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José Lorenzo, redactor jefe de Vida Nueva
Redactor jefe de Vida Nueva

Abascal, polizón en el Vaticano


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Veo en sus redes sociales a Santiago Abascal otear el futuro de la humanidad desde la privilegiada terraza del edificio de la Secretaría de Estado, y me pregunto si habrá ido al Vaticano para comprobar en persona si el “ciudadano” Bergoglio, como llama a Francisco cuando no habla ex cathedra, sino de gais, cambio climático o trabajo precario, le ha hecho caso y ha llenado la plaza de San Pedro de inmigrantes.

Veo otra foto del líder de Vox descorriendo una cortina desde una dependencia del mismo edificio para observar la cúpula de Miguel Ángel, y en ella lo mismo podría estar diciéndose ‘mira Salvini a dónde he llegado yo’, que preguntándose por las divisiones que tiene el Papa argentino. Quizás, incluso, rememora aquel intento de asalto al Vaticano por los nazis que ocupaban Roma para secuestrar a Pío XII.

Veo luego una pose más relajada del político en la Terza loggia, con el fresco de los hemisferios al fondo y no puedo evitar ver a Chaplin haciendo piruetas en su delirio con otro globo terrestre en El gran dictador.

Pero no, Abascal no ha ido a nada de eso a la Santa Sede. Ha ido a pedir la bendición del cardenal Sarah, su referente en política migratoria. Sigue así las directrices de Bannon, el exgurú de Trump, quien brindó al ala púrpura más crítica con Francisco, empezando por Burke, el soporte necesario para su labor de zapa pontificia.

Si solo se hubiese quedado unos días más, Abascal hubiese podido asistir en la plaza de San Pedro a la inauguración por parte del Papa de una escultura con 140 inmigrantes que representan a todos los que un día tuvieron que salir de sus casas. De alguna manera, Bergoglio cumplía lo que pedía Abascal: llevar la inmigración al corazón del Vaticano. Esa hubiese sido una foto fantástica.