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Seis razones para no tenerle miedo a la ecoteología


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Los documentos preparatorios del próximo Sínodo Panamazónico han sido acogidos con entusiasmo esperanzado por las comunidades cristianas y, especialmente, por quienes viven de cerca la realidad latinoamericana de la Iglesia. También por quienes, desde los medios académicos o desde el compromiso pastoral, se han interesado por la ecoteología, es decir, por la reflexión teológica a partir de las luces de comprensión del mundo que aporta la ecología actual.

Con algún recelo se han levantado también algunas voces contrarias desde las instancias más temerosas y reaccionarias de la Iglesia. Las más desafinadas han llegado a llamar “herético” o “apóstata” al documento elaborado por la Red Eclesial Panamazónica (REPAM). Nada nuevo. Y nada preocupante, si pensamos que esas voces vienen de quienes ya se opusieron desde el principio a las reformas del papa Francisco.

¿Es “herética” la inspiración teológica que impregna Laudato si’? ¿Es la ecoteología una “invención de los románticos” que hoy se pretende convertir en una religión? ¿Es solo un “cristianismo biodegradable”, como se ha sugerido sarcásticamente?

Pues ni por asomo, desde luego. Y aquí argumentamos seis buenas razones:

1. No olvidemos que la historia se repite

Tenemos la mala costumbre de ir siempre a contracorriente de cada nuevo paradigma científico. En los siglos XVI y XVII, la Iglesia institucional se opuso ya a la nueva astronomía de Copérnico y Galileo. En el XVIII, vivió como una amenaza el racionalismo ilustrado. En el XIX, interpretó como un agravio a la voluntad divina avances médicos como la vacunación antivariólica o el uso de la anestesia en la sala de partos (y solo porque el Génesis ordenaba: “Parirás a tus hijos con dolor”).

No hace falta mencionar su furibundo posicionamiento desde Darwin contra la evidencia biológica de la evolución. Si ahora las mentes más inerciales de la Iglesia quieren demonizar la ecología de sistemas del siglo XX o poner en duda nuestra responsabilidad global en el cambio climático, no se asusten: la anécdota quedará ahí, para burla de nuestros nietos.

2. La visión ecoteológica nunca ha sido ajena a la tradición cristiana

Ni siquiera hace falta acudir a san Francisco de Asís o a Teilhard de Chardin. Jesús de Nazaret se encarnó en el Mediterráneo oriental y ese contexto ecológico quedó bien reflejado en su predicación nómada. Leer los evangelios desde los ojos de la ecología permite recorrer aquellas amplias estepas subdesérticas en donde el río Jordán era una bendición bautismal, el lago de Genesaret una despensa de pescado y el desierto de Siria un lugar tan inhóspito y solitario como un alma en busca de respuestas. De todo ello supo sacar Jesús una lección, una parábola y una oportunidad para celebrar la fe con la comunidad original de los doce. Cuando quería rezar, no iba a la sinagoga, cruzaba a la otra orilla del lago, subía la ladera de una colina o se internaba en un olivar.

Hoy se nos pide inculturar ese mismo mensaje de salvación y de esperanza en el ecosistema radicalmente diferente y culturalmente diverso de la selva lluviosa amazónica. Y ese es el gran reto del Sínodo Panamazónico. ¿Seremos capaces de una inculturación similar? ¿O nos empeñaremos en calcar los contornos del mar Mediterráneo en el río Amazonas? No hay duda de que la tradición de los Padres de la Iglesia puede aportar luz, pero las situaciones son tan nuevas que ese respeto por la tradición no debe matar la innovación teológica. De otro modo, seguiremos anclados en el paradigma escolástico.

3. La ecología no es una religión

La ecología es una ciencia, no una creencia. No puede ser sustituto de la religión. Al contrario que la religión, su método es objetivo y su finalidad exclusivamente interpretativa o comprehensiva. No hay duda de que comprender la gravedad de la crisis ecológica y entender sus causas puede llevar a personas responsables, creyentes o no, a ser activos en el compromiso ético. Esta militancia se conoce como “ecologismo”.

El creyente puede también reflexionar sobre la ecología desde la vivencia de su fe, y a eso llamamos “ecoteología”, una dimensión más, entre otras, desde donde se puede pensar, orar, alabar, agradecer o comprometerse. La ecoteología no trata de sustituir a Dios por otras formas de sacralidad. Antes al contrario, es una invitación a reconocer y amar a Dios en todas las cosas, al estilo de san Ignacio.

4. La ecoteología no busca un retorno romántico al adanismo

Tampoco al arco y las flechas y al médico chamán. Todo lo contrario, es aliada de la ciencia, interactúa con ella, se regocija en sus hallazgos, aboga por un progreso sostenible y, de paso, aporta a los creyentes una dimensión simbólica de sentido y unas orientaciones éticas de acción. Es un punto de encuentro providencial donde dialogar con la ciencia, contrastar visiones y aprender en el camino.

El pensamiento biológico cobra su dinamismo más admirable gracias a la ecología y a la evolución, que nos aportan una visión sin orillas del tiempo y del espacio, nos brindan reflexiones útiles también para tratar de entender el sufrimiento y la muerte a escala planetaria, valorar el papel del altruismo asociativo en la evolución o limar el dualismo vida-muerte. Nos enseñan que el proceso de la vida incluye a la muerte en sus parámetros y que la muerte se reconvierte en vida en el ciclo eterno de los elementos. No está lejos esta idea de nuestra visión cristiana de una muerte capaz de abrirse a la vida.

5. Hay una sabiduría en las culturas indígenas tradicionales de la que también se puede aprender

Para ello es preciso escucharla, antes de condenarla al fuego de nuestros prejuicios, dejarse interpelar por ella, descifrar sus metáforas de lo inefable y descubrir qué elementos nos invitan también a nosotros a una conversión más sincera. Afirmar esto no es herejía ni apostasía, sino cita literal de los documentos del Concilio Vaticano II (‘Ad Gentes’, 3 y 9; ‘Nostra Aetate’, 11). Despreciar estas “semillas de la Palabra” o “destellos de la verdad”, como el Concilio las llama, es hacer oídos sordos a la sinfonía universal de la revelación.

6. Superar la teología escolástica

Como toda ciencia, la ecología nos ayudará a purificar la idea de Dios de elementos míticos adheridos, a entender la historia y el mundo de modo más dinámico y relacional y a discernir mejor nuestro papel de co-creadores y co-criaturas de la biosfera. Nos ofrecerá mayores perspectivas de reflexión que las que forjó la teología escolástica. Jesús de Nazaret hablaba en arameo a sus discípulos en las orillas del mar de Galilea. El mundo ha crecido desde entonces: Pedro y Pablo extendieron el mensaje en griego por las orillas del Mediterráneo, el imperio romano lo difundió en latín hasta las orillas del Atlántico y con el Renacimiento la voz profética del hijo del carpintero de Nazaret alcanzó el Pacífico y el Índico. El Dios de los escolásticos se quedó pequeño porque muchas veces era un Dios que estuvo construido a imagen del hombre, en lugar de ser el hombre imagen de Dios.

Hoy, más que nunca, necesitamos a la Iglesia de la búsqueda antes que a la Iglesia de las certezas. Como nos proponía proféticamente Teilhard, necesitamos una Iglesia que no tenga miedo de la ciencia, que sea capaz de vitalizar un mundo en evolución y saberse perdida y encontrada en un universo infinito, a imagen de ese Dios infinito en el que vivimos, nos movemos y existimos.