Ser Salesianas: desde Filipinas hasta Benín

En el 150 aniversario de las Hijas de María Auxiliadora recorremos sus proyectos por todo el mundo con un mismo sello: la vocación de educar

‘Viaje de la esperanza’ es el proyecto de la Fundación Laura Vicuña en Filipinas y que tiene como objetivo reconstruir la vida de los niños de zonas urbanas y rurales desfavorecidas. Por su parte, el Programa de Campamentos Ambientales es una propuesta dirigida a niños coreanos de 3 a 5 años para profundizar en la espiritualidad ecológica, que crea y desarrolla amistad con la naturaleza, con las personas y con Dios en la vida cotidiana. 



En Benín, se define como “alternativa” la escuela San José diseñada como una respuesta preventiva para niños y niñas sin escolarizar, que corren el riesgo de perderse en el mundo de la calle. En Venezuela, en el Alto Orinoco, la escuela intercultural bilingüe yanomami actúa como una herramienta para facilitar el diálogo intercultural. Y en el corazón de la selva amazónica ecuatoriana, la educación viaja a través de las ondas de una emisora de radio creada tras el parón de clases impuesto por la epidemia de COVID.

Estas son solo algunas de las decenas de buenas prácticas presentadas en la conferencia internacional de Roma que celebró el 150 aniversario del nacimiento del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, una de las mayores órdenes de religiosas con 11.000 monjas presentes en 97 países.

Un carisma que ha sabido inculturarse en diferentes latitudes, reconocido también por instituciones internacionales como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra, donde está presente el Instituto Internacional de María Auxiliadora de las Salesianas de Don Bosco como defensor del derecho a la educación para todos y como promotor del empoderamiento de los niños, las mujeres y los jóvenes.

“Un carisma que permanece como en su origen. Somos mujeres consagradas a Dios y a la educación de los jóvenes, con todo lo que ello conlleva hoy en día”, comenta la superiora general del Instituto, la madre Maria Chiara Cazzuola. La madre fundadora fue Maria Domenica Mazzarello, hija de una numerosa familia campesina, quien, a mediados del siglo XIX en un pueblo italiano del Piamonte, después de una serie de señales, se dio cuenta de su vocación y con qué espíritu había de servir a los jóvenes. “Su compromiso educativo parte de las necesidades inmediatas, para reavivar la esperanza y para orientar hacia los valores, hacia una misión amplia de la que hoy somos, signo y actualización mundial”.

La experiencia femenina

Don Bosco reconoció el valor de la obra de Mazzarello y, el 5 de agosto de 1872, dio el nombre a lo que se convirtió así en la experiencia salesiana femenina. “Tened como Gloria vuestro hermoso título de Hijas de María Auxiliadora y pensad que vuestro Instituto debe ser el monumento vivo de la gratitud de Don Bosco a la Gran Madre de Dios invocada bajo el título de Auxiliadora de los cristianos”.

Chiara reitera que “la perspectiva educativa de nuestro sistema preventivo significa tener una mirada atenta sobre los jóvenes en un proyecto común. En este contexto, la formación integral en la visión antropológica cristiana se convierte en el compromiso de acompañarlos y apoyarlos en la búsqueda del sentido de la vida y en la construcción de un futuro de paz, de fraternidad y de responsabilidad por la casa común”.

Un principio que hoy como ayer se reconcilia con la historia. Si en los comienzos las Hijas de María Auxiliadora, las Salesianas de Don Bosco que llevan en su nombre las siglas FMA, construían internados para las jóvenes que se trasladaban de los pueblos a las ciudades para trabajar en las fábricas, hoy es la geografía eclesiástica la que desafía la actualidad, “allí donde religiosas de países en guerra trabajan juntas en los mismos proyectos educativos, como sucede en la Provincia de Europa del Este-Georgia que incluye también Ucrania, Rusia y Bielorrusia ; o en Myanmar, donde están todas las hermanas jóvenes que viven sin ayuda del exterior, ya que no son admitidas las misioneras por ser religiosas extranjeras”, explica Chiara.

