Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 61: realidad desbordada


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Entre las experiencias de esta pandemia, hay una que es estructural y ha sido la más radical de todas: hemos vivido una larga experiencia colectiva de realidades desbordadas. Produce una fuerte sensación e irrealidad o de hiperrealidad: que estamos en una situación imposible, que las apariencias se han disuelto y estamos en un nivel más profundo o superior de realismo. La realidad desbordada ha anulado la normalidad ordinaria y la historia personal y colectiva se ha abierto ante nosotros, acuciados por un peligro descontrolado, pero también por un sobrevenido estado de libertad.



Mesa de billar

Esa amenaza viral también ha desatado otros procesos de realidades desbordadas –como en una mesa de billar en la que la bola blanca golpea con extraordinaria fuerza en el centro del triángulo formado por las otras catorce bolas de colores y la negra–. Muchos desbordamientos han tenido que ver con la enfermedad y la muerte, o con el titánico esfuerzo de los servicios esenciales en circunstancias límite. Los procesos acelerados de pérdidas –trabajo, medios de vida o incluso vivienda– también han hecho que muchas personas hayan sufrido realidades desbordadas, propias de las catástrofes inesperadas. Otras se han producido por un nuevo marco de tiempo en el que han abierto grandes incertidumbres y libertades para los sujetos. Las hay que derivaron de la convivencia permanente en el hogar, el confinamiento. Otras han sido soluciones de discontinuidad en las vidas personales, que, de repente, se ha abierto radicalmente en sus posibilidades.

Una experiencia acelerada e imprevisible

En esas circunstancias se tiene la percepción alterada de que todos los acontecimientos nos han desbordado y se ha creado una nueva realidad. La realidad desbordada es una anomalía de alteración súbita, masiva y envolvente de la realidad, que hace perder al sujeto el control previsto sobre la causalidad. Se producen percepciones intensas y aceleradas sobre sucesos inesperados e inéditos que redefinen radicalmente los parámetros de una situación y nos obligan a improvisar. Lo fundamental en esa experiencia es la asombrosa desdeterminación de los acontecimientos, una mayor densidad de percepciones y la sensación personal de pérdida de control y previsibilidad. En la realidad desbordada todo es solo presente, nos absorbe un aquí y ahora que se muestra infinitamente liberado de lo que tenía que suceder. En los desbordamientos de realidad no hay expectativas, optimismo ni pesimismo, sino que solo cabe la dimensión de la esperanza.

El futuro se disuelve y tampoco tiene pasado, no se corresponde con ninguna experiencia previa. Aunque consista en lo mismo, hay algo radicalmente nuevo que recibimos, no tiene patrones ni moldes donde encajarlo. No hay en él nada de repetitivo ni canon. Es una excepción, una singularidad, algo único. Nunca se reiterará. Incluso con situaciones que se sabe que tienen un lugar y hora como el nacimiento de un hijo, un juicio o un encuentro especial, los mapas que tuviéramos planeados no funcionan.

Es un arrebato, una realidad que nos arrebata, nos obliga a tener que dialogar cuerpo a cuerpo con lo que ocurre, no podemos defendernos detrás de ningún esquema preestablecido ni detrás de una mesa de reflexión. En parte uno se deja llevar, uno es tomado por los hechos, interactúa directamente con los hechos en estado puro, casi sin mediaciones.

coronavirus

La realidad desbordada se caracteriza por su ineludibilidad: no podemos escapar de ella, no podemos deshacernos de su impacto ni evitarla. Tampoco podemos reducir su fuerza ignorándola porque acompaña a nuestra conciencia allí donde se quiera esconder.

La hiperpercepción a la anomalía absorbe toda nuestra atención, perdemos el control sobre el conjunto de la acción y nos produce un profundo asombro que no podemos abarcar. Sentimos que la realidad se hace enorme, como una riada en la que el cauce se sale de los canales por donde la llevábamos. En las realidades desbordadas las cosas parece que suceden rápido, el flujo de percepciones se intensifica. Ocurren cosas que nunca antes vimos, hay una novedad que nos crea una masiva sensación de exceso, de salirse todo de sus celdas, de excepcionalidad, liberación de una fuerza con la que podemos interactuar, pero no dominar.

Sustancialmente, se rompe la delgada capa de realidad previsible y la sensación de dominarla, y descubrimos nuestra extrema vulnerabilidad, la dimensión de misterio que entraña nuestra vida y una extrema conciencia de la libertad.

Riada

Si tuviésemos que buscar una imagen, usaríamos la de una canoa que es arrastrada por un desbordamiento súbito del río que abre un nuevo cauce e incluso se puede llegar a transformar en algo que ya no es un río ni una canoa. Cuando un río se desborda, en Aragón se dice que “el río va sin conocimiento”. Las realidades desbordadas no ponen en suspenso la razón. Por el contrario, pensamos con mucha mayor intensidad y con las razones más profundas y arraigadas en el sujeto.

Ante esos hecho el sujeto no es que sea impotente, sino que pierde las previsiones y su acción se convierte en totalmente espontánea. Internamente, el cuerpo recibe una cantidad cualitativamente mayor de estímulos que le obligan a procesar mucho más y no es capaz de formar patrones y hacerlos corresponder con otras experiencias del pasado. La realidad provoca repentinamente un nuevo escenario en que no hay margen para conocer sus parámetros y la gente actúa como auténticamente es, no tiene tiempo de calcular, planear ni deliberar cuál va a ser su respuesta.

