Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 56: el milagro de Aral


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Si os gustó la metáfora de la Balsa de la Medusa, os va a encantar esta historia que ilumina la pandemia y males que padecemos. En el centro de la historia está el Mar de Aral. Mi buen amigo e hidrogeólogo Javier SanRomán me envió ayer un video asombroso que ya antes de explicarlo, comparto con vosotros para que tengáis el primer impacto.



Rompe la presa de Sardoba

El pasado 1 de mayo a las 6 de la mañana, en Uzbekistán, se rompió la presa de Sardoba. Había habido fuertes lluvias y vientos que provocaron el colapso de un embalse que ha sido construido recientemente, inaugurado en mayo de 2017. Esta reserva tiene 29 metros de profundidad y contiene 922 millones de metros cúbicos de agua. Los videos que llegan por los distintos medios locales son muy impresionantes: un enorme caudal atraviesa la presa rota y escapa a la estepa desértica. Es tal la masa de agua liberada que han sido evacuadas cien mil personas y abandonadas totalmente 22 localidades.

Según la agencia de noticias Eurasianet, el principal objetivo de la presa era el regadío de la desértica región de Sirdaria, para convertirla en una gran zona de explotación agraria. El 3 de mayo el Fiscal General del Estado ha ordenado una investigación criminal por posibles violaciones de la seguridad por parte de la empresa constructora del embalse o de la hidroeléctrica.

Sirdaria es una región de Uzbekistán con unos 800.000 habitantes, antiguamente parte de la mítica Samarcanda. La mayor parte de la región es una estepa árida. La URSS cambió la economía tradicional de la región y obligó al monocultivo algodonero. Los nuevos planes de desarrollo quieren irrigar la mayor parte de la región y la presa de Sardoba era la clave porque la región tiene un gran recurso: está atravesada por el río Sir Daria –que da nombre a la región, Sir-Daria–.

Esta noticia sucedida en el lejano noroeste de Uzbekistán parece nimia, pero Javier SanRomán me descubre algo que la convierte en un acontecimiento espectacular: ayer ha estado estudiando la geografía de la zona y toda el agua liberada en la presa fluye libre hacia el Mar de Aral.

Aral es el Auschwitz de la ecología

Antes de 1960, en Asia Central había un mar casi del tamaño de Irlanda (68.000 kilómetros cuadrados e Irlanda tiene 70.000) que fue reducido por el régimen soviético a menos de un 10% de su tamaño natural para conducir al agua a un plan de regadíos. Era el cuarto mar interior más grande del planeta Tierra y los barcos tenían que navegar 400 kilómetros para ir de un extremo al otro (de Madrid a Murcia). Eso produjo una radical desertificación de toda la zona, provocando uno de los mayores desastres ecológicos del planeta. En 1959, la URSS decidió desviar los ríos Amu daría y Sir Daria para hacer la mayor producción mundial de algodón, además de producir melones y arroz en la estepa. De manera progresiva durante el siglo XX el mar fue desapareciendo, algo previsto por la URSS ya que se estableció oficialmente que el Mar de Aral era “un error de la naturaleza”. Durante la década de 1980, el mar ya bajó a un ritmo de 90 centímetros cada año. Durante el siglo 21 ha continuado la acelerada desecación del mar.

El mar quedó dividido en dos zonas ya incomunicadas, el mar de Aral del norte y el del sur, el que está más próximo a Sirdaria. El mar de Aral del Sur sigue una deriva catastrófica, cada vez más asfixiado. El nuevo embalse de Sardoba formaba parte de ese ahogamiento. Esa parte Sur del Mar de Aral está abandonado y se ha convertido en enormes llanuras de sal en las que se levantan las grandes tormentas de arena que desolan la economía de Sirdaria. Los cultivos tradicionales de Sirdaria tuvieron que ser abandonados para cultivar solo algodón e intentar transformar la estepa en arrozales.

Las tormentas de arena llevan la sal –y productos tóxicos arrojados por la industria soviética al mar– por todas las poblaciones y se han producido aumentos considerables de cáncer y enfermedades pulmonares. ¿Qué productos tóxicos? A las toneladas de herbicidas y pesticidas arrojados para hacer sobrevivir al algodón y arroz en un ecosistema tan adverso, hay que sumar otro que a cualquiera que esté viviendo la pandemia le hará comprender el peligroso mundo del que venimos y en el que vivimos.

