Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

También se puede estar triste


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Por diferentes caminos, últimamente me estoy dando cuenta que toleramos casi cualquier cosa antes que la tristeza. Quizá no sea una gran conclusión, pero es, cuanto menos, llamativo. Cuando tenemos que lidiar con alguien violento, de fácil enfado y con tendencia a alzar la voz, puede molestarnos, pero también nos permite responder: con nuestro silencio, indiferencia, violencia, revancha, acusación, defensa… lo que sea. Pero cuando la otra persona está triste nos cuesta mucho más situarnos. Nos desconcierta. Quizá porque alguien triste es alguien sumamente débil, desdibujado, vulnerable y esa falta de firmeza nos provoca inseguridad.



Revisa tu entorno o tus relaciones, ya sean laborales o familiares o de amistad. Hacemos frente a los tiranos (ya sea directamente o resguardándonos en desahogos de café que no cambian nada), a los ridículos, a los desagradables, a los idiotas. Pero a los tristes, ¡que poco los soportamos!, ¡no sabemos cómo hacerlo! Quien antes fue fuerte, ahora parece a punto de quebrarse con cualquier cosa; quien antes se movía con libertad, ahora parece estar agazapado como un conejo en medio de un coto de caza; quien antes aunaba logros y errores con la misma naturalidad, ahora vive encogido y temeroso de intentar nada. Y en el fondo nos molesta que sea así. Queremos al fuerte, al libre, al emprendedor.

Gestos de amor

Y en medio estamos los otros. Los que no sabemos qué decir. Los que no entendemos. Los que sospechamos. Los que acusamos. Los de “problemas tenemos todos”. Los de “espabila y pasa página”. Los de “estás haciendo un drama”. Los que preferimos cualquier otra cosa más clara y digerible que la tristeza de quien está al lado. Cualquier cosa que podamos discutir, razonar, denunciar, cuestionar. Pero esa tristeza que debilita y encoge, esa no la queremos. Ni en nosotros ni en los demás.

A veces hasta damos un paso más: convencernos de que el otro está enfermo. Da igual la causa. Da igual la etiqueta. Tiene que “sanar heridas”, tiene que “liberar de apegos su corazón”, tiene que “tomar pastillas”, tiene que, tiene que… Y así, nos quedamos al menos tranquilos. Ya hemos delimitado la “causa” y las “consecuencias”. Ya hemos puesto en la persona el “asunto” que amenazaba nuestra propia seguridad y orden. Ya le hemos dicho lo que debe hacer, cómo y cuándo. Ya no tenemos que cambiar nada de nosotros mismos o del entorno que nos contiene. Todo antes que expresar que tampoco nosotros sabemos qué hacer con la tristeza que engulle a quien queremos y que lo desfigura y anula. Todo antes de asumir que también sentirse triste, inseguro, angustiado y vulnerable es una opción tan santa y tan sana como cualquier otra. Eso sí: es un lugar de paso, no un hogar donde vivir.

La alegría, como el amor, tienen una gran dosis de decisión personal. Lo creo ciertamente. Pero soportar la debilidad de quien se ha sentido golpeado y dejar que llore y esté triste e inseguro, también es una decisión y es un profundo gesto de amor. Quizá necesitamos recuperar la expresión de las propias emociones como parte de la vida. También de la tristeza, propia y ajena, de la vulnerabilidad, de la incertidumbre, de la quiebra. Y convencernos unos a otros de que no somos menos por ello. Seguimos siendo los mismos. Porque, además, “nada de lo humano nos es ajeno”.