Los desbordamientos pueden ser instantes breves en el tiempo, pero también pueden prolongarse en el tiempo. Por ejemplo, se pueden producir cuando todo tu entorno reacciona de un modo absolutamente distinto a lo que esperabas y se van desencadenando en alud consecuencias inesperadas que te llevan a una situación radicalmente inesperada. Cuando uno sufre accidentes, también suelen presentarse episodios de realidad desbordada porque todo el marco esperado de realidad se rompe y uno se ve obligado a improvisar, con consecuencias impredecibles. También se presentan realidades desbordadas cuando chocamos con los límites de la propia vida, como es el caso de la muerte, o misterios profundos. Nos suele ocurrir en momentos liminales para los que no tenemos explicación o que nos “desencajan”, nos sacan de nuestras “casillas”, nos “descolocan”.

Los trucos de magia o los engaños inmersivos crean desbordamientos artificiosos de la realidad. Por ejemplo, habremos visto programas televisivos en los que crean una situación totalmente inesperada para alguien, con actores y todo el marco real simulado. Una película que recrea una situación similar es ‘The Game’ (David Fincher, 1997), en la que el protagonista. Nicholas van Orton (interpretado por Michael Douglas) va a recibir de su extraño hermano Conrad (el actor Sean Penn) un regalo que le va a hacer entrar en un juego que le va a alterar toda su realidad. Esas simulaciones de realidad desbordada siempre tienen límites. En ‘El Show de Truman’ (Peter Weir, 1998) el conjunto del programa televisivo que han convertido en el mundo total de Truman Burbank está todo el tiempo luchando para que Truman no tenga esa experiencia de realidad desbordada. El protagonista va sufriendo distintas sacudidas de irrealidad, hasta que toda la simulación se desmorona.

Desbordamientos colectivos

Muy raras veces se producen desbordamientos colectivos de la realidad. A veces son productos del impacto de una violencia inusitada como un atentado, un golpe de Estado o un magnicidio que golpea en centros simbólicos de nuestro imaginario colectivo. Otras veces son desastres naturales como terremotos, erupciones volcánicas, riadas o tsunamis de tal impacto que nos llevan a decir la frase que más se nos viene a la cabeza en esos momentos: “no me lo puedo creer”. Los milagros son realidad desbordada, pero también las revoluciones generan esas experiencias. Existen desbordamientos positivos. Por ejemplo, cuando ante una situación de sufrimiento ocurre algo que salva a todos, consecuencia de una acción heroica, una donación inesperada, una cura in extremis. La trascendencia y la mística abren a esas experiencias de desbordamiento.

La realidad desbordada nos introduce en una anomalía histórica que acaba convirtiéndose en una anomalía en nuestro presente y termina convirtiéndonos a nosotros mismos en anomalías. Esa es la naturaleza de las víctimas o supervivientes: sus vidas son anomalías que muchas veces ignoramos o tratamos de domar –mediante memoriales, retóricas sentimentaloides, la estigmatización o politizaciones–. Por ejemplo, las víctimas de ETA en el País Vasco han sufrido durante décadas esa negación, persecución e incluso culpabilización, para cerrar esas anomalías que señalaban la verdadera realidad de violencia y tiranía que estaba sucediendo. También las víctimas del Holocausto, del Gulag y represión comunista o del Franquismo tuvieron que sufrir esas negaciones. Eran anomalías vivas inaceptables porque quebraban la definición establecida de la realidad.

Profundizar en la realidad

Cuanto más viva uno encerrado doctrinalmente en una simulación de la realidad, ignore lo que ocurre de verdad, quiera entubar la realidad en un cauce muy pequeño de sus ideas, niegue la dimensión de misterio de la vida o intente cercenar toda la diversidad, más probable es que le sucedan desbordamientos. Dejan huella y pueden llevar a profundas reconversiones de las personas y grupos, o es posible que se busque el modo de forzar todavía más la realidad para que esas anomalías no estropeen la ensoñación y ensimismamiento de quien no quiere salir al mundo real.

Los desbordamientos de la realidad no se pueden fabricar, pero podemos abrirnos a ellos, podemos cultivar la sensibilidad, salir al encuentro. Podemos buscarlos, se dan en numerosas ocasiones. No se pueden provocar, pero uno puede moverse a lugares o actitudes donde se dan con frecuencia. Esas discontinuidades se abren especialmente allí donde la realidad no está encerrada y donde más se depende de la esperanza, cuando nos acercamos a la vulnerabilidad y a la realidad profunda, al misterio.

Vivir en estado de libertad

En realidad, la realidad desbordada es un fenómeno del orden de la libertad. Como diría el teólogo Pedro Rodríguez Panizo, es un suceso de absoluta desfatalización de la historia. Incluso cuando es la muerte y la catástrofe perniciosa la que se abate sobre nosotros, todo se pone en suspensión menos la libertad de cada persona. La realidad desbordada es la realidad liberada.

Conforme hemos avanzado en la cuarentena, se ha ido creando una nueva normalidad, pero la pandemia sigue desencadenando desbordamientos que se nos van presentando y que siguen abriendo la historia. El peligro es que regresemos a la antigua realidad, porque bien sabemos ya que había una parte que no era de verdad, que eran trampantojos. Esta pandemia nos ha hecho mucho más reales y el mayor desafío de todos es que sigamos en estado de libertad.