Jorge Oesterhel, sacerdote periodista escritor director de Vida Nueva Cono Sur bloguero Con la mirada puesta
Vocero de la Conferencia Episcopal Argentina

La alegría de la verdad


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Es muy común que en las discusiones sobre los desafíos que en nuestros días enfrenta la Iglesia, o las sociedades y culturas, alguien exprese con solemnidad una frase irrebatible, clara y no siempre muy útil: “el problema de fondo es la educación”. Es posible estar de acuerdo con ese diagnóstico, lo difícil es el paso siguiente: ¿qué se hace? ¿cómo? ¿quién? Y muchas otras preguntas sin respuestas fáciles.

En el campo de la formación en la Iglesia y concretamente de la formación del clero, también es recurrente encontrarse con una afirmación semejante: “el problema es la formación de los futuros sacerdotes”, o también, la cuestión de “la formación permanente del clero”. Hay conciencia de que “hay que hacer algo”, pero no está tan claro qué es lo que hay que hacer.

Nuestro querido Papa Francisco, que no esquiva los problemas ni es partidario de soluciones superficiales, ha decidido comenzar a enfrentar el tema con la Constitución Apostólica Veritatis Gaudium sobre las universidades y facultades eclesiásticas. Se trata de un documento extenso y muy técnico, pero que en su introducción fija algunas líneas de trabajo que muestran, con claridad, el camino que el Papa invita a recorrer.

El Santo Padre señala que este es el momento oportuno “para impulsar … a todos los niveles, un relanzamiento de los estudios eclesiásticos en el contexto de la nueva etapa de la misión de la Iglesia”. Y describe cómo esa nueva etapa está caracterizada “por el testimonio de la alegría que brota del encuentro con Jesús y del anuncio de su Evangelio, como propuse programáticamente a todo el Pueblo de Dios con la Evangelii gaudium”.  Una Iglesia que debe dar testimonio de la alegría del Evangelio exige una nueva manera de formar a los sacerdotes.

Es evidente que la formación del clero no se reduce a la formación intelectual, pero está también muy claro que sin una formación intelectual rigurosa y actualizada difícilmente los sacerdotes podrán evangelizar en un mundo complejo y desafiante como el que vivimos.

El Papa lo expresa de esta manera: “La filosofía y la teología permiten adquirir las convicciones que estructuran y fortalecen la inteligencia e iluminan la voluntad… pero todo esto es fecundo sólo si se hace con la mente abierta y de rodillas.” No se trata entonces de adquirir conocimientos que permitan “conocer a Dios” para luego transmitir ese conocimiento a quienes no lo poseen. Esa actitud, a la hora de estudiar y formarse, ha generado un clero distante y muchas veces similar a aquellos personajes que denuncia Jesús en el Evangelio, aquellos que creen que “tienen las llaves” y que “ni entran ni dejan entrar a otros”.

Francisco avanza en esta idea y dice sin vueltas: “El teólogo que se complace en su pensamiento completo y acabado es un mediocre. El buen teólogo y filósofo tiene un pensamiento abierto, es decir, incompleto, siempre abierto al maius de Dios y de la verdad, siempre en desarrollo.” Esto es lo que justamente necesita una Iglesia “en salida”: sacerdotes capaces de escuchar y ponerse en el lugar de los otros porque son conscientes de sus propias limitaciones, porque saben que están hablando de un misterio siempre inaccesible y que exige una humildad mayor cuanto mayor es el conocimiento que se alcanza.

El Pueblo de Dios no necesita sacerdotes “cercanos” porque está de moda ser simpáticos y accesibles; sino porque su misma formación les ha enseñado que solo escuchando con el corazón abierto podrán completar esa capacitación que durante sus estudios solamente iniciaron. La formación debería capacitar a los nuevos sacerdotes para estar abiertos a perfeccionar, día a día, lo aprendido en los libros, escuchando, conmoviéndose, dejándose enseñar por quienes se encuentran en el camino mientras ejercen su servicio pastoral. Allí se encontrarán con la alegría de la verdad.