Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 25: son víctimas, no solo muertos


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Los muertos por coronavirus son víctimas. No son simplemente enfermos y muertos, sino víctimas, porque el virus no es una mera enfermedad en cuyo origen el ser humano no tenga responsabilidad. No ha sido siquiera la negligencia o el infortunio, sino que en el siglo XXI todos sabemos –especialmente las autoridades sanitarias– que se han difundido epidemias desde animales con los que comerciamos y a los que maltratamos. Sabemos que la destrucción e hiperexplotación de los ecosistemas acaba matando vidas humanas y esta pandemia es uno de sus efectos.



La exclusión social da forma a la pandemia

El Covid-19 no es un arma biológica, pero hay responsabilidad humana en su aparición y transmisión. A sus efectos se les da forma por la sociedad y las políticas. Afectará más en países sin defensa sanitaria y morirán más donde la gente sufre mayor vulnerabilidad social. La geolocalización del domicilio de los contagiados demuestra que hay seis veces más en barrios obreros que en barrios acomodados. Las personas mayores, personas con discapacidades y personas sin hogar que están alojadas en residencias o centros masivos, tienen más probabilidades de ser víctimas de un brote. Los campos de refugiados también son un lugar donde el Covid-19 puede arrasar si prende su llama. Son campos donde se concentran 35.000 personas en espacios diseñados para 6.000. En el campamento de refugiados de Ritsona ya había el 4 de abril 21 personas que habían dado positivo.

Los muertos por coronavirus son víctimas. Son víctimas de la destrucción ecológica y, muchos de ellos, de las deficiencias de las políticas de salud. A la epidemia le damos forma con el modelo de sociedad que mantenemos. La exclusión social esculpe la pirámide de víctimas del Covid-19.

Hoy me pregunto, ¿quiénes fueron las primeras víctimas a las que les están siguiendo decenas de miles más en todo el mundo? ¿Y quién era aquel doctor de Wuhan que murió represaliado por haber advertido de la epidemia que se estaba expandiendo? Era Li Wenliang, que ya es un símbolo de que la mejor respuesta a las pandemias es la democracia.

Las primeras víctimas

¿Quiénes fueron las primeras víctimas a las que siguieron, por ahora, las 60.000 siguientes en el mundo? A comienzos de abril todavía se está buscando al paciente cero de coronavirus, aquel humano al que le fue transmitido el virus. Las autoridades médicas chinas señalaron que la paciente cero es Wei Guixian, de 57 años, vendedora ambulante de camarones en el Mercado de Huanan, en Wuhan. El 10 de diciembre manifestó los primeros síntomas. Dijo que se contagió en un cuarto de baño compartido con quienes trabajan vendiendo carne de animales. Se confirmó que tenía Covid-19 y sobrevivió. Estuvo entre los primeros 27 primeros enfermos, de los cuales 24 estaban directamente relacionados con el Mercado.

El 7 de enero, China reveló la existencia de un nuevo virus y dos días después, el 9 de enero, se produjo la primera muerte por Covid-19. Fue un hombre de 61 años que había estado en el mercado de Wuhan y fue ingresado. El mismo día que ese hombre fallecía, el 9 de enero ingresó en ese hospital otro hombre mucho más joven, de 36 años, y falleció doce días después.

El 12 de enero, China hizo pública la secuencia genética del Covid-19 para que se pudiera luchar globalmente contra el virus. El 13 de enero ya se detectaba u caso en Tailandia. El virus estaba viajando por el mundo. El 21 de enero ya había llegado a Estados Unidos infectando al primer enfermo y el 24 de enero llegó a Europa.

En Europa, parece que, por ahora, el primer paciente cero fue un alemán de 33 años que enfermó el 24 de enero de 2020 y se recuperó. Es un hombre de negocios que tuvo reuniones con un socio chino en Munich el 20 de enero. Dicho chino dio positivo de coronavirus el 22 del mismo mes. El 28 de enero ya había tres enfermos de Covid-19 que habían tenido contacto con el alemán. El 2 de febrero murió la primera persona por coronavirus fuera de China, en Filipinas. Era un chino de 44 años que había volado desde Wuhan. El 4 de febrero ya saltan todas las alarmas internacionales al surgir un brote descontrolado a bordo del crucero Diamond Princess, atracado en la Bahía de Yokohama.

El martirio del doctor Li Wenliang

Esas son las primeras víctimas, pero hay otras víctimas, resultado de la represión política. Con 34 años y de etnia manchú, el doctor Li Wenliang era un oftalmólogo que trabajaba en el Hospital Central de Wuhan.No solo fue represaliado policialmente por informar, sino que finalmente falleció por Covid-19. Fue el primer nombre propio que escuchamos relacionado con esta pandemia.

El 30 de diciembre de 2019, Li examinó el informe de un paciente y comprobó que el diagnóstico apuntaba al SARS. Ese mismo día publicó la información de que había siete casos confirmados de SARS alrededor del Mercado Huanan. La noticia recorrió el mundo pues la experiencia de anteriores epidemias había tenido consecuencias muy destructivas.

