¿Qué pensaría Óscar Romero del mundo actual si siguiera vivo?


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La peregrinación

Informaba en estos días la Agencia Fides que, por segundo año consecutivo, debido al coronavirus, se ha suspendido la peregrinación a Ciudad Barrios, en la región de San Miguel, lugar de nacimiento del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, primer santo de El Salvador. Este 15 de agosto se han cumplido 104 años de su nacimiento. Sin peregrinaciones, el actual arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, ha presidido una eucaristía para significar la fecha por parte de la Conferencia Episcopal de El Salvador.



En el actual contexto sociopolítico que vive el país centroamericano, Escobar pidió a los salvadoreños “vivir los valores por los que luchó el mártir”. Todo ello para que “el país pueda emprender un camino de bien común, progreso, libertad, justicia, verdad, caridad y para vivir en una auténtica democracia”, señalaba en la nota de convocatoria de la celebración. Además, el arzobispo encomendaba a la intercesión de san Romero el fin de la pandemia para “vivir libres de esta enfermedad que tanto sufrimiento y dolor ha causado a tantas familias”.

La conversión

Un 15 de agosto como el de ayer, pero hace 104 años ya, nacía Óscar Arnulfo Romero Galdámez. Fue un niño de salud frágil y piadoso. Por eso con 13 años entró en el seminario y sería, con 20 años, enviado a Roma a estudiar. De vuelta a El Salvador, como sacerdote fue secretario de obispos, hasta que el mismo, en 1974, fue nombrado obispo. Tras unos años en una pequeña diócesis, llegará a la capital como arzobispo en 1977, hecho que coincidió con unas elecciones presidenciales sospechosas de fraude.

La represión de sacerdotes que se pusieron de parte de los reprimidos campesinos del país y el asesinado de uno de sus amigos sacerdotes, el jesuita Rutilio Grande, acabaron con el perfil bajo. Una misa con todo el clero en la catedral mostró de forma visible y clara la unidad de la Iglesia frente las persecuciones del Ejército y el Gobierno. La radio fue una aliada del obispo al hacer llegar hasta los más pobres y hasta el último rincón su mensaje de condena de la violencia y la actuación de los escuadrones de la muerte.

Ayer habría cumplido 104 años monseñor Óscar Romero si no fuera porque el 24 de marzo de 1980 fue asesinado por los escuadrones de la muerte en la capilla de un hospital, mientras celebraba la misa. Ya unos días antes habían intentado acabar con él, colocando un explosivo cuando el arzobispo de San Salvador iba a celebrar un funeral.

La última vez que sonó su voz fue el 23 de marzo de 1980. A pesar de este clima de persecución, un día antes de su muerte, había denunciado en la conocida como ‘Homilía de fuego’ cómo los soldados mataban a sus propios hermanos campesinos, al servicio de un gobierno que imponía sus reformas a base de represión y sangre. El papa Francisco ha recordado que “Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a ‘la violencia de la espada, la del odio’, y vivir la ‘violencia del amor’”.

La homilía

El 23 de marzo de 1980 Romero hizo desde la catedral un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño en su homilía titulada ‘La Iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente’, la conocida posteriormente como ‘Homilía de fuego’. Fue la homilía más premonitoria de América Latina. Al día siguiente, durante la misa de la tarde era asesinado. Aquí algunas de sus palabras:

Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.