¿Qué testimonio de fe nos dejan los Juegos Olímpicos?


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El surfista

“Le pedí esto a Dios todos los días a las 3 de la madrugada. Es el mejor momento para hablar con Él porque todos los demás duermen y luego Él me presta más atención”, señalaba Italo Ferreira, el surfista brasileño que ha obtenido la medalla de bronce en una de las competiciones de los Juegos Olímpicos de Tokio. Para ello se acostaba a las 7 de la tarde. Los medios han destacado que en su familia siempre se ha vivido intensamente la fe en gran medida gracias a su madre. “Creo que me salen cosas por ella, porque ella es la que sostiene la ola y también reza, va al altar y todo”.



Precisamente la palabra “fe” fue con la que quiso inmortalizar en sus redes sociales la foto de la victoria de la medalla de bronce. En una de las fotos precisamente aparece apuntando hacia arriba, en referencia a Dios. Y es que la victoria no ha sido fácil. Su pasión por el surf le provocó una hemorragia cerebral por una ola gigante en 2015. Después de esta lesión tuvo que volver a aprender a caminar y a surfear.

 

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El del surfista no ha sido en único caso en estos Juegos Olímpicos que presumen de su inclusividad en todos los sentidos pero que han obligado a suspender los planes pastorales y de atención religiosa a las delegaciones participantes. Hidilyn Díaz ha sido la ganadora de la primera medalla de oro para Filipinas, y lo ha hecho en la categoría de halterofilia femenina. Esta atleta olímpica que tiene 30 años ha soto un récord mundial después de levantar un peso combinado de 224 kilogramos. Es la cuarta vez que acude a unos Juegos y en la ceremonia de medallas levantó una medalla de la Milagrosa y apuntó con su dedo al cielo. 

El atleta

Los Juegos Olímpicos de Tokio y su singularidad frente a la pandemia han venido acompañados me muchas incógnitas e incertidumbres. Algo que no puede ensombrecer el combate interior de los deportistas. La editorial Mensajero ha publicado un libro muy acorde para estas semanas, la ‘autobiografía espiritual’ de Jesse Owens –apodado ‘la bala de ébano’–, hasta ahora inédita para el público español. Este atleta estadounidense de Alabama –fallecido de cáncer de pulmón en 1980– ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Unas victorias que le valieron el ser considerado como “el mejor y más reconocido atleta de la historia”. Tanto es así que en los Estados Unidos hay un premio de atletismo con su nombre.

Lógicamente estas victorias de aquel joven (negro) no cayeron muy bien en aquellos Juegos organizados por la Alemania nazi como trampolín para extender la propaganda del supremacismo ario reivindicado por Hitler. Fue como elemento de la propaganda que se empleó por primera vez en unas olimpiadas modernas la antorcha como símbolo. “Su fe le dio fuerzas en los momentos de debilidad, le descubrió el poder de la amistad –encontrando un gran faro de esperanza en su rival alemán, Luz Long– y le hizo comprender la dimensión trascendente del ganar y del perder”, se lee en este libro que es el diario espiritual que el propio Owens escribió a los 64 años. Una vida, señala el libro, que “es un relato que muestra los mecanismos internos de un gran ser humano. De carne y hueso. El destino contra el que luchó, los amigos y la familia que le dieron fuerza y el Dios que siempre respondió a sus plegarias”. Un libro que el corredor dedica incluso “al nazi que combatió a Hitler conmigo, Luz Long”.

“El caso es que la historia, sin duda atractiva, de Hitler furioso abandonando el estadio por no estrechar la mano de Jesse Owens tuvo éxito”, recuerda en el prólogo el carmelita Fernando Millán Romeral. Y es que, recuerda el religioso citando a san Pablo o a los Padres de la Iglesia, “la comparación entre la vida espiritual y el deporte (especialmente el atletismo de fondo) no ha sido extraña en la literatura cristiana”.

“Dejaba mis pies lo menos posible en la superficie. Siempre aceleraba al tocar el suelo y cuando me alzaba”, escribía Owens al describir lo que fue algo más que una técnica deportiva. Pero no quiere decir que todo sea un jardín de rosas. “Tras alcanzar nuevos récords mundiales y ganar cuatro medallas en los juegos olímpicos, Owens pasó por difíciles situaciones, por crisis económicas que le llevaron a aceptar trabajos humillantes (como las carreras contra caballos), por crisis familiares y también… por crisis religiosas que le purificaron y que –como les sucede a los espíritus grandes– sacaron de él lo mejor”, destaca el carmelita deportista.

Ayer y hoy, siempre hay algo más detrás de todo este esfuerzo.