Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Dios es un poeta y nos lee


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Decíamos que a veces las relaciones humanas se parecen a un buen lector y a un buen texto: necesitamos las claves adecuadas (idioma, gramática) para entenderlo y no traducir tan literalmente que desvirtuemos la intención o pongamos tanto de nuestra cosecha que estemos hablando más de nosotros que del autor. ¡Cuánto nos jugamos en una buena comunicación los seres humanos!



Y decíamos que esto también nos puede pasar con Dios. A mí me pasa. Intento seguir aprendiendo su gramática, su idioma y busco cada día conocer su querer, su intención. Y, por supuesto, me sigue sorprendiendo y sigo equivocándome y aprendiendo.

Dios no hace traducciones literales

Lo que sí experimento es que a Dios eso nunca le pasa conmigo, con nosotros. Dios siempre está atento a “ese algo más” de cada uno, de cada situación que es mucho más que la mera literalidad de lo que ocurre. Quizá por eso Dios siempre nos lee bien.

Dios no hace traducciones literales con nosotros; nos conoce demasiado bien como para caer en ese error. ‘Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones’ (salmo 32). Sabe que somos “una obra de arte” salida de sus manos, como decía san Ireneo. No somos un reloj suizo. No somos una fórmula química. No somos un alma etérea flotando de cuerpo en cuerpo siglo tras siglo. Y el arte no se explica. Se contempla, se agradece, se acoge o se rechaza.

Algo que ya Platón había intuido a su manera: “El dios es un poeta (poietes) tan hábil que llega a hacer que otros también lo sean” (El Banquete, 196e). Un poeta, un artista, un creador. Nosotros, que creemos haber sido creados a su imagen y semejanza, bien podríamos llevar a gala esa capacidad gratuitamente recibida de ser poetas, artistas en la vida. Primero con nosotros mismos: “No dejes, pues, de construir tu propia estatua” (Plotino). Después con la vida, con los otros: buscando “ese algo más” que nos arranque de la grisura y la simpleza, que nos acreciente los matices y las sombras y los colores. Y sobre todo el deseo de querer acoger y entender al otro desde él mismo (no desde mis normas o lo ya establecido), porque tiene el derecho y la obligación de ser él mismo. Y nosotros la obligación y el derecho de no ser más papistas que el Papa; alegrarnos de que Dios nos haga cocreadores con Él y no apuntadores repitiendo un guión escrito desde fuera del escenario.