El 3 de enero la policía china le amonestó por difundir mentiras por Internet, se le advirtió que si se repetía sería procesado y se le obligó a firmar una declaración en la que reconocía que había alterado gravemente el orden social. Li colgó una copia de ese documento en la red social china Sina Weibo –que sigue el 30% de los chinos–. Cuando volvió al hospital contrajo el coronavirus y el 7 de febrero fallecía. El mundo entero pudo ver la fotografía que se hizo entubado y con su carnet de identidad en la mano. Claramente estaba indicando que temía que se ocultara su muerte, como se trató de impedir que se hiciera pública la nueva epidemia.

Li no fue el único represaliado. Otras ocho personas fueron intervenidas por la policía, entre ellos Xie Linka, otro médico de un hospital de Wuhan. Se levantó una protesta de tal envergadura entre la población china y en organizaciones internacionales, incluyendo la OMS, que hubo una intervención del Tribunal Popular Supremo de China que reprendió a la policía por haber castigado a los ocho ciudadanos ya que la información que transmitían no era falsa. El doctor Wenliang fue rehabilitado, el Partido Comunista pidió disculpas solemnes a su familia y varios funcionarios responsables de su represión fueron destituidos.

A sabiendas del secretismo del gobierno chino ante las epidemias, que ha tenido consecuencias nefastas para la población, el doctor decidió ser fiel al juramento hipocrático y, antes de acabar el año 2019, advertir a la comunidad sanitaria y la población de la amenaza que se cernía sobre ella. Fue represaliado y amenazado con sanciones tanto por parte de la policía como de sus superiores en el hospital. Como consecuencia de que no se activaran las alarmas que él pedía, contrajo el virus y murió. Sospechaba que se trataría de ocultar su caso, así que distribuyó sus últimas fotos vivo, como lucha para que no se vuelva a repetir.

La represión de los blogueros

No obstante, no fue la única acción de represalia de China. Li, Xie y los otros seis no son una excepción. Chen Qiushi es un ciudadano chino nacido hace 34 años en el Noroeste de China. Además de trabajar profesionalmente como abogado, ha asumido la responsabilidad cívica de ser periodista ciudadano y activista en un país bajo un régimen dictatorial. Consciente de la represión de la información y de la libertad de expresión que caracteriza al gobierno chino, Chen se dispuso a ver por sí mismo la realidad que estaba ocurriendo en la epidemia desatada en la ciudad de Wuhan. Al poco de haber muerto la primera persona, dos semanas después, el 24 de enero, Chen entró en la ciudad en uno de los últimos trenes antes del cierre absoluto de las comunicaciones.

Desde ese día, comenzó una crónica en Twitter y Youtube en la que iba relatando todo lo que veía y encontraba. En China estaba bloqueado el acceso, pero sí se podía seguir desde el extranjero y sus informaciones eran accesibles en el país de la Gran Muralla a través de blogs que las replicaban. Prometió no esparcir rumores ni crear pánico social, pero sí describir la realidad tal cual era. Fue mostrando los hospitales saturados, la falta de mascarillas, protecciones, los problemas de abastecimiento de víveres. Sus comunicaciones tuvieron millones de visitas, 430.000 seguidores en YouTube y 230.000 en Twitter.

En uno de sus videos, recogido por The New York Times, Chen decía: “Tengo miedo. Delante de mí está la enfermedad y detrás de mí está el poder legal y administrativo de China. Pero mientras esté vivo hablaré sobre lo que he visto y lo que he escuchado. No tengo miedo a morir. ¿Por qué debería temer al Partido Comunista?”

La policía intervino y, no pudiendo localizarle a él, interrogaron a su familia en Qingdao. Tras dos semanas transmitiendo desde Wuhan, el 6 de febrero, Chen Qiushi desapareció. Su madre dio la voz de alarma y rogó a los internautas que ayudaran a encontrarle.

Ante la presión de la prensa internacional y Reporteros sin Fronteras (RsF), las autoridades chinas admitieron que había sido arrestado, detenido y confinado involuntariamente para practicar la cuarentena. Pero también su teléfono móvil le ha sido confiscado. El diario Deutsche Welle llamó varias veces. A veces cogen el teléfono y tras unos momentos en silencio la otra parte cuelga. A comienzos de abril tanto Amnistía Internacional como Human Rights Watch no habían podido contactar con Chen Qiushi, localizar su paradero ni constatar su estado de salud.

Chen no fue el único caso. El activista Fang Bing fue detenido durante 10 días por el gobierno chino tras haber mostrado los hospitales desbordados y minibuses trasladando cadáveres. También Wang Yajun, escritor chino, fue detenido por haber criticado la reacción del gobierno ante la epidemia. Ambos fueron libertados posteriormente.

El 12 de marzo, China ordenó una represión sin precedentes, la expulsión del país –incluido Hong Kong– de todos los periodistas de cinco de los mayores medios estadounidenses: The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal, Time y Voice of America.

La democracia es la mejor forma para responder a una pandemia. Ser una dictadura pone en mayor peligro no solo a la gente de ese país, sino a todos. Y, como parte de ese compromiso, debemos recordar a las víctimas de la pandemia, que no son solo muertos, y, especialmente al doctor Li Wenliang, que es un símbolo de que la mejor respuesta a las pandemias es la democracia. Quizás siga pensando sobre esto uno de estos días.