No sé si a todos les sucederá de la misma forma, pero hay momentos en la vida en que puedes contemplar y percibir, casi a nivel corporal, el transcurrir del tiempo y cómo se ha ido dando tu propia …
No sabría explicar bien cómo sucede, pero esas palabras llegan como una ráfaga, como un fuego que atraviesa la pieza donde estamos, y algo de la esperanza vuelve a acomodarse dentro de mí. Tengo demasiadas preguntas y muy poco café.
Muchos continúan buscando su propósito en algo externo: en tener más, verse mejor, conseguir una posición o cumplir una meta. Incluso quienes buscan algo más noble, suelen hacerlo desde el hacer y no desde el alma.
Como nosotros mismos, nuestra Iglesia está atravesada por luces y sombras. La confesamos santa y, al mismo tiempo, necesitada permanentemente de purificación. Desde dentro, con fidelidad y profundo cariño, he querido sacarle una especie de selfie a su estado actual: mirar las semillas nuevas que están brotando y también algunas malezas antiguas que todavía dificultan su crecimiento.
Hace poco, en un congreso de educación, invité a los asistentes a escribir su nombre con la mano que usan habitualmente y luego repetir el ejercicio con la otra. La diferencia fue evidente: aparecieron torpeza y frustración. Ese ejercicio representa una convicción que se ha hecho cada vez más profunda después de treinta años dedicada a la educación: también educamos con dos manos, pero hemos entrenado mucho más una que la otra.
Cuando el agua amenaza con entrar en nuestro hogar espiritual y la inundación de angustia ya no nos permite pensar con claridad, ha llegado el momento de pedir ayuda y mostrar nuestra vulnerabilidad ante alguien capaz de auxiliarnos.
Recordar la muerte no significa vivir obsesionados con ella. Significa permitir que su certeza ordene nuestras prioridades y ponga cada preocupación en su verdadera dimensión.
Hay trigo y cizaña dentro de nosotros y en el mundo, pero Dios permanece a nuestro lado hasta el final y puede hacer brotar amor, aprendizaje y sentido incluso de aquello que todavía no alcanzamos a comprender.
Hay una pregunta que quizás resume todas las anteriores: cuando pone la cabeza en la almohada, ¿qué escucha dentro de sí? ¿Silencio? ¿Orgullo? ¿Miedo? ¿Gratitud? ¿Ruidos de batalla? ¿La voz de Dios? ¿La propia voz repitiendo que tuvo razón?
Tengo esperanza en Venezuela. Creo que se levantará, porque he visto la fuerza de su gente en muchos países, también en Chile. Un pueblo que canta, trabaja, reza, cuida y vuelve a empezar no está derrotado, aunque esté herido.
Son raros los seres humanos; no lo sabré yo, que los he visto llorar, prometer, olvidar, volver, arrodillarse y salir de nuevo a la vida llevando dentro una luz que a veces olvidan.
Francisco fue más desafiante, más disruptivo, más provocador (...). León, en cambio, parece hacer honor a su nombre. Cuida a sus fieles con paciencia y dedicación, y solo ruge cuando es necesario.
La polarización se alimenta de personas que han dejado de viajar hacia la experiencia del otro. Solo podremos sanar esa fractura si aprendemos nuevamente a escuchar, a contemplar y a maravillarnos.
Nos cuesta escuchar sin defendernos, dialogar sin atacar, amar sin controlar y mirar al otro sin convertirlo en amenaza o instrumento. El miedo, el ego y la rabia van levantando murallas donde antes existían puentes.
Basta mirar el estado emocional de tantas personas, el agotamiento colectivo, la violencia cotidiana, la destrucción ambiental y la soledad creciente para percibir que algo profundo se ha desordenado dentro del organismo humano.
Ciertos sectores religiosos están retrocediendo hacia una lógica farisaica donde lo importante vuelve a ser vigilar conductas ajenas y clasificar rápidamente quién está “en peligro espiritual” y quién pertenece al grupo de los “correctos”.
