Añoramos la “Ecclesiam suam”

(Juan Rubio– Director de Vida Nueva)

Asusta el cariz engreído de ciertas declaraciones eclesiales, así como el deterioro de algunos presupuestos para el diálogo en la Iglesia y con el mundo. Confío en que la escasez de diálogo sea más anécdota pasajera que costumbre consolidada. Invito a leer la encíclica de Pablo VI, Ecclesiam suam, a quienes estén embargados por esa sensación de tedio que pudiera dibujarse hoy en el panorama eclesial. La herencia de Juan XXIII no quedó en una tumba. Cuando se hizo el relevo de papas, el concilio estaba siendo una gran vigilia pascual de fuego y luz. El esquema sobre la Iglesia se resistía y costaba trabajo sacarlo adelante, pues se buscaba completar el esquema del Vaticano I. Eran muchos y fuertes los contrastes y se hacía necesario un enfoque radical. En ese momento, Pablo VI escribió su primera encíclica. Firmes los pies en lo inmutable, reforzó la idea de su predecesor de buscar el diálogo como esencia de la misma Iglesia, no como accidente, y propuso un diálogo “que tenga el ansia de la hora oportuna y el sentido del valor del tiempo, debiendo comenzar por nosotros antes de por aquellos a quienes va dirigido”. El Papa le pone rostro al diálogo: con propósito de corrección, de estima, de simpatía, de bondad, por parte del que la establece. Excluye la condena a priori, la polémica ofensiva y habitual, la futilidad de la conversación inútil. No mira a la inmediata conversión del interlocutor, ya que respeta su libertad y dignidad y quiere ponerlo a comunión de sentimientos. Su lectura es recomendable para no caer en la tentación de cerrarnos a un diálogo de familia, entrañable y hogareño. Nunca a un diálogo de aula y academia que sólo consigue hundir y humillar.

Publicado en el nº 2.658 de Vida Nueva (del 2 al 8 de mayo de 2009).

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