Dolores Palencia: “¡Por fin se valora el aporte específico de las mujeres en la Iglesia!”

Presidenta delegada del Sínodo de la Sinodalidad

María de los Dolores Palencia (74 años) es una de las dos mujeres –junto a la japonesa Momoko Nishimura– presidenta delegada del Sínodo de la Sinodalidad, responsabilidad que comparten con otros siete hombres. La religiosa mexicana de la Congregación de las Hermanas de San José de Lyon llega a esta Asamblea Sinodal después de estar durante más de una década al frente de la casa para migrantes Albergue Decanal Guadalupano, en el estado de Veracruz.



La mexicana conversa con Vida Nueva acerca de lo que para ella implica tener voz y voto en el Sínodo y formar parte del grupo presidencial del mismo. Asimismo, señala que dicho nombramiento lo recibe como un llamado, una invitación a colaborar y servir a la Iglesia de Jesucristo. De igual modo, aplaude el hecho de que en este Sínodo se cuente por primera vez con los votos de 54 mujeres.

PREGUNTA.- ¿Qué está significando esta responsabilidad como presidenta del Sínodo?

RESPUESTA.- Dos mujeres como presidentas delegadas es un hecho realmente novedoso, pero congruente con la visión del papa Francisco –y de otras personas en la Iglesia–, para impulsar desde hace tiempo la participación de las mujeres en todos los ámbitos. En mi caminar personal, lo veo como una gracia, un tiempo para poner de mi parte todo lo que pueda, para escuchar al Espíritu, discernir su llamado y avanzar junto con todos en la posibilidad de propuestas, de cambios que lleven a decisiones y a transformaciones que permitan que la misión de la Iglesia, el anuncio del Reino y de la esperanza del Evangelio, se vaya haciendo realidad en salida hacia las periferias existenciales, en comunión y diálogo de diversidades.

En este Sínodo hay una apertura y un deseo de recibir, –¡por fin!– el aporte específico de las mujeres, en la reflexión, en la teología, en las formas de participación, de animación, de celebración, en el discernimiento y, más tarde, posiblemente, en decisiones que sean para el mayor bien común. Es también de valorar el aporte específico de las mujeres como una gran mayoría del Pueblo de Dios, que a lo largo de muchos años hemos participado en la vida de las comunidades, en la animación de la fe, de la liturgia; en la organización de la sociedad para el bien común, en la lucha y defensa por el respeto de la tierra y del ambiente.

Diversidad eclesial

P.- ¿Cuáles son sus expectativas en este Sínodo al que el Papa le ha dado tanta importancia?

R.- Desde donde me encuentro y por lo que he participado, creo que una gran expectativa es que la mayor parte de las diversidades de todo el Pueblo de Dios puedan expresarse, escucharse, acogerse con respeto y diálogo, y, juntos, buscar los caminos para anunciar la esperanza del Evangelio especialmente a las personas en mayor situación de vulnerabilidad, y también en las realidades políticas y sociales que hoy presentan crisis y coyunturas  urgentes para toda la humanidad y para todas las especies de la creación.

Otra expectativa son las periferias existenciales en América Latina y el Caribe, respetar la palabra, la cultura y el territorio de los pueblos originarios, de los pueblos afrodescendientes desde su expresión propia. Así, la terrible crisis humanitaria que viven las personas en movilidad es algo a lo que no podemos seguir indiferentes como Iglesia. El papa Francisco ha insistido a tiempo y a destiempo, sin embargo, las fronteras se hacen cada vez más duras y cerradas en Estados Unidos y Europa. Cada vez más poblaciones de América Latina y el Caribe, Asia y África salen de sus países por una migración forzada, en situación de gran vulnerabilidad y sufren en sus recorridos todo tipo de violencias.

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