¿Es la “posverdad” algo más que un original concepto pasajero?


Compartir

El término

Parece ser que la “posverdad”, así todo junto, sin letra “t” de por medio y sin guion, será una de las nuevas palabras que conformarán la nueva edición on line del diccionario de la Real Academia Española (RAE) que está prevista para el próximo mes de diciembre.

Declarado concepto del año 2016 por el diccionario Oxford, esta particular catalogación de la verdad de una realidad en función de lo emotividad que se transmite, ha ganado enteros en situaciones como el Brexit y las exageraciones en la campaña de los políticos ingleses o el inicio de la administración del presidente estadounidense Donald Trump y su mecanismo continuo de ofrecer “hechos alternativos” a la prensa que se mueve por la Casa Blanca.

Aunque esta presunta verdad basada en las “emociones, creencias o deseos del público”, que parece que será su definición académica, va mucho más allá de los nuevos populismos o de las últimas hornadas de políticos de uno y otro lado del charco.

Así lo ha dejado claro Darío Villanueva, el presidente de la RAE, en la conferencia en la que hace un par de semanas anunciaba este fichaje hecho por el diccionario hispano, al constatar que hoy en día “se acepta que lo real no consiste en algo ontológicamente sólido y unívoco, sino, por el contrario, en una construcción de conciencia, tanto individual como colectiva”, y confirmando que en las bases de datos de la academia la palabrita ya aparece muy documentada desde 2003; aunque sus orígenes internacionales parecen estar en una serie de publicaciones periodísticas de Steve Tesich, en 1992 sobre el Watergate o algunos escándalos de la primera Guerra de Irak y su consolidación llega con el libro de Ralph Keyes ‘La era de la posverdad’ (2004). Y es que existen muchos ejemplos del pasado en el mundo anglosajón, que es de donde procede lo de la ‘post-truth’.

Más allá de la noticia del mundo léxico, el propio presidente de la Academia valora esta novedad como “interesante a la vez que preocupante”. Una nueva paradoja cotidiana.

La reacción

Este pesimismo –traducido a veces en desesperaciones a pequeña escala– lo comparten muchos en el mundo de la filosofía, en la profesión periodística o en las filas eclesiales. La reflexión que el Catecismo, el Magisterio o incluso toda la metafísica previa al existencialismo –por poner un límite posible– ofrecen sobre la verdad vive una enmienda a la totalidad con este retorno de una nueva perla de la “posmodernidad”, la “modernidad líquida”, la “tardomodernidad”, la globalización o la deconstrucción, el fin de las ideologías o fin de la historia, la filosofía blanda o el pensamiento débil… según como queramos definir la actual cosmovisión mayoritaria que se da en nuestro mundo.

También los obispos españoles, en su propio mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año 2017 han ofrecido su propio balance de la cuestión.

Los obispos tiran de tradición al recordar: “Si los clásicos definieron la verdad como la adecuación de la realidad y el intelecto de la persona, la posverdad se puede definir como la adecuación del intelecto y la opinión mayoritaria o lo socialmente correcto, que es mudable, efímero y fugaz, y, por definición, independiente de la realidad. La posverdad es la consecuencia lógica por un lado del relativismo moral, y por otro lado de la modernidad líquida, y en ambos tiene su fundamento”.

Y, aún más, yendo de las causas a las consecuencias, anuncian no solo la pérdida de valor de la propia “verdad” sino de otras realidad fundamentales. “Además, en una consecuencia todavía no desarrollada, el tiempo de la posverdad lleva consigo, inevitablemente, el tiempo de la posbondad y el tiempo de la posbelleza”, advierten.

Hay por lo tanto mucha tarea en todos aquellos oficios que son, en cierto modo, un “servicio a la verdad”.

La desconfianza

Todo parece apuntar, entonces, que la posverdad es un bonito eufemismo de una forma de mentira colectiva. Consolida la simplificación de un mundo tomado por los sondeos continuos, los datos de audiencias y el share de las percepciones, la acumulación de “me gusta” o el “trending topic” efímero y al instante, las visualizaciones del último adolescente youtuber

Una manipulación creativa que empieza a preocupar a los medios tradicionales y a los servidores informáticos más poderosos. Tanto es así que Facebook quiere dar certificados periodísticos en unos minutos para detectar a la primera las ‘fake news’ o Google News no deja de actualizar su logaritmo de búsqueda después de viralizar unos cuantos memes como si de una última hora se tratase…

¿Hay lugar para la la ilusión, la esperanza, las certezas… en una sociedad así? Mientras los sociólogos continúan analizando esta realidad, lo cierto es que la búsqueda de información y de fuentes fiables crece cada vez más. El consumo de noticias se dispara no solo por la multiplicidad de plataformas, sino porque estos fenómenos nos ayudan a estar más atentos a aquello que nos ofrece mayor fiabilidad y confianza.

La misma confianza colectiva que sostiene términos como la posverdad ayuda a purificar el trabajo de quienes no esperan solo ofrecer la versión de tal o cual persona o institución, sino que quieren transmitir a quien lee, escucha o ve elementos para que cada uno se haga su propio mapa de orientación y dé sentido aquello que sucede en el mundo que le toca vivir. ¿Será posible que con tanta posverdad, la Verdad se fortalezca aún más?