Tal vez no cambie el mundo de un día para otro. Pero cambia algo más cercano y, al mismo tiempo, más decisivo: la manera en que habitamos el mundo y nos habitamos unos a otros.
Como padre, uno sabe que se equivocó, que faltó, que hizo lo mejor que pudo desde su propia fragilidad y sus heridas. Y, sin embargo, en momentos así, aparece una certeza serena: Dios ha ido llenando los vacíos, completando lo que faltaba, sosteniendo lo que no alcanzamos a dar.
Nuestra fe y la resurrección del Señor nos muestran que el mal no tiene la última palabra. Puede ser transformado. No porque el dolor sea bueno, sino porque el ser humano puede responder de manera creadora frente a él.
Cuando me encontraron, sentí curiosidad… y luego inquietud. Porque, desde ese momento, quedé en manos de ustedes. Y ahí comenzó mi tensión: puedo iluminar o destruir, sanar o arrasar. Vivo, desde entonces, suspendida entre dos destinos.
Si la pasión y muerte del Señor fueran hoy, probablemente, la espera de su resurrección provocaría la muerte de sus seguidores por angustia, ansiedad y desesperación, porque tres días sin respuesta en los tiempos actuales son prácticamente inviables.
Uno de los entornos más temidos por los seres humanos son los míticos pantanos de arenas movedizas donde, supuestamente, al caer en ellos, el cuerpo comienza a ser succionado por una fuerza misteriosa que le impide avanzar y evitar la muerte por ahogo. La desesperación y la impotencia entierran aún más a las víctimas y, en cosa de minutos, ya no se divisan más.
Salgamos de las tumbas donde nos hemos metido, amordazados por la necesidad de rendir, de tener, de aparentar. Cortemos las vendas que nos tapan los ojos a nuestra verdadera esencia espiritual y amorosa, y dejémonos “resucitar” por Dios.
Tres hermanos quedaron huérfanos después de que un misil matara a sus padres. El mayor se convirtió en terrorista; el segundo decidió olvidar su pasado y se dedicó exclusivamente a ganar dinero; el tercero se transformó en voluntario por la paz.
El amor no desaparece. Lo que cambia es la forma en que se hace presente. La muerte transforma la forma del vínculo, pero no su energía. El duelo no consiste en dejar de amar, sino en aprender a amar de otra manera.
Los cuerpos flacos de mis hijos me torturan el alma, pero lo que más me afecta es su mirar. Es como si el polvo de la guerra se le hubiese pegado a la córnea, borrándoles el brillo y la esperanza.
La sombra, cuando no es reconocida, distorsiona nuestra identidad y nos hace dudar de nuestra dignidad. En momentos de incertidumbre, soledad o adversidad, estas máscaras pueden tomar el control.
Al terminar estas lecturas sentí que todas, desde lugares muy distintos, decían algo convergente: el modo en que estamos viviendo nos está haciendo daño porque va contra nuestra esencia más profunda. Contra ese diseño amoroso que nos quiere vivos, conscientes, encarnados.
Sí se puede vivir con salud del cuerpo y del alma, y soltar los miedos y alertas que nos han mantenido amarrados a una mentira. Todos y cada uno somos luz y sal de la tierra llamados a dar sabor e iluminar la existencia propia y la de los demás.
Al reconocernos vulnerables, nos abrimos a la gratuidad. Al recibir consuelo, experimentamos que no somos una cifra, sino seres dignos de ser amados por el solo hecho de existir. Al consolar, descubrimos que nuestra acción importa y que el dolor del prójimo es también el nuestro
El infierno no es un lugar, sino un estado espiritual de quien es incapaz de dar y recibir amor en su vida y permanece así porque su corazón se ha vuelto duro, desconfiado, egoísta, soberbio y paranoico.
Así como necesitamos aprender a escuchar los susurros del cuerpo (del que estamos muchas veces profundamente desconectados), también estamos llamados a revisar cotidianamente el alma. No desde la obsesión ni el miedo, sino desde el cuidado amoroso de quien sabe que es vulnerable.
