Jose Fernando Juan
Profesor del Colegio Amorós

¿Sin esperar nada a cambio?


Compartir

“Sin esperar nada a cambio” es una muletilla, una especie de epíteto, que pega bien con algunas -no muchas ciertamente- realidades que tenemos el gusto de vivir a fondo. Sale en determinados discursos ya de forma inconsciente y sin atender, tan veloz los pies de Aquiles. Pregunta tonta, ¿cómo sabemos que hay algo de semejante altura y dignidad, tan excesivamente elevado y gratuito? Se puede saber en lo que se recibe, ¿o más bien solo es accesible en uno mismo, en la libertad de la propia acción, en la acción que se sale del cálculo comercial habitual?



Tirando de ética kantiana, un sustituto de la gratuidad ha sido la incondicionalidad. Sería como otro modo de decir lo mismo o pretender apuntar en la misma dirección. En este caso, lo incondicional es lo independiente, lo que no está sujeto a las circunstancias, aunque esté encarnado, lo que arranca en un punto más allá de los puntos naturalmente esperables, o sea, lo que desajusta la lógica de este mundo para abrirse a ser respuesta a un deber, a un mandato. Ya sabemos que, en el fondo, Kant considera que esto es poco menos que un milagro, dado el mal radical que afecta la intención, el corazón de la voluntad, de la razón de todo ser humano. Se acusa entonces a Kant de, en este punto como en otros, ser excesivamente deudor de sus propias circunstancias históricas y formación cultural familiar. ¿Pero no es así? ¿No es una especie de milagro que alguien pueda optar por una vida no egoísta?

¿Se está prescindiendo de la esperanza?

Vuelvo otra vez al inicio. “Si no se espera nada a cambio”, ¿se está prescindiendo de la esperanza? Sería otro modo de verlo. Dejaría la acción humana y toda su libertad enclaustrada en el mero reino de los medios, desprovista de capacidad para buscar, decidir y abrazar sus propios fines. Una persona sin fines, sin la esperanza de alcanzarlos, o rozarlos, o ver su espalda al menos, es poco menos que una nulidad espiritual, un cero a la izquierda en su propia historia y una pieza más del engranaje del sistema, de la naturaleza o del mundo. Nada más contrario, por lo tanto, la persona que ser agente de una gratuidad tan desmedida. Lo más esperanzador, lo más humano, lo plenamente humano sería, por encima de toda otra consideración idealista o mística, participar activamente de sus elecciones vitales más profundas, de sus fines. Y notar así el peso y la gravedad y la densidad de su propia humanidad. Es más, ¿no se trataría de esperar lo mejor de uno mismo y del otro, dejándolo libre, y, por supuesto, de Dios como aliado esencial de la propia vida?

persona en charco

Una última palabra emparentada con las anteriores. A la consideración de lo inesperado, a la finura de la incondicionalidad, añadiría la impotencia. La experiencia más propia de quien ama, por ejemplo, es este límite consigo mismo al verse no pocas veces anclado en la propia mediocridad junto con la alegría de verse superado continuamente por un deseo que es siempre mayor. En ocasiones, no pocas, lo sorprendente es que el amor empuja más en uno mismo que uno mismo y se alcanza a llegar incluso donde no se ha querido estar. La sorpresa, dicho en otras palabras, de que hay un Amor que sí actúa fervientemente en las personas inclinándolas hacia el otro más que encorvándolas hacia uno mismo. Si esto no es un milagro, que baje Dios y lo vea. Es un signo claro de que el Amor no es de este mundo y, al mismo tiempo, lo más humano que haya sido posible reconocer, en muchas formas: perdón, misericordia, ternura, compasión, compromiso, sacrificio, amistad, alianza, generosidad, altruismo… ¡Cuánto de Dios se regala y todavía camina familiarmente por el mundo! ¡Cuánto! ¡Qué exceso!

Quedaría todavía hablar de aquellas acciones buenas en las que, después de actuar, se recibe. Nunca en la misma medida, porque ese cálculo no se puede ajustar. Y una última pregunta, ¿qué ocurre con tanto bueno como se intercambia continuamente, qué movimiento genera, qué refleja la vitalidad del bien común que viene y va?