¿Hay alternativas frente al confinamiento por el coronavirus?


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La alarma

Cuando se ha cumplido una semana del toque de queda (relativo) establecido en España con motivo de la crisis del coronavirus, sabemos que de momento nos quedan aún tres semana más. Cada uno ha vivido la situación desde circunstancias diversas. En mi caso la convivencia con el desconocido virus se hizo más cercana unos días antes y los horarios y las relaciones entre quienes habitamos la misma casa es a través de mascarillas y por teléfono, quitando escasos momentos de reparto de comida.

Además de la transformación estructural de la comunidad, desde fuera parecen llegar solo malas noticias. Ya son bastantes los conocidos que se han quedado por el camino. Siempre en la distancia hemos despedido sin apenas poder llorar a demasiados hermanos, que ni siquiera han podido darse cuenta de qué va esta cuarentena o este virus.

Además, tener unas décimas de fiebre ha supuesto que la oración comunitaria se convierta en personal y que la misa privada es la única forma de unión con toda la Iglesia que sufre. Son formas para sobrellevar el día junto a las tareas propias de los trabajos que se imponen en estos momentos.

La oración

En una entrevista en el diario ‘El País’ el ‘modista’ Lorenzo Caprile confesaba que el rezar le consuela porque es “como un mantra”. “Soy católico, tengo las tres oraciones que aprendí de niño: el ‘Padre nuestro’, el ‘Ave María’ y el ‘Gloria’ y cuando tengo bajones, rezo. Tenemos esa cosa tan antigua de la oración y ahora resulta que hemos descubierto el ‘mindfulness’, ese anglicismo ridículo. Al final es lo mismo. Conectar contigo, sentirte. Soy creyente y rezar es mi ‘mindfulness’”, añadía.

La meditación y la oración cristiana sostienen el día a día de tantas personas que viven un confinamiento permanente como opción vital para descubrir lo esencial, todos los que viven la vocación a la vida consagrada contemplativa. Ahora, aunque no hayamos hecho opción por ese estilo de vida, todos los creyentes nos sentimos un poco así.

Estos monasterios, decía Juan Pablo II, “en la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios” (‘Vita consecrata’, 8)

Estas herramientas son válidas hoy para todos, aunque la participación en el culto divino sea a través del móvil o la tele, aunque haya que estar pendiente de los niños o de los enfermos. Misteriosa fecundidad la que toca en esta hora.