Tribuna

De pérdidas y esperanzas en tiempos de coronavirus

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Días atrás, recibimos en el Centro de Orientación Familiar Lagungo de la Diócesis de Bilbao una llamada. Era una persona joven, unos 27 años. De Portugalete. Solicitaba ayuda psicológica. Hace diez días, sus padres dieron positivo por coronavirus y han estado ingresados en el hospital. En cuarentena. Sin posibilidad de recibir visitas. Parece que su padre ha evolucionado favorablemente. No así su madre. Complicaciones respiratorias hicieron que su situación empeorase hace tres días. Hoy –nos relata este joven– ha recibido una llamada. Era una voz cálida, cercana, pero con un claro tono de tristeza. Esta voz le ha comunicado que su madre ha fallecido.



Este es el relato que me viene dando vueltas a la cabeza durante todo el día de hoy. Resuena en mi mente, una vez tras otra. ¿Cuántas personas están falleciendo en estos últimos días? Los medios de comunicación nos informan de los datos puntualmente, pero son cifras. Detrás de cada número hay una persona, una familia que está viviendo esta pérdida desde la distancia. Desde la impotencia de no poder despedirse, de no poder acompañar a su ser querido. Desde la incertidumbre de preguntarse cómo habrá sido todo.

Es posible que en personas creyentes también surja la pregunta por Dios, ¿dónde está Dios? ¿por qué a mí? ¿cómo leo lo que me está sucediendo desde la fe? ¿cómo mi espiritualidad me puede ayudar a vivir este momento? Y es en este punto donde surgen algunas reflexiones. Reflexiones realizadas con prudencia, con cautela. Porque cuando tocamos el dolor de las personas pisamos terreno sagrado, y es ahí cuando es necesario descalzarse. Es decir, escuchar en vez de hablar, acoger en vez de analizar. Es momento también de revestirse de actitudes como la humildad, la prudencia y la apertura. Si bien, estoy convencido de que son momentos para hacer un esfuerzo para mirar desde la fe, desde la confianza. Y verter en este pozo de oscuridad si acaso una pequeña chispa de luz que permita un soplo de esperanza. Desde ahí quiero compartir, con humildad, las siguientes reflexiones:

Dos familiares de una víctima del coronavirus acompañan el ataúd en el cementerio

1. Esta crisis sanitaria nos coloca ante una de las grandes cuestiones que han acompañado al ser humano a lo largo de toda su vida: la fragilidad. La Biblia nos advierte, ya en su primer libro, del riesgo de creernos omnipotentes. Babel nos muestra ese anhelo instalado en lo profundo del ser humano de querer ser como Dios (Gn 11, 1-9). Un minúsculo virus ha paralizado el planeta, ha creado un estado de alarma sanitaria globalizado. ¡La sociedad de la producción y la tecnología paralizada! Nuevamente, vuelve a surgir en las personas esa sensación de zozobra que nos conecta con la fragilidad, con la vulnerabilidad.

2. En la fragilidad la muerte se revela como la “experiencia cumbre”. En la pérdida de un ser querido o en nuestra propia muerte experimentamos la impotencia y limitación propia de quien no puede hacer nada. La muerte lo tiñe todo de oscuridad. La muerte es silencio. No deja margen.

3. El dolor de la pérdida llena nuestra mente y nuestro cuerpo. Se instala en nosotros, casi de forma perenne. Y no nos deja ver otra cosa. Nos nubla la mirada, los oídos, paraliza nuestras manos. No somos capaces de sentir más allá del dolor. El dolor nos puede llevar a un proceso de auto-referencia, que nos aísla.

Fe en el Dios de la vida

4. Es en ese silencio donde la fe cristiana aporta su luz. Como quien coloca un sencillo candil en medio de una habitación a oscuras. La fe cristiana nos coloca mirando a Jesucristo para decirnos que la muerte no es la última estación de este viaje. La fe cristiana rompe el aislamiento al que nos somete la pérdida.

