Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Hijos de las tabernas


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Dícese de aquellos que han crecido en el entorno de la hostelería y que, a pesar de lo que últimamente escuchamos de un lado y de otro, son personas normales, incluso buenas personas, buenas familias, buenos ciudadanos.



Yo provengo de familia “tabernaria”. Desde pequeña he escuchado cómo se criticaba a “los hijos de camareros” o de la hostelería en general, dando por hecho que los padres con tal oficio los tendrían abandonados y con poco orden familiar. También añadían: “Aunque vuestro caso es distinto”. Ya saben, lo típico de las generalizaciones en las que no encajan las personas concretas que conoces y aun así lo sigues diciendo.

Primero fue Tezanos, actual presidente del CIS quien acuñó el apelativo de “tabernarios” para descalificar a “ese sector social que se nuclea en torno al mundo de las tabernas, los bares, los restaurantes y otros establecimientos similares“. Aludía también a Isabel Díaz Ayuso, supuesta instigadora de este tipo de votantes; una persona con “escasa entidad intelectual y política” –decía Tezanos–, apoyada “por empresarios del sector que operan como eficientes agentes electorales permanentes, junto a bastantes jóvenes y adultos habituales de tal tipo de establecimientos”.

No es la primera vez que, en plena pandemia y en un profundo sufrimiento del sector hostelero (como muchos otros), se critica desde el Gobierno que España se haya convertido en “país de bares y hoteles para turistas”. Incluso el actual Ministro de Consumo llegó a decir que “España es un país que se ha especializado en sectores de bajo valor añadido, tales como la hostelería o el turismo”. Me pregunto dónde está el problema: ¿por qué una generalización tan simplona?, ¿qué tiene de malo ser un país cuyo principal motor económico es el turismo?, ¿por qué hay que elegir entre invertir en investigación o disfrutar de una red de bares, restaurantes y hoteles con una calidad envidiable en todo el mundo como si fueran incompatibles y no más bien fruto de las inversiones gubernamentales de un u otro partido?

La presidenta de la Comunidad de Madrid

Del otro lado, la respuesta fue rápida. Y la actual presidenta de la Comunidad de Madrid definió a los tabernarios como “todo aquel que decide que la vida sigue y que se puede tomar una cerveza o un café, pero que quiere seguir viviendo. Que quiere ver a los suyos de vez en cuando y que necesita el contacto de los demás“. Algo que con tantos meses de confinamiento a la espalda no me parece nada descabellado. Igualar esto con gente desalmada que antepone una caña a la vida de miles de seres humanos en las UCI me parece, cuanto menos, atroz.

Y desde que el pasado 9 de mayo cayó el estado de alarma en el país, la situación ha empeorado. Hordas irresponsables se aglutinaban en calles bailando, cantando, abrazándose… y bebiendo. Todo mi desprecio a ellos, especialmente porque imagino que todos volvieron a una casa donde conviven con otra gente, con su familia. Y todo mi rechazo también a quienes siguen identificando, falsariamente, estos hechos con la capacidad de comer en un restaurante donde las distancias y las medidas de desinfección son extraordinarias. No hablo del bar que hay debajo de mi casa, que en ningún momento ha cerrado sin que nadie haya venido a poner orden, que se amontonan en la puerta bebiendo botellines y hablando sin distancia ni mascarilla. Hablo de miles de familias que viven de su trabajo en la hostelería, que siguen en ERTE porque no tienen terrazas pero sí toda una historia detrás que muchos empiezan a vislumbrar como acabada. En Castilla León, por ejemplo, las medidas son sangrantes para los restaurantes y, por desgracia, las cifras de COVID no son significativamente mejores.

En resumen, quiero reivindicar la grandeza de haber crecido en una familia tabernaria. He echado de menos a mis padres en casa muchas veces, sí. Pero no estaban de fiesta ni estaban cansados de nosotros: simplemente estaban trabajando y yo lo sabía. He aprendido el valor del esfuerzo, la grandeza de tener un trabajo donde servir bien es formar parte de las celebraciones de los demás y posibilitarlas en torno a una buena mesa o poniendo un vino con un buen pincho. He aprendido que la buena educación, la cohesión familiar y los valores cívicos no dependen de la cantidad de horas diarias que pasas con tus padres sino de la calidad de su cariño y de su tiempo. He aprendido que descalificar a un grupo social (hosteleros, gitanos, homosexuales, curas y monjas, empresarios…) por el simple hecho de serlo, es una estupidez (literalmente, según la RAE, “torpeza notable en comprender las cosas”).

Soy tabernaria, si eso quiere decir que me gustan las “tabernas” en todas sus variantes: las de verdad, las serias, las que aportan valor a nuestra cultura, a nuestro país, a nuestro modo de vivir. Soy tabernaria como Mateo, el recaudador, al menos según Caravaggio que le imaginó sentado en la mesa de un bar cuando Jesús se plantó delante de él y le dijo: “Sígueme”. Soy hija de taberneros y amiga de la hostelería seria que tan humillada está siendo últimamente. Y eso también me hace sentir cerca de Jesús, el que bailaba en las bodas y al que acusaban de comilón y borracho, y que aun así, cuando quiso despedirse de sus amigos porque las cosas pintaban mal aquella noche de Getsemaní, lo hizo brindando. Más aún: quedó con ellos en que volverían a brindar juntos cuando se pudiera en el cielo, en la mesa camilla del Dios Trino que le espera tras su Ascensión:

“Os digo que en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre” (Mt 26,29)

Así que, amigos, si algo sabemos del cielo es que allí habrá vino bueno para todos, sin pandemias, sin miradas estrechas ni juicios partidistas. Seguro que no.