Volver sobre las ideas

Del Concilio Vaticano II y de esa época se extrañan dos cosas. La primera, que no se haya concretado el desarrollo de muchas propuestas de esa asamblea universal. La segunda, el agitar de ideas, la controversia, los aires intelectuales, las rebeldías por buenas causas, pero sobre todo lo primero, es decir, el gusto por las ideas. Afanosos, pero quizás sin mucho norte,  no poco miembros de la Iglesia salieron del tiempo conciliar a concretar mil y una iniciativas de todo orden, de las cuales hoy se podría hacer un minucioso examen para ver cuántas sobrevivieron. A la par de este ventarrón de “cosas concretas”, las ideas, el pensamiento, los intelectuales, los escritores, quizás fueron perdiendo preponderancia, y mucha, en el contexto del pueblo de Dios.

En el medio eclesial se percibe un cansancio en el incesante trasegar de las cosas concretas, de las acciones que se ven. Dicho de otra manera, se respira en el ambiente un aire de que no basta con seguir creando obras y más obras, aunque todas o la mayoría de ellas sean justificadas y necesarias, sino que puede estar haciendo falta algo más de fondo. Es como si en la Iglesia estuviéramos escuchando una vez más a Jesús que nos amonesta por preferir el milagro, la obra visible, a la escucha de la palabra, a la búsqueda del pan de la vida y del agua que sí quita la sed. El cansancio de la solución en la materialidad puede tener una explicación terriblemente simple y sencilla: no obstante mil y una obras, no vemos crecer en igual proporción el amor a Dios, la conversión de los corazones, la renovación del cuerpo eclesial. Lo que sí tenemos a ojos vista es una multitud que se rapa el pan de harina, que paga por milagros y que le permite a Dios entrar solo a la boca, pero no al corazón.

Quizás hay que volver a barajar. Fue lo que hizo el concilio.  Y sería óptimo que la primera carta que se destapara sobre la mesa de los apóstoles fuera la de las ideas. Una carta que invite a reposar un poco, a pensar en profundidad, a escribir todavía más profundo. Una provocación para realizar verdaderos ejercicios de pensamiento y análisis, especialmente en los niveles directivos del cuerpo eclesial. Esto no será nada fácil cuando los escritorios de los clérigos, los obispos, los y las religiosas, los dirigentes de los movimientos eclesiales, están atiborrados de documentos organizativos, de pasajes de avión, de reuniones disciplinarias, de balances económicos, pero de nuevas ideas poco se ve.

Cuando una comunidad como lo es la Iglesia se sienta largamente a pensar sobre su ser y sobre su misión, puede ganar en todo sentido. Sin embargo, la tarea hay que hacerla bien. Es decir, tiene que ser un itinerario a lo largo del cual haya estudio, lectura amplia de autores clásicos y sobre todo actuales, diálogo sincero y a fondo que haga emerger las mejores ideas y propuestas. Un camino con un alto espíritu crítico que cierre definitivamente el andar a viejas y obsoletas ideas que nos anclaron en los anaqueles polvorientos de la historia. Un ejercicio a cuatro y más manos para que se pueda recoger el pensamiento actual y logremos, no tanto sospechar, sino encontrar semillas y frutos que también son parte de la historia que Dios va tejiendo en cada época.

Y un ejercicio, el de volver sobre las ideas importantes, que ojalá sea realizado por muchos. En los dos últimos pontificados la Iglesia se ha recostado olímpicamente sobre el trabajo intelectual de los papas no italianos. Lo justo sería toda una comunidad de personas que en armonía con el magisterio petrino cultiva nuevas ideas, las agita, las propone, las expone y finalmente las pasa al taller de los pastoralistas para que modelen los nuevos cristianos. En algún pasaje del Evangelio Jesús pide reposo para sus discípulos porque ni tiempo para comer quedaba. Rahner alcanzó a vislumbrar en el cristiano del siglo veintiuno un místico o quizás su propia desaparición. Sí que nos hacen falta ideas claras y sobre todo, distintas. VNC

Rafael de Brigard Merchán, Pbro

Actualizado
25/08/2012
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