Victoria López: “La Madre Bonifacia es una bendición”

Sierva de San José, publica Once miradas sobre una mujer trabajadora. La Madre Bonifacia

JOSÉ LUIS PALACIOS | A Victoria López le hubiera gustado irse a las misiones, pero “nunca se me ha pedido”. También quería convertirse en médica, aunque acabó de profesora. Así que estudió Filología Románica, dio clases y ocupó diversos puestos de responsabilidad dentro de las Siervas de San José. Su penúltimo servicio ha sido editar Once miradas sobre una mujer trabajadora. Bonifacia Rodríguez.

Nacida en Teilán (Lugo), en 1936, se crió en A Coruña, en el seno de una familia cuyos padres inculcaron a sus seis hijas el tesoro de la fe transmitida con sencillez y cariño. La quinta de las seis hermanas decidió postularse como religiosa. En 1953, a punto de cumplir los 17 años, ingresó en las Siervas de San José. “La mía fue una vocación muy temprana, descubrí la llamada fuerte en unos ejercicios espirituales del colegio. Fue definitivo, no tenía ninguna duda”, rememora esta espigada mujer que, bajo su aparente fragilidad, esconde una llama que no se apaga.

En su segundo sexenio como miembro del Consejo General de las Josefinas, fue una de las personas indicadas para responsabilizarse de la causa de canonización de la Madre Bonifacia Rodríguez. Corría el año 1987 y la figura de la fundadora estaba en cierto modo relegada.

La verdadera historia de la fundación de las Siervas de San José en Salamanca había quedado sepultada hasta bien entrado el siglo XX. En concreto, hasta que en 1936 se produjo el descubrimiento de una caja con antiguos documentos: “Aquello fue como el germinar de un grano echado en el surco, como esos 30 años de Jesús antes de comenzar su misión, un tiempo que inspiró e interesó mucho a la Madre Bonifacia”.

La “sencilla cordonera de Salamanca”, como se conocía a la Madre Bonifacia, bajo la dirección espiritual del jesuita Francisco Buntinyá, apostó por “preservar del peligro de perderse a las pobres que carecían de trabajo” en medio de las embrutecedoras condiciones impuestas por la Revolución Industrial, además de impulsar “el encuentro con Dios en el trabajo”.

Todo ello en un momento en el que abundaban las órdenes en las que la dote, solo al alcance de las clases prósperas, era llave imprescindible para acceder al noviciado. Luchó por que las mujeres pobres pudieran encontrar un trabajo digno con que alcanzar su autonomía y descubrir toda la hondura de la fe en la vida cotidiana y en las tareas más humildes. Hoy día es “una luz para todo el mundo que trabaja o busca trabajo”.

Victoria se siente una privilegiada por haber podido descubrir el gran testimonio de esta “mujer bondadosa, siempre serena y en paz, a pesar de las incomprensiones y reveses de sus contemporáneos, y tan capaz de mantener el timón contra viento y marea” para llevar a cabo el proyecto de su vida, desde la segunda fila, sin hacer ruido, pero con toda “la firmeza de quien tiene confianza en Dios”.

Esta sierva de San José rejuvenece con la contenida agitación que le produce pensar en la inminente ceremonia de canonización, que será “austera y solidaria”. La religiosa gallega, entre traviesa y divertida, se despide susurrando un pequeño detalle, que se antoja a la altura de la peripecia vital y espiritual de la propia Madre Bonifacia: cuando el próximo 23 de octubre suba a los altares, “una mujer del pueblo será la primera santa de la culta y religiosa Salamanca”.

EN ESENCIA:

Una película: Casablanca.

Un libro: El principito y Un mundo nuevo ahora.

Una canción: El vagabundo, sobre todo cantada por Alfredo Kraus.

Un rincón en el mundo: la misión de Chiriaco, Perú.

Un deseo frustrado: no reconozco ninguno, pues no haber sido misionera no lo vivo como frustración, sino que creo que Dios y la vida han querido llevarme por otro camino.

Un recuerdo de la infancia: mis padres.

Una aspiración: acoger en plenitud el don de Dios.

Una persona: mi amiga Finita Alonso.

La última alegría: la próxima canonización de Bonifacia Rodríguez.

La mayor tristeza: las guerras y el hambre en el mundo.

Un sueño: que todas las personas nos sintamos hermanas.

Un regalo: la vida.

Me gustaría que me recordaran por… la bondad.

En el nº 2.769 de Vida Nueva.

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Actualizado
23/09/2011
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