En 1948, Stalin ordenó construir en una isla del centro del Mar de Aral (Isla Vozrozhdeniya o Isla Renacimiento) una gran factoría secreta de la agencia soviética Biopreparat, dedicada a la guerra biológica. La isla fue usada para la experimentación, fabricación y también vertidos de armamento biológico de destrucción masiva. Hasta 1992, momento en que fue totalmente abandonada y dejada a su suerte, se produjeron bacterias y ¡virus! de alta capacidad destructiva, especialmente ántrax (bacterias Bacillus anthracis). Antes de comenzar a ser vaciado en 1959, el Mar de Aral había sido envenenado mortalmente desde 1948. Además de la producción propia, Judith Miller informó en The New York Times el 2 de junio de 1999, que en la primavera de 1988, el gobierno soviético mandó trasladar desde las factorías de bioarmamento de Sverdlovsk, centenares de toneladas de ántrax a Isla Renacimiento. Se transportaron en grandes cisternas de acero en un tren de 24 vagones y luego fueron embarcadas hasta la isla. Era material bacteriológico suficiente para matar varias veces a toda la población humana del planeta. Todo el material fue enterrado en el suelo de la isla y permaneció allí durante años, llegando a emerger en la arena de las orillas.

Tras los ataques terroristas con ántrax que sufrió Estados Unidos en 2001, se decidió depurar la isla. Durante un proyecto estadounidense que, en colaboración con Uzbekistán, trató de limpiar la Isla Renacimiento y la zona circundante, se encontraron once grandes vertederos de ántrax . En 2002 el gobierno uzbeko informó que los vertederos de ántrax habían sido neutralizados. Existe una progresiva preocupación por todos los vertidos de bioarmamento que se produjeron al conjunto del mar de Aral, ese “error de la naturaleza” y yacen en ese lecho marino ahora expuesto al viento. Todo lo relativo a la industria de guerra bacteriológica y virológica en la isla fue destruido por la Unión Soviética antes de extinguirse o permanece en secreto en los sótanos de Rusia.

Toda la industria pesquera de Aral que daba empleo a 60.000 personas y sus familias, ha sido totalmente destruida. Todavía en la década de 1980 pescaba miles de toneladas anuales. La dinámica y ruidosa ciudad portuaria de Moynaq ahora es una ciudad fantasma y la costa se encuentra a 75 kilómetros de ella. La única empresa pesquera que hay en la zona importa el pescado del Pacífico. Son muy impresionantes los barcos varados en mitad de la nada, donde antes estuvo el fondo marino. Durante décadas los pescadores fueron clavando largos palos en las orillas para demostrar que el mar estaba retrocediendo, pero las autoridades ignoraron sus alertas. Ya lo sabían y era precisamente lo que pretendían.

El hiperdesarrollismo industrial del siglo XX convirtió una superficie del tamaño de Irlanda, Sri Lanka o Tasmania en una gran tormenta de sal, polvo y productos tóxicos -muchos de armamento biológico- que no solo afecta a Asia central, sino que se distribuye por una parte del planeta mucho más amplia, con un impacto que no ha sido estudiado y será imposible conocer el alcance de la destrucción que ya ha creado. El Mar de Aral es el Auschwitz de la ecología.

Solo un milagro salvaría el Mar de Aral del Sur

El Mar Aral del Norte ha sido objeto de fuertes inversiones para una recuperación parcial, pero el Aral del Sur permanece abandonado y se considera irrecuperable. Los intereses económicos del monocultivo de algodón son tan fuertes que ha impedido cualquier proyecto ecológico de restauración. El problema es que causa tales contrariedades de salud a la población, que la desecación de esa zona del tamaño de Irlanda les está literalmente matando, además de haber convertido a la zona en una región totalmente dependiente de la industria del algodón. La presa de Sardoba inaugurada en 2017 es la muestra de que la política va precisamente en la dirección contraria: la extinción absoluta del Mar de Aral del Sur y de la poca vida que todavía resiste allí.

Hace un año, en una entrevista con María R. Sahuquillo en El País (14 de marzo de 2019), el más reputado oceanógrafo ruso, Petr Zavyálov, decía que lera “casi imposible” devolver la vida al mar de Aral. En la sección del Norte -más pequeña- ha habido una recuperación y se han reintroducido de nuevo peces, entre ellos el valioso esturión. ¿Qué hubiera sido del antiguo Mar de Aral si en vez de querer inventar un país de algodón hubieran querido explotar sosteniblemente la extraordinaria industria del Esturión y su caviar? Serían ricos.