Por mucho tiempo me sentí un bicho raro, una especie de isla sin continente. La sensación de orfandad fue real, honda. La ausencia de un nido al cual referirme, un lugar simbólico donde cobijarme, me acompañó durante años.
Me tranquilizó escucharle a Jesús decir que jamás estaría de acuerdo con el uso de la violencia para erradicar un mal. Es pan para hoy y hambre para mañana porque siembra la venganza y la revancha inevitable apenas el caído se vuelva a levantar.
La serpiente no contradice a la paloma. La sostiene. La vuelve encarnada. Sin astucia, la mansedumbre se diluye; sin mansedumbre, la astucia se vuelve cálculo frío.
El Señor no solo viene el 24 de diciembre, sino que ha caminado con y entre nosotros durante todo 2025, aunque sea precisamente en estas fechas cuando más nos cuesta reconocerlo.
Ser inclusivos es apostar por la diversidad como riqueza en un mundo que la teme y cae con facilidad en polos difíciles de conciliar. La inclusión es un imperativo cristiano que va mucho más allá de lo educativo, psicológico o social; es la única forma de vivir que asegura la fraternidad y la humanidad. Nadie puede quedarse fuera de esta responsabilidad, en especial a los que les toca más de cerca, al saberse bendecidos por una tremenda oportunidad
Preguntarnos con honestidad si Dios está orgulloso o no de nosotros también es una interpelación radical. Ya no se trata de ser bueno o malo, sino de cuánta dicha le podemos ofrecer con nuestro ser y hacer.
Volvamos a ella sin idealizarla, como somos: con cansancios, búsquedas, preguntas, heridas y anhelos. Nunca ha sido la madre de los impecables, sino la compañera de los que están aprendiendo a vivir con un corazón disponible.
En tiempos de Jesús, eran la gente más frágil y desprotegida. Vivían al margen de las estructuras de poder religioso y político, pero mantenían una fe sencilla y una confianza radical en Dios.
Estoy segura de que el Señor, en sus encuentros, ubicaba a su Madre y a las mujeres en un lugar semejante al de sus discípulos, sin hacer distinción alguna.
Miremos con atención a las tres “personas” de nuestra Trinidad y vayamos en rescate de aquellas dimensiones que están en la oscuridad. Somos mente, cuerpo y espíritu en un solo baile existencial.
De ahí la importancia de reconocer la realidad y vivir el duelo de dejar de esperar lo que no llegará. Es una muerte simbólica: bajar los brazos porque el abrazo no vendrá. Cambian las prioridades, los pensamientos y se infarta un pedazo del corazón.
Quiero ser instrumento para ofrecer al Señor no solo en la eucaristía, sino también con todos mis gestos, palabras, escritos, obras, pensamientos y en cada respiración, a pesar de mis sombras, temores y dolores.
No soy psiquiatra, ni pretendo explicar la compleja maraña de sentimientos, pensamientos e historias que pueden conducir a una decisión así. Pero soy madre, y no pude evitar ponerme en los zapatos de sus padres… y en el corazón de Dios.
Los vínculos sanos recargan más que cualquier descanso, porque nos devuelven pertenencia y esperanza. Acompañar, servir o hacer voluntariado nos revitaliza; el amor compartido genera energía.
Nuestra cultura nos empuja al círculo vicioso del estrés y la recompensa inmediata: trabajamos bajo presión, buscamos alivios rápidos en pantallas, comida, compras o distracciones, y terminamos todavía más cansados.
¿Es que añorar una vida más honda, más lenta, más justa, fraternal y bonita es solo una rebeldía espiritual atemporal e inútil? ¿Para que nos creó Dios si no cumplimos con todas las exigencias del prototipo actual?
Si somos sus discípulos, debemos testimoniar que la vida se juega en el encuentro. Jesús no eligió trincheras: se sentó a la mesa con todos y devolvió dignidad a quienes eran descartados. Hagamos resistencia frente a la simplificación.