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La religión en Juego de Tronos

  • ¿Qué papel ha tenido la espiritualidad en la obra nacida de George R. R. Martin?
  • ¿El Gorrión Supremo del Gran Septo de Baelor no es acaso un nuevo Savonarola?
  • ¿Cómo expía sus culpas Melisandre, capaz de lo mejor y lo peor como sacerdotisa de la Luz?
  • Ojo… ¡CONTIENE SPOILERS!

Arya Stark, Juego de Tronos

Juego de Tronos, una de las series que ha marcado una época durante la última década, acaba de emitir su último capítulo, estando sus seguidores aún bajo un evidente impacto, como se refleja en el estado de ebullición en las redes sociales. Así, llegados a este momento, en el que emergen el análisis y la mirada retrospectiva, nos preguntamos: ¿qué papel ha tenido la religión en la obra nacida de George R. R. Martin?

Evidentemente, puesto que hablamos de un mundo fantasioso (aunque con claras resonancias medievales), aquí no hay señales de las religiones de nuestro mundo. No, en Juego de Tronos no hay cristianismo, islam, judaísmo, budismo o hinduísmo. Pero, siendo cierto esto, ¿acaso no hay ecos de la esencia trascendente que habita en la mayoría de los seres humanos?

Acabó quemado por la Inquisición

Así, ¿qué decir del Gran Septo de Baelor, encabezado por un Gorrión Supremo que no es descabellado asociar al legendario Savonarola? Acudamos al siglo XV, a la Florencia de los Médicis. Allí nos encontramos con un apasionado dominico que llenaba las plazas para, con sus enfervorizadas predicaciones, cargar con todas sus fuerzas contra el lujo, la usura y la corrupción de los poderosos. También en la Iglesia, pues, ni más ni menos, que fue azote del papa Borgia, el valenciano Alejandro VI. Algo que le acabó llevando a la excomunión, a la condena por herejía y, finalmente, a arder en la hoguera a manos de la Inquisición.

¿No nos suena eso a lo que le ocurrió al Gorrión Supremo, que encabezó un movimiento espiritual tan intransigente contra la falsedad que, ni más ni menos, llegó a encarcelar y a juzgar a algunos de los principales miembros de la familia Lannister, en la que reposaba el Trono de Hierro? ¿No se hizo deambular desnuda por las calles de Desembarco del Rey a la madre del rey, Cersei, para que recibiera sobre su piel el castigo de la turba enfurecida?

Bajo el fuego valyrio

¿Y cómo acabó todo…? Con el triunfo de la venganza (a través de un método tan expeditivo como el fuego valyrio arrasando todo) y la aniquilación desde la raíz de esa comunidad religiosa, aunque, al final, la propia Cersei también pagara un precio por ello: el suicidio de su hijo más querido, Thommen Baratheon, el Rey, quien no pudo soportar la muerte de su mujer, Margaery Tyrell.

Crimen y castigo, muerte y expiación, a uno y otro lado… Lo que, de algún modo, nos lleva a Melisandre, sacerdotisa del R’hllor; una especie de bruja o chamana que sirve a la Luz y lucha con todas sus fuerzas contra la oscuridad de la Noche, que cuenta con muchos representantes, pero cuyo signo más visible son los caminantes blancos, que amenazan con convertir todo el mundo conocido en el Reino de la Muerte.

Sacrificio y redención

En las ocho temporadas de Juego de Tronos, Melisandre aparece y desaparece en los momentos culminantes, ya sea para hacer que Stannis Baratheon haga arder a su propia hija en la hoguera (sacrificada a la divinidad) o, ni más ni menos, que para devolver a la vida a Jon Nieve. Pero, sobre todo, para llegar a la etapa final y ser clave en el hito central de toda la trama: que Arya Stark cumpla su profecía (“not today”) y acabe con el Rey de la Noche. Tras ello, misión cumplida, Melisandre avanza entre la masa del horror y, sencillamente, muere. Sacrificio y redención.

Y, hablando de Arya Stark, ¿cómo olvidar su paso por la Casa de Blanco y Negro, en Braavos, donde sigue al maestro Jaqen H’ghar en un templo dominado por la pérdida de la identidad propia para asumir las de otros e infringir con ellas castigos a diestro y siniestro? Allí llega a su momento de máxima expansión en cuanto a su sed de venganza, nacida de un odio absoluto tras la ejecución de su padre, Ned Stark, modelo de bondad, autenticidad y lealtad en un contexto político marcado por la traición, la mentira y el horror.

A lomos del caballo blanco…

Simbólicamente, en el penúltimo capítulo, nos encontramos con una nueva Arya… Consciente ya de las consecuencias del odio y la ceguera por el poder, con Desembarco del Rey quemado por entero (con su millón de habitantes incluido) por una Daenerys Targaryen que ha traicionado su íntimo anhelo de ser una reina que “liberara de las esclavitudes del poder” a los hombres y mujeres de su tiempo, se sube a lomos de un caballo blanco (símbolo de la paz y la inocencia) y abandona el improvisado templo erigido al dios de la Nada.

Se puede decir, sin temor a equivocarse, que aquí, al final del camino, estamos ante una Arya creyente. ¿En qué religión? En la de la vida.

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