Sin embargo, la gran zona del Mar del Sur es muy difícil por los intereses económicos algodoneros y porque es una zona internacional que requeriría la cooperación de varios países que tienen relaciones muy complicadas entre ellos. La única alternativa para resucitar Aral sería “administrar agua dulce al mar, pero ahora es imposible ya que el agua de los ríos se sigue usando para la agricultura”. Pues eso es exactamente lo que va a ocurrir. Una masa impensable de 920 hectómetros cúbicos de agua dulce, más que todo el agua embalsada en Madrid (900).

El riesgo biotecnológico que muestra el Covid-19

Volvemos ahora nuestra vista a la pandemia que todavía atravesamos y que todavía prorroga el estado de al arma hasta final de mayo. Por un lado, esta historia real nos lleva a hacernos una idea del grado de destrucción medioambiental que ha ejecutado la humanidad durante un siglo. Hemos causado un mal de escala planetaria que ha conducido a modificaciones que nos están matando o amenazan con autodestruirnos. La destrucción no se ha detenido, sino que todavía continúa y la pandemia del Covid-19 forma parte de ello. El ser humano ha estado alterando el equilibrio virológico del planeta con la destrucción de ecosistemas, tráfico de animales o con una brutal industria de armamento biológico cuyo volumen y consecuencias permanecen en secreto. La destrucción del Mar de Aral tiene paralelismos con la pandemia. Hay una industria de tráfico y consumo de animales que mueve 20.000 millones de euros anuales y mantiene a una elite poderosa. Pese a que China ha prohibido a final de febrero el tráfico y consumo, se está encontrando importantes obstáculos para lograr reducirlo.

Además, esta pandemia ha creado una gran controversia sobre los riesgos de la investigación biotecnológica y la delgada línea que la separa del armamento biológico. La industria genética ha variado sustancialmente la facilidad para crear amenazas y tras la pandemia Covid-19 se presionará para elevar los niveles de seguridad. Como dijo el Nobel de Medicina Joshua Lederberg en 1956, “los microorganismos son la bomba atómica de los pobres”. Los efectos destructivos de un arma nuclear se logran con un arma biológica por medios 800 veces más baratos (como un virus). Solamente el control del mercado armamentístico y un nuevo acuerdo sobre investigación sobre virus y bacterias puede darnos garantías de seguridad que puedan prevenir futuras catástrofes pandémicas.

Un caudal de espíritu liberado

Por otro lado, la imagen de tal liberación de agua dulce hacia el Mar de Aral puede ser una metáfora del enorme caudal de bien liberado por la lucha contra la pandemia. Nuestra sociedad tiene un gran acuífero de generosidad, solidaridad, paz y fraternidad, pero no logramos que dé forma a la cultura política que sufrimos. La cultura popular está llena de valores positivos que durante esta pandemia han salido a la vida pública en forma de gratitud, respeto, disciplina, empatía, compasión, solidaridad o creatividad. Se han roto barreras que impedían su manifestación. Se ha creado un estado excepcional en el que la energía y voluntad de la gente ha desbordado al propio sistema. Es como un gran caudal de agua dulce a una vida pública desecada por la política, la economía neoliberal y la cultura superficial.

También en nosotros podemos sentir cómo un desastre puede suscitar una liberación de un caudal que permanecía represado. Sentimos esperanza en que las cosas pueden cambiar. Quizás antes sentíamos que éramos pocos los que queríamos cambiar este mundo y cambiar nuestras propias vidas, y ahora nos sentimos unidos a un caudal mucho mayor de gente. Este desastre pandémico –que es una mala noticia y ha causado muertos, igual que las inundaciones desplazan gente y destruyen localidades– ha desatado nuevas posibilidades en la historia. La sociedad estaba embalsada y cada uno de nosotros también: por muros artificiales que nos contenían, que daban una forma antinatural a nuestras vidas, que encajonan nuestros tiempos, que nos dicen qué se puede cambiar y qué es imposible variar, que hacen ciudades que no son para las personas, sino que nos contienen también como una presa. Es la Historia misma la que se ha abierto y una corriente de agua dulce de su interior busca recrear lo que el capitalismo y la superficialidad han secado.

Seguramente pensaremos que 1 kilómetro cúbico que hay en ese embalse de Sardoba es poca agua dulce para recuperar un Mar de Aral que tenía 650 kilómetros cúbicos. Es cierto y quizás pensemos que la gratitud, solidaridad, conciencia y esperanza que se ha liberado en la sociedad es poca para cambiar el sistema, es cierto. Pero será suficiente para que crezca la esperanza y eso puede cambiarlo todo. Además, ¿alguien quiere volver al embalse?