Ianire Angulo Ordorika
Religiosa Esclava de la Stma. Eucaristía

Un candado inoxidable


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Llevo unas semanas en Roma. He venido a investigar en la biblioteca del ‘sancta sanctorum‘ de los biblistas, que es el Pontificio Instituto Bíblico de esta ciudad. Todas las mañanas, antes de enclaustrarme entre libros, recorro una calle para llegar ahí en la que hay un puesto de frutas y verduras, una escuela de primaria con niños que esperan a entrar, demasiados negocios turísticos cerrados y unas cadenas que diferencian el espacio para los peatones de aquel de los coches. Esas cadenas llenas de candados. Los hay grandes y pequeños, incluso algunos están ya oxidados. Según parece, esta peculiar costumbre tiene que ver con una novela que tuvo mucho éxito entre el público adolescente y a partir de la cual rodaron después una película.



Los candados, que originariamente se ponían en un puente romano, simbolizaban el compromiso y el amor eterno de una pareja de enamorados. Este gesto tuvo tanta repercusión que, por seguridad, tuvieron que quitar todos los candados que se habían acumulado en el puente Milvio y prohibir que pusieran más. Pero, como se ve en la foto, la práctica no desiste y cualquier lugar es bueno para que una pareja selle su relación de este modo. Eso sí, sospecho que muchas ya no permanecen en el tiempo.

El amor y los rituales

El amor requiere de sus propios rituales. Necesita expresarse y mostrarse con algo más que palabras, pues, aunque estas pretendan ser sinceras, con frecuencia caminan por sendas distintas de las que nos lleva la vida. Necesitamos signos, por más que estos no nos liberen de la incertidumbre y la duda ante lo que el otro siente, vive, sueña y desea. También a Jesús le pidieron una vez un signo que les ofreciera la seguridad absoluta de que Él era Aquel enviado por el Padre que inauguraría su Reino. Su respuesta, remitiendo al signo de Jonás (Mt 12,38-40), puede resultarnos desconcertante.

candados Roma

Permanecer en el vientre de la muerte, como estuvo Jonás en el de la ballena, para resucitar al tercer día es el mayor signo que se puede ofrecer, porque el amor solo se muestra con gestos de entrega. No escatimemos en gestos de cariño, sean con o sin candados, pero el único realmente creíble es la entrega cotidiana de uno mismo. No hay candado más fuerte y más inoxidable que ese, aunque parezca tener poco de poético.