.


¿Cuándo es permisible, aceptable o prudente negar la comunión a alguien?


Compartir

El candidato

Una noticia de los últimos días en los Estados Unidos, es que un sacerdote le ha negado la comunión al ex vicepresidente de Obama, Joseph R. Biden. El candidato a la presidencia del partido demócrata acudió a misa en Carolina del Sur. Hasta aquí todos normal, hasta que el párroco de San Antonio en Florencia, Robert Morey, decidió negarle la comunión. La razón, los posicionamientos públicos del candidato del partido demócrata.

El sacerdote se ha quedado tan ancho justificando que “lamentablemente, el domingo pasado –27 de octubre–, tuve que rechazar la Sagrada Comunión al ex vicepresidente Joe Biden”, como recoge la web de la revista America. “La Sagrada Comunión significa que somos uno con Dios, unos con otros y con la iglesia. Nuestras acciones deberían reflejar eso. Cualquier figura pública que aboga por el aborto se coloca fuera de la enseñanza de la Iglesia”, declaró.

Esta vehemencia de algunos pastores frente a determinados políticos se da de vez en cuando en el país de Trump. La Conferencia Episcopal de los Estados Unidos ha remitido a los obispos locales cada vez que se ha llamado a sus puertas para preguntar si un político que defiende el aborto puede comulgar. Tras este sucedo, el obispo de Wilmington (Delaware), a la que pertenece territorialmente Biden, ha recordado que “las enseñanzas de la Iglesia sobre la protección de la vida humana desde el momento de la concepción son claras y bien conocidas”, pero no cita directamente al político ya que, asegura un comunicado de la diócesis, el obispo Malooly “se ha abstenido consistentemente de politizar la eucaristía, y continuará haciéndolo”. Frente a ello, prefiere tratar el tema individualmente con cada político.

El citado artículo de la revista de los jesuitas se remonta a un estudio de 2004 del entonces arzobispo de San Francisco, William J. Levada, que profundizaba sobre la cuestión. Si bien el que fue posteriormente prefecto de Doctrina de la Fe se mostraba contundente con los divorciados vueltos a casar, con el tema de los políticos era más prudente: “Con respecto a los políticos católicos, la práctica prudente para los ministros de la Sagrada Comunión sería referir cualquier pregunta con respecto a su idoneidad para recibir el sacramento al obispo de la diócesis. De lo contrario, la buena reputación de la persona podría verse comprometida innecesariamente”, escribía.

Lo de los divorciados ya fue objeto de atención por la prensa americana en el pasado, cuando durante la campaña para las presidenciales de 2004 el senador John F. Kerry se había vuelto a casar tras el divorcio. Entonces el arzobispo de San Luis, Raymond L. Burke –el mismo que es ahora un cardenal de los ‘dubia’– señaló a la prensa que si Kerry se ponía en la fila de la comunión en una de sus misas solo recibiría de él una bendición. De hecho, el mismo Burke, recuerda America, siendo obispo de La Crosse señaló a tres políticos del congreso de Wisconsin pidiendo expresamente que se les rechazase la comunión por sus posturas abortistas.

Copón con hostias consagradas para repartir la comunión

El código

La práctica de negarle a alguien la comunión es una cuestión delicada que, como tal, aparece contemplada en el Código de Derecho Canónico. Y es que recibir la comunión es un derecho fundamental como fiel (can. 213), por ello  “los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos” (can. 843). En este sentido la comunión tiene una legislación especial propia.

Y en este sentido, el Código alude primeramente a la importancia de la disposición interna para recibir lo que la comunión significa: “Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” (can. 916), señala. Para los comentaristas, en este punto va desde el ayuno de una hora antes de comulgar, la partición en varias misas o cometer un asesinato. También esta toma de conciencia de lo que se hace marca el momento de recibir la Primera Comunión o en casos de determinadas enfermedades –como las mentales–.

Más allá del fuero interno, el canon 915 habla de la denegación de la sagrada Eucaristía: “No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave”. Este último supuesto sería el aplicado por los curas estadounidenses con sus políticos. En el fondo, la aplicación que los canonistas han hecho del tema es a quienes viven en pareja o contraen matrimonio solo civilmente y los divorciados que se vuelven a casar civilmente como si los pecados graves y manifiestos solo se circunscribiesen al dormitorio –aunque también hay una notificación sobre los masones y las veces que se puede recibir la comunión en el mismo día–. Esta doctrina extendida y amplificada durante el pontificado de Juan Pablo II encontró muchos matices tras el sínodo de la familia.

Aunque el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos no ha ido más allá de estos casos, el obispo de Springfield (Illinois), Thomas Paprocki, sí que ha decretado que se prohíba la comunión a los miembros católicos del Senado estatal y de la Cámara de representantes que votaron de forma positiva a la nueva ley del aborto aprobada el pasado 28 de mayo. Esta forma de ver la cooperación necesaria de los políticos para que se realicen abortos es lo que algunos prelados consideran la obstinación en un pecado grave y manifiesto. Por otro lado, muy claro no estará si hay obispos –como el cardenal Timothy Michael Dolan– que no se han sonrojado al decir que le habrían dado la comunión. ¿Cuestión de geografías diocesanas?