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Francisco en la misa del Domund: “El secreto de la misión es que anunciar es renunciar”

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Basílica de San Pedro. Domingo Mundial de las Misiones. Epicentro del Mes Misionero Extraordinario. Los rostros que representan la misión en todos los continentes se citan esta mañana en un majestuoso escenario. El papa Francisco, en su homilía, glosando la lectura de Isaías, hará una catequesis sencilla, pero profunda, sobre el significado de esta jornada del Domund en torno a tres palabras: un sustantivo, un verbo y un adjetivo.

El sustantivo es la montaña, ese lugar, señala Francisco donde, a la luz del Evangelio, “parece que es el lugar en donde a Dios le encanta dar una cita a toda la humanidad, desde el Sinái, el Carmelo, el Tabor, el Monte de los Olivos o el de las Bienaventuranzas. Pero ¿qué nos dice la montaña?, se pregunta el Papa. “Que estamos llamados a acercarnos a Dios y a los demás: a Dios, el Altísimo, en silencio, en oración, alejándonos de los rumores y chismes que contaminan. Pero también a otros, que desde la montaña se pueden ver desde otra perspectiva”.

No nacimos para el suelo

“La montaña –prosigue Bergoglio en su homilía- nos recuerda que los hermanos y hermanas no deben ser seleccionados, sino abrazados, con una mirada y, sobre todo, con vida”, por lo que, añadió, “en el corazón de este mes misionero, preguntémonos: ¿qué me importa en la vida?”.

El verbo que acompaña al sustantivo montaña es “subida”, desveló Francisco. “No nacimos para permanecer en el suelo, para estar satisfechos con cosas planas. Nacimos para alcanzar las alturas, para encontrarnos con Dios y los hermanos. Pero para esto debemos ascender: debemos dejar una vida horizontal, luchar contra la gravedad del egoísmo, hacer un éxodo desde el propio ego”.

Una vida de servicio

Para ello, y siguiendo con el paralelismo de la escalada, el Papa advirtió de que uno no puede escalar bien “si está cargado de cosas. Así en la vida, uno debe aligerar lo que no se necesita. También es el secreto de la misión: para irse hay que irse, para anunciar hay que renunciar”.

El anuncio creíble no está hecho de buenas palabras, sino de una buena vida: una vida de servicio, que sabe cómo renunciar a tantas cosas materiales que hacen que el corazón sea más pequeño, que las personas sean indiferentes y se acerquen a sí mismas”, señaló para, acto seguido, preguntar: “¿Sé cómo renunciar al pesado e inútil equipaje de la mundanalidad para escalar la montaña del Señor?”.

Finalmente, el Pontífice desveló el adverbio que ha de acompañar a las otras dos palabras: todos. “Es la que resuena hoy como la más fuerte”, dijo. “El Señor sabe que somos tercos al repetir ‘mi’ y ‘nuestro’: mis cosas, nuestra gente, nuestra comunidad… y nunca se cansa de repetir ‘todos’. Todo, porque nadie está excluido de su corazón, de su salvación; todo, para que nuestro corazón vaya más allá de las costumbres humanas, más allá de los particularismos basados ​​en el egoísmo que a Dios no le gusta. Todos, porque todos son un tesoro precioso y el significado de la vida es dar este tesoro a los demás. Aquí está la misión: escalar la montaña para rezar por todos y bajar de la montaña para ser un regalo para todos”.

La Iglesia como discípula 

Pero, ¿qué instrucciones nos da el Señor para ir a todos?, se preguntó. “Una, muy simple: hacer discípulos. Pero cuidado: sus discípulos, no los nuestros. La Iglesia anuncia bien solo si ella vive como discípula”, por lo que hizo hincapié en que se trata de “no conquistar, complacer, hacer prosélitos, sino presenciar, poniéndose en el mismo nivel, discípulos con los discípulos, ofreciendo con amor ese amor que hemos recibido”.

“Esta es la misión: dar aire puro, a gran altitud, a quienes viven inmersos en la contaminación del mundo; traer a la tierra esa paz que nos llena de alegría cada vez que nos encontramos con Jesús en la montaña, en oración; mostrar con vida e incluso con palabras que Dios ama a todos y nunca se cansa de nadie”, añadió Francisco.

Por último recordó que “cada uno de vosotros es una misión en esta tierra” y que estamos en ella “para presenciar, bendecir, consolar, levantar, transmitir la belleza de Jesús”, por lo que animó ir con amor hacia todos “porque tu vida es una misión preciosa: no es una carga que sufrir, sino un regalo que ofrecer”. Finalmente, concluyó con una exhortación: “Coraje, sin miedo: ¡vamos a todos!”.

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