Calles. Son calles abiertas que forman una cruz. Son cuatro manzanas que representan el barrio. Cada una de esas manzanas o casas están llenas de vida, sin únicas. Su movimiento es armónico, suave, tiene forma de oleaje. También el barrio tiene forma de oleaje con las subidas y bajadas de su geografía ondulada, resultado del pasado geológico.

En Ventilla se percibe que la ciudad está ubicada en el gran aliviadero de un glaciar, el glaciar más meridional de Europa: en ese punto geográfico paró de descender la glaciación. Esa ondulación encuentra su reflejo suavizado en los tiradores. Una de estas figuras del tirador está plasmada en el ambón.

Esa Cruz de las Calles funciona como lema de toda la obra que supone esta iglesia. Es el lema que encontramos al ponernos ante sus puertas y lo encontramos destacado como una insignia en el lugar de la proclamación de la Palabra, en el ambón. La Cruz de las Calles recoge el cuadrado que forma la planta de la iglesia de García-Pablos.

También los cuadrados que componen las vidrieras. En su centro, la cruz que se abre mueve los cuatro módulos, cada uno de una forma diversa, pero con la misma música. El patrón del movimiento de los tiradores nos lo encontramos en los movimientos del Espíritu que llenan todo el espacio del baptisterio.

No es extraño que la Unidad Pastoral Padre Rubio a la que pertenece la parroquia de San Francisco Javier desde 2018, haya tomado esa Cruz de las Calles para componer el logo de la Unidad. Cuando ideamos ese logo mostramos nuestra clara simpatía, identificación y gratitud con el arte de los creadores de esta iglesia.

El logo tiene otros tres elementos laterales que proceden de la otra iglesia a la que esta parroquia está unida, San Ignacio de Loyola. Son tres medallones de cemento y vidrio que están en la fachada y representan a las tres personas de la Trinidad: Padre (la estrella), Hijo (la cruz) y Espíritu Santo (la paloma).

Los tres remiten a esa trinidad que se ve la Cruz de las Calles: la cruz que se abre en medio, el cuadrado trascendente que forman, que remite al Padre y el movimiento del Espíritu en cada uno de los cuatro cuadrados.

El logo tiene una clara voluntad de apertura, calle y pueblo. Los cuatro módulos son casas, manzanas y también el alma, corazón y vida de cada uno. La cruz está formada por las calles. Es una cruz abierta hacia quien la ve y también hacia los cuatro puntos cardinales.

No es una cruz lejana, añadida y extraña, sino que está encarnada y abierta -como la Resurrección- dentro del mundo y la vida de la gente. En el diseño quisimos representar también la llamada del Papa Francisco, jesuita, a ser “Iglesia en salida”.