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Catequesis con discapacidad intelectual: cuando lo que se desea es ser “uno más” en la parroquia

  • Isabel Cano, catequista, explica a Vida Nueva la necesidad de trabajar por “la inclusión de todas las personas en nuestra Iglesia”
  • “Necesitamos a las personas sencillas de corazón, porque tienen, sin saberlo, la clave del mensaje de Jesús”

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“Las etiquetas no nos gustan a nadie, pero nombrar las cosas por su nombre nos ayuda a entender de qué estamos hablando, y tener una discapacidad intelectual hoy en día, es algo que no hay que esconder”. Así de clara se muestra a Vida Nueva Isabel Cano Espinosa, catequista de la parroquia de Santa María Madre de Dios (Tres Cantos, Madrid), donde imparte catequesis a personas con discapacidad intelectual. “Tenemos muy valorada la inteligencia y relegadas otras capacidades del ser humano que son tanto o más necesarias para lograr ser auténticamente persona”, añade.

En cuanto a la inclusión de las personas con discapacidad intelectual asegura que “se han hecho muchos logros, tanto en el ámbito educativo, laboral, de ocio y tiempo libre, así como de su visibilidad social como individuos de pleno derecho”, aunque queda pendiente “la parte espiritual de la persona”, una parte “intrínseca” y “al margen de sus circunstancias”, pero sobre la que hay que incidir “para tener una vida plena y un buen desarrollo como persona”. Cano reconoce que le gusta pensar “que la inclusión de todas las personas en nuestra Iglesia es el objetivo siguiente que nos queda por lograr, y sobre el que estamos dando los primeros pasos, aun un poco cortitos, pero pasos, al fin y al cabo”. 

PREGUNTA.- ¿En qué se diferencian las catequesis que imparte? 

RESPUESTA.- Todas las catequesis son diferentes: las de niños para formarse hacia la primera comunión; la de los jóvenes para la confirmación; la de adultos que han tomado la decisión de ser cristianos; y las de las personas con discapacidad intelectual que desean acercarse a algún sacramento o formarse como cristiano. Pero lo que es cierto, es que la catequesis para niños, jóvenes o adultos tienen un recorrido que no tenemos con la catequesis destinada a personas con discapacidad intelectual, ya sean para niños o adultos.

En el comunicado de los obispos católicos de Estados Unidos en el documento ‘Pautas para la Celebración de los Sacramentos para Personas con Discapacidades’, los obispos abogan por tener programas parroquiales de preparación catequética y sacramental adaptados para algunos feligreses con discapacidades, “aunque en la medida de lo posible, las personas con discapacidades deberían integrarse en los programas ordinarios”. A veces, las necesidades de las personas con discapacidad intelectual necesitan un grupo adaptado que lleve sus ritmos de asimilación de contenidos y la inclusión en grupos ordinarios no sea posible.

P.- ¿Es la catequesis también un modo de acompañamiento, de crear comunidad?

R.- Mi experiencia con el grupo del que soy la catequista me ha hecho ver que cada uno de sus integrantes como, por ejemplo, José Luis, Andy, Carmen, Antonio, Cristina, Soraya, Laura, Pili, Maraya, Daniel, Pablo o Viki han sido y son felices formándose juntos, ya que sus necesidades como persona son similares, y también los recursos para llegar a ella. Un grupo supone un acompañamiento y una gran ayuda para aumentar la fe y conocer mejor el mensaje de Jesús porque el cristianismo es un mensaje que crece y se desarrolla con la comunidad, por ello la Iglesia debe ofrecérselo a aquellos que lo soliciten, con o sin discapacidad, y además promoverlo como una alternativa más de la parroquia para los que lo tienen más difícil.

Por otra parte, estar en la Iglesia también es disfrutar de los sacramentos, de las actividades eclesiales de la pastoral y otras muchas más. Las personas con discapacidad deben poder participar como uno más de la parroquia. Cuando hago la pregunta en el grupo sobre qué piden a la parroquia, sin ninguna duda dicen “ser uno más”, por eso al margen de tener un grupo específico adaptado a sus necesidades, debe proporcionarse su participación. Nuestro grupo se encarga de preparar tres misas al año, como lo hacen también el resto de los grupos, participamos en las convivencias de jóvenes preparando lo que se nos ha asignado y acudimos a lo que podemos. La inclusión de la persona con discapacidad es poder tener un grupo adaptado, se requiere, y participar como uno más en la vida de la parroquia en la medida de las posibilidades de cada uno.

 P.- ¿Nos falta más “sencillez” de corazón a la hora de rezar?

R.- Me encanta mi grupo de catequesis porque cada uno damos lo que tenemos con sencillez. La facilidad para comprender los misterios de la fe de las personas de mi grupo me maravilla. Hablando sobre la resurrección un día en el que una persona del grupo estaba muy afectada por la muerte de un ser querido, Viki, que es integrante del grupo desde el inicio, hace unos seis años, dijo: “La resurrección es muy fácil de entender, cuando morimos Dios extiende su brazo hacia nosotros, nos da la mano y nos dice: Venga, para casa, y nos lleva con él, porque es nuestro padre”. A esto no hay nada que aportar…

Por eso la Iglesia necesita y no puede perderse a las personas sencillas de corazón, porque tienen, sin saberlo, la clave del mensaje de Jesús. Con esto no quiero decir que todas las personas por tener una discapacidad intelectual lo entienden todo, no, pero tienen una llave importante que hay que descubrir para poder abrir las verdades de la fe. El catequista debe buscar para encontrar, y cuando encuentras te quedas asombrada y con necesidad de contar a todo el mundo esta capacidad de la persona con discapacidad intelectual.

P.- ¿Qué recomendaría a unos padres con un hijo con discapacidad intelectual para iniciarle en la fe?

R.- Cada edad requiere lo suyo, pero la espiritualidad es un valor que tenemos que despertar todos en las diferentes etapas de la vida. Los padres con hijos con discapacidad están acostumbrados a luchar por su hijo desde que nace, en cuestiones de salud, en la educación infantil, el colegio y el instituto, el centro de día, el centro ocupacional, el centro especial de empleo o el mundo del trabajo. Con apoyo, la formación en la fe hay que buscarla igualmente. A la Iglesia le queda todavía mucho por conocer en el mundo de la discapacidad, aunque en el evangelio está siempre presente, por eso hay que seguir luchando para darla a conocer. Debemos hacer una fuerza común entre padres, personas con discapacidad, voluntarios y catequistas para lograr que se escuche la voz de este colectivo tanto por su inclusión como por el propio beneficio de la iglesia, porque las personas con discapacidad tienen mucho que decir y que enseñarnos a todos.

Cuando los hijos son pequeños resulta más fácil la inclusión. Cuando se van haciendo mayores hay que buscar y ofrecerles los apoyos adecuados según sus capacidades, para que puedan desarrollar su fe y su compromiso como cristianos, porque todos estamos llamados a estar al servicio de los demás, también las personas con discapacidad intelectual.

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