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Un repaso a la lección del Concilio Vaticano II sobre educación

50 años después de ‘Gravissimum educationis’

portada Pliego VN 50 años de Gravissium educationis 2963 noviembre 2015

JOSÉ LUIS CORZO, director de la revista Educar(NOS) | No está de moda repasar lecciones al cabo de 50 años, ni siquiera del Magisterio solemne de la Iglesia, y ver si hicimos caso o no. De moda está el futuro y eso de programar y proyectar, como hacen los políticos y quienes los copian. Para más inri, el Vaticano II –ya es un lugar común– tuvo una gloria corta, arrollado por una deriva conservadora que casi lo arrumba en el desván. Una pena, porque aquel momento de la Iglesia tan inesperado fue tan hermoso como el breve relámpago de Juan XXIII, o la reciente renuncia de Benedicto XVI y el prodigioso papado de Francisco. ¿Qué enseñó el Concilio sobre educación?

La Iglesia sabía mucho de ella, antes y después de que la primera escuela pública y gratuita de Europa la fundase san José de Calasanz en la Roma de 1597 y de que muchas otras mujeres y hombres –como don Bosco en el XIX o don Milani en el XX– renovaran las aulas. Por eso debería haber sido un tema fácil en un concilio (de 1962 a 1965) con más de dos mil obispos de todo el mundo.

Pero no lo fue en absoluto, y eso lo enriqueció; las discrepancias eran muchas y la breve declaración final –ni constitución ni decreto– a punto estuvo de no salir, tras ocho borradores previos. ¿Por qué? Porque…

  • La cuestión escolar era muy distinta en unos lugares y otros. No tenía sentido recomendar escuelas católicas donde ni las había ni las querían, como en países laicos (Francia, México…), o donde los estados no la financiaban –la misma Italia u otros países pobres– y solo serían escuelas para ricos.
  • La teoría teológica para defender la escuela de los cristianos estaba muy dividida: en un extremo, quienes la consideraban ajena a la Iglesia si los estados asumen la enseñanza obligatoria, y preferían dar catequesis en el propio campo parroquial.

En el otro extremo, algunos pensaban que la única educación integral era la católica (o religiosa), a la que accedían fácilmente las mayorías católicas de países como España.

De ahí que el punto crucial fuera de auténtica Teología de la educación: ¿por qué se interesa la Iglesia por lo educativo? ¿Acaso por enrocarse con sus fieles en una supuesta sociedad cristiana? Eso valía para la cristiandad de Constantino. ¿O era para hacer proselitismo en tiempo de increencia y protegerse de los ateos? Eso no respetaba la secularidad y autonomía de lo mundano, como enseñaba el propio Concilio. ¿O era la obra de caridad de enseñar al que no sabe? (los pobres, en definitiva). Eso parecía poco, puro asistencialismo subsidiario y paternalista. Había que estudiar muy bien el Evangelio para responder.

Más aún, había que observar y definir bien la educación actual y la misión de las escuelas; y el Concilio fue muy valiente: entendió por educación la maduración de la persona, ¡y de todas las personas del universo!, en sus respectivas culturas y pueblos. No la confundió, pues, con transmitir ideologías que uno da y otro recibe o se le imponen; a madurar solo se ayuda, pues es cosa de relaciones libres.

El Concilio se aferró a esa educación (humana) sin elevarse a ninguna otra más integral; Cristo ya se abajó y asumió íntegro todo lo humano de cualquier raza y religión; la gran aportación del cristianismo es humanizar al hombre. Cada pueblo (y cada familia) –con o sin escuela– tiene su cultura y su propia madurez (como la Iglesia, Pueblo de Dios).

Pliego completo publicado en el nº 2.963 de Vida Nueva. Del 7 al 13 de noviembre de 2015

 

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