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Flor María Ramírez
Licenciada en Relaciones Internacionales por el Colegio de México

Vivir con la violencia


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Venimos observando en los últimos meses, un enorme tributo de sangre de miles de víctimas, la triste masacre que acabó con la vida de niños, niñas y mujeres de la familia LeBarón la semana pasada contribuyen a las cifras mortales sin precedentes de homicidios en México. Nos hemos acostumbrado a ver “correr sangre” quizá con morbo, quizá como una reacción propia a la amenaza que sentimos. ¿Qué explica hoy nuestra actitud hacia la violencia?

Hay quienes desde la historia argumentan que la violencia ha sido siempre una forma de ejercer el poder en América Latina, incluso hay razones históricas. Sin duda, una primera explicación de cómo hemos llegado a no asombrarnos por ver sangre, tiene que ver con la comunicación de la violencia. Desde los años 90’s hemos ido con la velocidad de los medios de comunicación, particularmente digitales, que nos transmiten casi en tiempo real lo que está pasando.

La creación del espacio digital y de las redes sociales vuelve viral la tragedia. Las imágenes de agresión, violencia y muerte son bastante frecuentes porque los medios de comunicación se han vuelto también piezas clave del suceso de la violencia. Desafortunadamente, han aportado entre sus filas de profesionales a muchas víctimas. Recordemos que México es ya uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, la Organización de Estados Americanos  (OEA) ha indicado que los actos de violencia contra los periodistas vulneran el derecho de las víctimas a expresar y difundir sus ideas, opiniones e información y además violan los derechos de las personas y las sociedades a buscar y recibir información.

El dolor de uno es el dolor de todos

Desde el ámbito político, la raíz es crónica. La debilidad y fragilidad de los Estados salpicados y carcomidos por la impunidad y la economía. Los negocios privados, terminan llegando a la esfera de lo público y a la sombra del financiamiento de muchos actos ilícitos. No es casualidad que un largo desfile de acusaciones de corrupción, escándalos y casos afecten al más alto nivel de la política en México y toda América Latina. Hay un descalabro de la credibilidad y la legitimidad de la clase política. Hay un cansancio crónico de la sociedad que reclama nuevas, mejores y efectivas estrategias contra la violencia. Una convicción gana terreno, la violencia se nos ha salido de las manos y ni el mismo gobierno o ejército podrá ponerle fin.

Un factor mucho más profundo tiene que ver con la trivialización de la dignidad. Si hemos perdido de vista esta dignidad de persona, hemos perdido la capacidad de compadecernos del otro, quizás por eso podemos ser indiferentes con el que sufre. Por estas y otras causas, hoy la persona, sólo cree en ella misma y en lo que su pensamiento le pueda proporcionar, no mira más allá de la realidad visible y tangible, y mucho menos puede observar y vivir en pleno el misterio que es la misma persona y mucho menos vivir el misterio de Dios que se manifiesta y se revela, para que el mismo hombre tenga ese encuentro y ese conocimiento y de esta forma dé respuesta al hermano que la está pasando mal. Desde nuestra concepción cristiana la persona goza de la imagen y semejanza de Dios mismo (Gn. 1, 26-27). El hombre posee la capacidad de ver al otro como un igual, como un hermano del mismo Padre Creador, con la misma dignidad. Desde esta perspectiva, el dolor de uno, es el dolor de todos.

La violencia que hoy nos afecta y crece es sin duda un reflejo del valor que como sociedad damos a la vida, a la seguridad, a la dignidad y a la libertad de la persona. Al tolerar la violencia, vulneramos profundamente nuestros lazos de confianza social, nuestros propios derechos y nuestra esperanza de vivir de acuerdo a los principios que inspiran nuestra fe cristiana. Más allá de nuestro entorno de Iglesia, católicos y no católicos estamos llamados a ver con un nuevo lente humanitario el dolor humano que nos ocasiona la violencia.