5. La Biblia nos revela el rostro de un Dios que es amor. Podemos utilizar otros sinónimos, otras frases y palabras, pero creo que es la mejor definición que podemos dar. Y, desde este fondo de amor insondable que es Dios, nos acompaña también en el reverso de nuestra historia. En estas situaciones de pérdida de seres queridos. En estos momentos de oscuridad, impotencia y tristeza infinita. Ahí está Dios sosteniéndonos, alentándonos.

6. El Dios de la vida nos permite afrontar la dificultad y la pena sin rompernos. Nos ayuda a descubrir que es posible esperar contra toda esperanza. Y, desde nuestra debilidad, afrontar la vida. Como san Pablo, cuando afirma que en “su debilidad está su fortaleza” (2 Cor 12, 18).

7. Esta es la paradoja del ser humano. Vivimos instalados en la fragilidad, en la vulnerabilidad. Lo más preciado, que es la vida, puede llegar a convertirse en un frágil hilo que amenaza con romperse a cada instante. Pero, del mismo modo, tenemos anhelos de trascendencia. Estamos llamados a dar sentido a nuestra vida, a descubrir la profundidad de lo que somos, de lo que hacemos. Estamos llamados, en palabras del profeta Habacuc, “a caminar por las alturas” (Ha 3, 19).

Pascua: cuando la muerte no tiene la última palabra

8. Y esto es precisamente lo que celebramos en la Pascua. Recorriendo el mismo camino que Jesús de Nazaret. La experiencia del amor fraterno –Jueves Santo– da paso a la cruz. El silencio del Viernes Santo “impondrá sus tinieblas sobre toda la tierra, se oscurecerá el sol” (Lc 23, 44-45). Y es ahí, en esa experiencia de finitud máxima, donde solo quedan las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Jesús, en el hálito de su vida, se encomienda a Dios. Recoge la invitación del Dios de la vida: “Venid a mí los que andáis cansados y agobiados” (Mt 11, 28).

9. En la cruz Dios se revela como amor. Acogiendo a Jesús en su muerte, Dios se muestra como el Dios de las víctimas de la historia, el Dios de los frágiles, de los sencillos, el “Dios de los imperfectos”, en palabras de Benjamín González Buelta.

10. El Domingo de Ramos, Jesús se adentra en la desorientación humana. En el ir y venir de personas que incesantemente llenan las calles de Jerusalén. Y Jesús se presenta ante ellos desde un gesto lleno de sencillez y humildad, sentado sobre un burro (Lc 19, 28-40). Nuevamente, Jesús nos vuelve a mostrar la “lógica de Dios”, su modo de proceder. Dios se muestra en lo sencillo, en lo cotidiano.

11. Dios se sigue haciendo presente hoy de distintos modos. En los profesionales sanitarios y de servicios básicos que “siguen al pie del cañón”, en amigos y familiares que ofrecen consuelo a través del teléfono, en programas psico-sociales y caritativos que se ponen en marcha para ayudar a los sectores más vulnerables, en vecinos que están junto a nosotros en la distancia… todo ello como certeza de que no caminamos solos en la pérdida. En la crisis nos sostiene la comunidad. A pesar de la distancia. A pesar del aislamiento, el ser humano tiene esta capacidad de saltar muros de confinamiento, y sentirse conectado y sostenido. En todo ello está Dios presente. Esta es la imagen del Dios cristiano, un Dios que “sale de sí”, un Dios que es comunidad.

12. En la Pascua celebramos que la muerte, la oscuridad y el silencio no tienen la última palabra. Este es “el tesoro que llevamos en vasijas de barro” (2 Cor 4, 7), es en nuestra fragilidad y vulnerabilidad máxima cuando descubrimos el rostro del amor infinito de Dios. Tal como nos lo habían anunciado los salmos, Dios es “nuestra roca” (Sal 18, 2), “nuestro consuelo” (Sal 119, 50). También en estos momentos difíciles en los que hemos perdido a algún ser querido, podemos poner nuestra confianza en Dios y seguir caminando.