Tribuna

De misionera a Jerusalén un mes después de estallar la guerra en Gaza

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Venir a Jerusalén durante la situación de guerra más larga de los últimos sesenta años no fue una elección fácil, ni comprensible para muchos amigos. A pesar de haber llegado en noviembre de 2023, aún estoy aquí, meses después, mirando a mi alrededor y tratando de entender dónde aterricé realmente. Desde el principio, la vida cotidiana en Jerusalén parecía casi al margen de la realidad de la violencia que tiene lugar a menos de 100 kilómetros de distancia. He empezado el curso de árabe (al que espero que le siga un curso de hebreo moderno), me muevo por las calles vacías de la Ciudad vieja y puedo detenerme en el Santo Sepulcro, donde el aire es silencioso, para meditar tranquilamente porque no hay largas filas de peregrinos ruidosos.



Jerusalén es siempre una ciudad fascinante, pero muy compleja donde diferentes realidades se mezclan y a menudo chocan. Una realidad es la de la Ciudad vieja, donde el tiempo parece haberse detenido, donde las piedras hablan de los tiempos de Cristo y donde todavía hay quienes visten ropas del este de Europa del siglo XIX. Es una realidad donde la convivencia es frágil y está siempre amenazada, incluso entre los cristianos, hasta el punto de que todo se mueve según el statu quo (como se llama la relación entre las diferentes iglesias en cuanto al uso de espacios cristianos que deberían ser comunes), es decir, solo según la tradición.

La complejidad de las relaciones se percibe también en el resto de Jerusalén, dividida entre la zona árabe y la zona judía, donde ni siquiera las fiestas son comunes porque cada grupo sigue su propio calendario y tradiciones. En este tiempo sin peregrinos ni turistas, Jerusalén podría mostrar aún más su naturaleza como ciudad de encuentro, a pesar de una realidad tan dividida que surge de una historia de dolor, opresión e injusticia.

El 7 de octubre y la terrible violencia perpetrada crearon un punto de no retorno en la ya precaria situación de convivencia entre los dos pueblos. La sensación de inseguridad y el miedo a lo que pueda suceder marcan la vida de todos. Y en medio está la experiencia de quienes nos precedieron, la historia que nos hizo quienes somos. Por un lado, está la historia del Holocausto, de las persecuciones y de los guetos; y, por otro, la experiencia de haber sido expulsados de su propia tierra y hogares y de ser refugiados de segunda y tercera generación sin posibilidad de regresar.

Una historia de gran sufrimiento y de grandes temores por ambas partes: el de la aniquilación real, social y cultural. Todo alimentado por la creación de una barrera de miedo y desconfianza. Algo que se enquista por la violencia perpetrada indiscriminadamente por ambos lados y que implica a las muchas víctimas jóvenes asesinadas después de una fiesta o porque viven en una zona del mundo llamada Gaza de la que no tienen ni permiso para salir.

Es una vida manipulada por la política para crear miedo hacia el otro simbolizado por el muro que existe como símbolo de una división hecha por los seres humanos. Vivo al lado del muro, lo veo cada mañana al levantarme y cada noche antes de dormir, y es la señal más clara de lo que no debe ser: dividir a la gente y crear enemigos. Porque si no nos vemos, si no nos conocemos, ni siquiera es posible reconocernos en la humanidad que compartimos.

Señales de esperanza

En esta realidad tan dividida y descorazonada hay señales de esperanza, o mejor dicho, de personas que traen esperanza, que buscan el encuentro, que desean la paz y que, a pesar del ataque del 7 de octubre y de la respuesta militar israelí en Gaza, plantean preguntas fundamentales sobre cómo construir un futuro compartido. Son periodistas, médicos o rabinos que no han perdido la fe en la posibilidad de compartir espacios, de comunicarse y quizás, ojalá en un futuro no muy lejano, de construir juntos. No podemos evitar pensar que sigue habiendo una oportunidad, una posibilidad de cambio.

Llevará tiempo porque hay tantas heridas que sanar, físicas y emocionales, y tanto dolor que procesar que “muchas veces se tiende a ser egoísta”, afirmaba cardenal Pizzaballa en una entrevista reciente. Esta es la tarea que como Iglesia estamos llamados a vivir, convertirnos cada vez más en un lugar de encuentro. En especial, de encuentro con los cristianos de Tierra Santa, que experimentan lo que es ser una minoría desde todos los puntos de vista; y de encuentro con todos los pueblos de buena voluntad que deseen construir una sociedad fundada en la justicia, la equidad y la paz a partir del encuentro con el dolor de los demás.

Esto da sentido a nuestra presencia como misioneros. Estamos llamados a ser lugares y posibilidades de encuentro y de conocimiento y a ayudar a crear espacios para imaginar un futuro diferente (que no nos permita pensar en formas egoístas de abuso), un futuro que permita la vida de todo aquel que habita esta tierra, de aquellos que llaman a esta Tierra Santa su tierra. En esta tragedia no hay ganadores, solo víctimas de políticas distorsionadas, de proyectos de poder y de una arrogancia terriblemente inhumana.

La destrucción que presenciamos cada día es la destrucción de nuestra humanidad y de la posibilidad de crecer en el humanum que nos une. Hasta que no escuchemos las historias de los demás y hasta que no haya espacios de encuentro, no habrá posibilidad de cambio, de paz y de futuro para esta tierra y para todas las tierras.


*Artículo original publicado en el número de junio de 2024 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

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