Descentrarse


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Ante la sociedad ensimismada de la que hablábamos la semana pasada, precisamos de unas personas, unas instituciones y una sociedad que esté descentrada, es decir, que deje de girar alrededor de su propio eje, que deje de ocupar tiempo en mirarse al ombligo para pasar a escuchar aquello que sucede alrededor.



El ejemplo que nos ha puesto Francisco en su última Encíclica, ‘Fratelli Tutti’ es, precisamente, el del buen samaritano. Él es el único de quienes pasan junto a la persona apaleada al borde del camino que no estaba ensimismada. Las anteriores han pasado de largo, porque tenían cosas más importantes de las que preocuparse, porque recoger a un pobre hombre les complicaba la vida y ellos tenían cuestiones más importantes que hacer.

El centro

Estar solo en nosotros mismos nos impide la apertura al otro, nos cierra a la oportunidad del encuentro que siempre nos puede enriquecer. Por eso precisamos de personas e instituciones que estén descentradas, no en el sentido de “desorientadas, dispersas o desequilibradas” sino de que su centro no esté en ellas mismas.

Las personas e instituciones descentradas se abren al otro y a lo otro, potencian e intentan conversar con quien es diferente, con quien no piensa como ellas, se abren a lo que les puede aportar quien viene de fuera. Por ello acogen y saben ser misericordiosas con quien pasa necesidad junto a ellas.

Padre Ángel reparte alimenos en Mensajeros de la Paz

Esto se debe traducir también en la vida política y en la vida económica. En la vida económica porque tenemos una economía que también está ensimismada, que siempre busca únicamente sus propios objetivos: el crecimiento económico y el bienestar individual que se convierten en los principales referentes de nuestra actuación. No queremos perder el tren del progreso, no queremos dejar de ganar más y más.

La preocupación por los más desfavorecidos es tan solo tangencial, en realidad no nos interesan, tan solo nos preocupa lo nuestro. Normalmente ni los vemos y, cuando lo hacemos, es para pensar que ellos son los responsables de su situación. Es como si pensásemos que el apaleado del camino está así porque él solo se ha metido en líos y que por ello no vale la pena recogerlo porque tenía que haber sido más responsable y prudente.

La economía y las personas necesitamos descentrarnos, poner el centro de nuestra vida no en nosotros mismos, sino en las personas que nos rodean, en el mundo en el que vivimos, en aquellos que están peor. Para ello tenemos que abrir los ojos, los oídos, las manos y cerrar la boca y vaciar nuestra mente que suelen estar llenas de nosotros y de lo nuestro.