Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Cristianos sin hogar


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La tentación de sentirnos minoría

La Iglesia en España tiene a veces la tentación de sentirse sola. En diferentes reflexiones decimos que somos una minoría, hay católicos que se sienten como el resto de Israel en Babilonia o incluso se sienten perseguidos por la mayoría del país.



El caso es que año tras año, las encuestas siguen poniendo de manifiesto que hay una mayoría de españoles que se definen como católicos. Por ejemplo, en la encuesta rutinaria que el Centro de Investigaciones Científicas hizo en enero de 2020, los resultados se confirman. Los encuestadores preguntan: “¿Cómo se define Ud. en materia religiosa: católico/a practicante, católico/a no practicante, creyente de otra religión, agnóstico/a, indiferente o no creyente, o ateo/a?”. 

El 67,2% se define como católico. Sumamos un 20,5% de católicos que se adjetivan practicantes y otro 46,7% de católicos que se califican como no practicantes. El 1,7% se identifica de otra religión y el 30,3% es agnóstico, ateo, indiferente o no creyente. El 0,9% prefiere no definirse. Es decir, que el 70% de la Iglesia no es practicante.

Es claro que los católicos practicantes son ya minoría, pero la Iglesia católica implica a mucha más gente. Otros indicadores nos pueden ayudar a comprender las proporciones. Si preguntas a todos los católicos por Cáritas, Manos Unidas y la extensa red de centros sociales y sanitarios de la Iglesia, prácticamente todos –practicantes y no practicantes– la apoyan. Podríamos decir que son católicos a través de esa acción social y sanitaria de la Iglesia.

En el curso 2018/19, el 62% de los alumnos de primaria y secundaria eligieron estudiar la asignatura de religión. En 2018, la mitad de los niños nacidos en España fueron bautizados y el 22% de las bodas en España se realizaron en la Iglesia. La enseñanza católica escolariza a más del 25% del alumnado de este país. En 2019, el 33,3% de contribuyentes adjudicó el 0,7% de su declaración del IRPF a la Iglesia católica. En la Encuesta Gallup Internacional publicada en 2020, el papa Francisco es valorado positivamente por el 75% de los españoles y solo el 15% le valora negativamente (es el líder mejor valorado del planeta con un 51% de media). Según una proyección sociológica del Pew Research Center, en Europa en 2050, habrá un 65% de cristianos.

No se trata de saturarnos con más datos, es suficiente para lo que quisiera apuntar: no deberíamos resignarnos a considerar que la Iglesia española solo está formada por el 20% y, posiblemente, no es justo considerarlo tanto así. Parte del problema de la Iglesia española es considerarlo así.

Reproches e incomprensiones

Una parte de los practicantes –incluyendo al – reprochan a veces a ese 46,7% de católicos no practicantes– vamos a sintetizarlo en un 45%– que sean incoherentes, alejados, ideologizados, perezosos, pasivos, superficiales, relativistas, desafectos, etc. Se les niega incluso que sean verdaderamente cristianos, sino que forman parte de un “cristianismo sociológico”, meramente apegado a un hábito de definirse así.

Otra parte de la Iglesia practicante siente impotencia ante esa mayoría de la Iglesia que escucha menos a sus pastores. No tiene lugares donde conectar con ellos, ha perdido el pulso de la calle.  Sigue considerando que Iglesia somos todos, pero no llega a la gente.

La Iglesia tampoco se resigna a afirmar que un participar en la eucaristía sea igual, que no participar significativamente en el cuerpo de la Iglesia no importe. Por el contrario, la eucaristía es fundamental y es crucial la conexión. Esa conexión se produce también de otras muchas formas: rezar en sus múltiples formas; hacer presentes los sacramentos en los momentos vitales –bautismos, funerales, etc.–; apoyar la actividad de la Iglesia en los múltiples campos –social, educativo, sanitario, cultural, etc.–; participar en celebraciones y eventos –como las multitudinarias procesiones–; tomar parte en grupos, comunidades, hermandades; estar atentos a lo que dice la Iglesia –en su conjunto, el Pueblo de Dios a través de todas sus realidades– y sintonizar con ello, etc.

Habitualmente, la opinión pública considera que ser practicante supone participar con frecuencia en la eucaristía, todos o casi todos los domingos. En realidad, me gustaría que pudiésemos tener una encuesta donde preguntásemos a la gente lo que parece esencial para ser cristiano: ¿siente que tiene usted una relación personal y viva con Jesús? Podríamos preguntarlo de distintos modos y sería crucial saber cómo activa esa relación: ¿es un diálogo con el Jesús de la infancia o la juventud? ¿Siente en ese tiempo viva su presencia? ¿Reza, medita, lee, siente su presencia, le pide, dialoga con Él? ¿De qué modo lo siente o es una referencia viva para la gente?

Hay un problema para conocer lo que realmente siente la gente: la soberbia de que la Iglesia no puede fallar, la protección institucional. Nos falta humildad para aceptar muchas de las razones más profundas por las que ese 70% se siente desconectado. Hay heridas profundas que permanecen del duro pasado de la Iglesia española. Hay muchísimas personas que sienten que la Iglesia es –ilegítimamente– adversa a sus opiniones políticas o se les hace sentir así. Probablemente una gran mayoría de ese 70% no puede soportar el clericalismo: aprecia a los presbíteros, pero no aguanta el ejercicio del clericalismo en sus parroquias, las curias y otros centros. Otros se sienten excluidos por otras razones. Cada vez más mujeres sienten que la Iglesia las discrimina.

También ese 70% podría ver para los practicantes y sus pastores y pronunciar con justicia las palabras incoherencia, pereza, ideología, superficialidad, corrupción, etc. El papa Francisco nos ha recordado muchas de ellas y tiene razón.

Además, en general, todos ellos sienten que la Iglesia a través de sus pastores –que deben trabajar precisamente por la unidad– nunca asume esas críticas o no se hace responsable de ellas. Ven a una Iglesia que se muestra blindada, insensible, inmune o que les devuelve reproches o victimización. A veces cuando ese 70% escucha que España es tierra de misión, entiende: “no nos consideran católicos”. Cuando escuchan que junto a ellos nos sentimos una minoría exiliada como los israelitas en Babilonia, puede que sientan que somos arrogantes, que no les entendemos o que la desconexión se ha consumado.

Dos medidas urgentes

En ese 70% están nuestros familiares, amigos, compañeros, conocidos, vecinos, gente con la que convivimos diariamente y queremos con toda el alma. Están muchos de nuestros hijos. Sobrinos, nietos… Sentimos dolor porque no encuentren lugares de Iglesia donde participar y celebrar más, cauces de conexión, sentimientos de unión.

Hay una herida básica que es necesario sanar, hay una desconexión que es preciso reparar. Y esto no es solo una cuestión de nueva evangelización y actividad misionera por parte de los practicantes, sino de comunión.

Entre todas las cosas que se dijeron en el Congreso de Laicos 2020, eché de menos dos de esas cosas necesarias:

  • Hay que escuchar al 70% mucho mejor: con humildad, empatía y positivamente orientados a buscar la reconexión. Y para eso es necesario conocer mediante estudios, encuestas, encuentros…
  • Hay que crear espacios más amplios de encuentro y servicio, ser mucho más inclusivos, y actuar con urgencia con aquellos que se sienten más heridos y desplazados, muy especialmente la mujer.

Hay demasiados cristianos sin hogar, necesitamos una nueva hospitalidad, necesitamos hacer Casa común.

Fuentes: