¿Ha llegado el Concilio Vaticano II a la basílica de san Pedro?


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El decreto

Este viernes, Gerard O’Connell publicaba en la revista America un documento interno de la sección primera –la de asuntos generales– de la Secretaría de Estado en el que reordenaba algunos aspectos celebrativos de la basílica de san Pedro en el Vaticano. Cinco sencillas disposiciones que muchos han interpretado en clave más teológica que pandémica.



Desde el próximo 22 de marzo hay algunas cosas que cambiarán respecto a las misas que algunos de los sacerdotes de la Curia Romana celebran en los diferentes altares de la basílica vaticana. Estas misas privadas se van a acabar. La alternativa que se propone a estos clérigos es participar concelebrando en las diferentes celebraciones de la eucaristía programadas. Especialmente para los funcionarios que asisten a primera hora de la mañana se les ofrecen las misas de las 7:00 h. en la capilla del Coro; la de las 7:30 h. en el Altar de la Cátedra; a las 8:00 h. en la capilla del Coro; y a las 9:00 h. en el Altar de la Cátedra. Celebraciones en las que se garantiza el decoro y la participación de lectores y fieles. Organización que no excluye otras fiestas y conmemoraciones en diferentes altares con motivo de celebraciones específicas.

Este preferencia de la misa concelebrada frente a las celebraciones en paralelo –desaparecidas hace décadas en tantas comunidades religiosas de sacerdotes– supone que se asumen los principios del Vaticano II. Curiosamente en el mismo espacio que fue el aula conciliar en la que 2.147 obispos votaron a favor de la constitución ‘Sacrosantum Concilium’ sobre la Liturgia –frente a 4 votos negativos– el 4 de diciembre de 1963. Parece que se ha tardado casi 58 años en aplicar el documento en la franja matinal.

Pero eso no es todo, confirma a la revista jesuita que muchos de los celebrantes privados utilizan el rito extraordinario, rescatado por Benedicto XVI para determinadas situaciones. Este documento limita estrictamente la celebración de la conocida como misa tradicional, estableciendo cuatro turnos de media hora entre las 7:00 h. y las 9:00 h. en la capilla Clementina de las grutas vaticanas. No es mal sitio, ya que es la más cercana a la tumba de san Pedro.

Muchos de los blogs dedicados a difundir la misa tradicional han comentado este extremo de la celebración ‘ad orientem’ –aunque se han olvidado de citar al autor de la primicia o al medio en el que O’Conell es corresponsal–. Para la cismática Fraternidad Sacerdotal San Pío X, esta medida “muestra lo insoportable que es la misa tradicional para quienes se han apegado a lo nuevo. No pueden soportar lo que les parece un reproche, y que hoy atrae cada vez a más fieles y sacerdotes”. Este movimiento en la basílica vaticana, de referencia para los católicos de todo el mundo –y para la liturgia en rito romano–, es “una vuelta a las catacumbas para la Tradición, en el corazón de Roma”.

La entrevista

Para Fraternidad Sacerdotal San Pío X no ha sido un buen fin de semana. Además de la noticia sobre la relegación de la misa ‘ad orientem’ en la basílica vaticana, el cumplimiento de 8 años de Francisco en el solio pontificio no augura buenas perspectivas para sus ‘tradicionales’ reivindicaciones. Con motivo de este aniversario, el superior de la cismática Fraternidad, Davide Pagliarani, ha hecho balance de sus preocupaciones.

Para el clérigo lefebvriano, “el Papa Francisco es ciertamente muy pragmático; pero siendo un hombre de gobierno, sabe perfectamente hacia dónde va. Una acción de gran envergadura se inspira siempre en principios teóricos, en un conjunto de ideas, a menudo dominadas por una idea central con la que toda praxis puede y debe relacionarse”. Con esta tesis de fondo, añade que “hay que reconocer que los esfuerzos por comprender los principios del pragmatismo de Francisco no se hacen sin vacilar. Por ejemplo, algunos han pensado encontrar sus principios de acción en la teología del pueblo, una variante argentina –mucho más moderada– de la teología de la liberación… En realidad, me parece que Francisco va más allá de este sistema, y también de cualquier sistema conocido. Creo que el pensamiento que lo anima no puede ser analizado e interpretado de forma satisfactoria, si nos limitamos a los criterios teológicos tradicionales. Francisco no sólo está más allá de cualquier sistema conocido, sino por encima de él”.

Y aún va más allá, señalando que “el pontificado que estamos viviendo es un punto de inflexión histórico para la Iglesia: los baluartes que aún existían han sido derribados para siempre, humanamente hablando; y paralelamente, la Iglesia ha redefinido y revolucionado su misión hacia las almas y el mundo”. En este sentido afirma que han caído “los últimos fundamentos del orden moral sobre el que se estableció no sólo la sociedad cristiana, sino toda sociedad natural”. Las propuestas de ‘Amoris laetitia’ serían un ejemplo claro. Una Iglesia que habría “decidido capitular ante el mundo y no ante Cristo”.

Algo que Pagliarani aplica incluso a la “idea de ‘misericordia’, omnipresente en sus discursos, adquiere todo su valor y alcance: ya no se trata de la respuesta de un Dios de amor, que acoge al pecador arrepentido con los brazos abiertos, para regenerarlo y darle la vida de la gracia; ahora se trata de una misericordia fatal, que se ha hecho necesaria para responder a las necesidades urgentes de la humanidad. Considerados ahora como incapaces de respetar incluso la ley natural, los hombres tienen pleno derecho a recibir esta misericordia, una especie de amnistía condescendiente de un Dios que, también él, se adapta a la historia sin dominarla ya”.

La entrevista transita los caminos de la inmanencia de la propuesta pastoral de Francisco, cuestionando presentando como superficiales propuestas como las relacionadas con la ecología integral o la fraternidad universal. Una Iglesia que “ya no pretende cristianizar las instituciones ni reformar las costumbres que han vuelto al paganismo”. La propuesta de Davide Pagliarani: recuperar el ideal de Cristo Rey y todos sus atributos.

La concelebración

“La concelebración, en la cual se manifiesta apropiadamente la unidad del sacerdocio, se ha practicado hasta ahora en la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente”, se decía –no sin cierto reparo– en el número 57 de la ‘Sacrosantum concilium’. La eclesiología de comunión de ‘Lumen gentium’ imprimió a la reforma litúrgica un fuerte sentido de comunidad. La celebración de la fe reforzó aspectos como la escucha de la Palabra o un nuevo sentido pastoral del sacerdocio ministerial que va más allá de la presidencia de las celebraciones sacramentales.

La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí. Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor. La Iglesia es enviada por Jesucristo como sacramento de la salvación ofrecida por Dios. Ella, a través de sus acciones evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión”, escribía el papa Francisco en ‘Evangelii Gaudium’. A raíz de estas palabras, ¿qué testimonio eucarístico transmiten los curiales en esas circunstancias celebrando solos (o con la compañía de algún monaguillo del preseminario San Pío X –basta algo de búsqueda en Instagram–) a horas intempestivas? Menos mal que no conoceremos las reacciones de los implicados directos por esta normativa.