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Editorial

El pastor y su Iglesia, ante el temporal

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Francisco viajó a Irlanda para clausurar el Encuentro Mundial de las Familias y respaldar el aterrizaje de la pastoral de la misericordia de ‘Amoris laetitia’ desde la integración y la diversidad de las diferentes sensibilidades eclesiales. Sin embargo, la realidad se impuso. Una semana antes de iniciar su peregrinación, el informe de las diócesis de Pensilvania, que implica a 300 clérigos en más de 1.000 casos de abusos, sacudió al planeta. Tanto es así que precipitó una histórica Carta al Pueblo de Dios, un manuscrito del Papa que marca un antes y un después en la lucha contra esta lacra, tanto que va más allá de la ‘tolerancia cero’ para exigir “una transformación eclesial y social” profunda, que involucre a laicos y consagrados frente a los que denomina ya como “abusos sexuales, de poder y de conciencia”.



En este clima aterrizaba en Irlanda, epicentro de los crímenes cometidos durante décadas en el seno de la Iglesia, no solo relacionados con la pederastia, sino también con la explotación infantil y los bebés robados. De ahí que el Papa pidiera perdón en cuatro de sus seis discursos en un país que no solo ha perdido fieles a golpe de secularización, sino por los pecados cometidos por la Iglesia.

El clímax de su estancia en tierras irlandesas lo marcó el encuentro con ocho supervivientes de estos depredadores. Tal fue la conmoción de Jorge Mario Bergoglio que buscó la manera de responder, de forma inmediata y contundente, a sus reivindicaciones. Para ello, escribió una oración de perdón que pronunció de forma excepcional en la misa de clausura.

En este sorprendente y necesario mea culpa se manifestó el coraje y la humildad de un Papa que responde por errores del pasado como si fueran suyos. Una y otra vez. Lamentablemente, los actos de contrición se quedan cortos ante el daño causado. Así se lo hizo saber el primer ministro, cuando le instó a pasar de las palabras a la acción.

Francisco sabe de esta demanda social y no son pocos los mecanismos puestos en marcha. Prueba de ello es que en los países más afectados por esta lacra –Estados Unidos e Irlanda–, las denuncias han bajado de un 5% a menos de un 1%. Las medidas preventivas y las campañas de concienciación para denunciar están funcionando. Sin embargo, como reconoce el Papa en su misiva, se ha llegado tarde y aún hay quien no comprende y cuestiona la necesidad de una reforma, por lo que urge a trabajar de forma conjunta contra “cualquier forma de clericalismo”. Él mismo ha constatado esta urgencia tras la publicación de una carta firmada por el exnuncio Carlo Maria Viganò, en la que acusa a Francisco de encubrir abusos y pide su renuncia.

Esta crisis ha puesto a prueba la capacidad de Bergoglio para afrontar un temporal a todas luces inédito en la historia de la Iglesia. Y lo ha hecho desde una serena madurez, propia de un hombre de Dios. El Papa ha estado, y está, a la altura de estos embites y de los que estén por venir. El problema radica, no tanto en si erosionan su imagen, sino en hasta qué punto la tempestad de los abusos y la lluvia fina provocada por una ciega resistencia, logra contaminar y desanimar a los fieles. La responsabilidad y capacidad de acción de Francisco es limitada en este frente y es a los pastores a quienes corresponde actuar con solicitud y beligerancia con acciones concretas para actuar ante los crímenes de los abusos y afrontar los ataques desaforados.

Para empezar, no estaría de más en ese sentido que en parroquias, institutos de vida consagrada y realidades eclesiales se hablara con claridad y sin ambajes de la cuestión, por ejemplo, trabajando y haciendo suya la carta enviada por el presidente del Episcopado español, en la que expresa su firme comunión con el sucesor de Pedro. Un gesto más que necesario para expresar, sin fisuras ni dar lugar a silencios cómplices, que el Pueblo de Dios está con su pastor y contra todo tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia. Para afirmar, sin complejos, como apunta el cardenal Ricardo Blázquez: “Santo Padre, no está solo”.

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