“Lo que une experiencias y personas muy diferentes es una pasión educativa encarnada en lo concreto; y la atención a lo circunstancial, la oportunidad, la formación y la operatividad, son lo que las diferencia y caracteriza, demostrando la adaptabilidad de la presencia salesiana en su misión de permanecer junto a las jóvenes”, comenta Grazia Loparco, profesora de Historia de la Iglesia en la Pontificia Facultad de Ciencias de la Educación Auxilium.

“Entre ellas podemos encontrar misioneras, superioras prudentes y valientes, pioneras de obras en expansión, responsables de fundaciones para el cuidado de los menores más pobres, religiosas en instituciones con una estrecha relación con la sociedad, las autoridades públicas y los benefactores, o religiosas comprometidas en construir e impulsar el desarrollo de obras de largo recorrido. También han vivido situaciones de graves dificultades que han puesto de manifiesto una firme capacidad de resistencia y una flexibilidad indestructible”. Todas estas experiencias, concluye Loparco, “son facetas de una misma vocación educativa, que en una gran organización institucional requiere funciones y cualidades complementarias”.

Nombres y rostros

Las mujeres de las que habla Loparco tienen nombres y rostros. Como Maria Cerna, que bajo el régimen comunista en Eslovaquia pasó largos años de trabajos forzados en campos de concentración para religiosas (de 1950 a 1971) y fue un referente para el apoyo y formación clandestina de las monjas, contribuyendo así al renacimiento del Instituto FMA en el país.

O Nancy Pereira en India, quien aplicando los principios del Banco de los Pobres del economista y banquero bengalí Muhammad Yunus, ha fomentado el emprendimiento de los marginados, sobre todo, las mujeres. O Angela Cardani, que, en la década de 1990, por invitación del ayuntamiento de Turín, llevó el proyecto educativo salesiano al barrio de la Vallette con la ONG Vides Maìn que promueve proyectos de apoyo escolar y de integración social de niños, jóvenes y familias.

Personas y obras que han respondido a las exigencias de los tiempos. Así, hace poco más de 50 años, en 1970, nacía la Pontificia Facultad de Ciencias de la Educación Auxilium, “la única institución pontificia encomendada a mujeres, considerada por San Pablo VI entre las Facultades “hermanas” en el panorama de las demás pontificias y que tiene el objetivo de contribuir a la misión evangelizadora de la Iglesia a través de la educación y el cuidado integral de la persona”, recuerda Piera Ruffinatto, presidenta del Auxilium.

Desde sus orígenes ha tenido clara su identidad y tarea: “El estudio de la contribución específica que la mujer puede hacer a la Iglesia en el campo de la educación, cultivando la investigación en el campo de las ciencias de la educación desde una perspectiva interdisciplinar y multidimensional; y la formación de investigadores, docentes, catequistas, educadores y psicólogos en el campo de la educación según una visión cristiana de la realidad y en sintonía con los principios del humanismo pedagógico cristiano de San Juan Bosco”.

Generatividad

Hoy, como revela un estudio, el rostro de las FMA está cambiando. Han disminuido las religiosas europeas y americanas y van en aumento las de Asia, Oceanía y África. La hipótesis que guió la investigación es que “la generatividad fue la dimensión transversal que permitió que la identidad y la misión del Instituto de encarnarse en el espacio y el tiempo, dando vida a múltiples experiencias, “generando” otras nuevas y “regenerando” las ya existentes, cruzando los tiempos más allá de toda frontera geográfica”, explica sor María Teresa Spiga.

Los datos hablan del Instituto de 1880 a 2020. Han ingresado en él 33.820 hermanas, de las que 5.730 (17%) lo abandonaron y 16.865 (50%) fallecieron siendo parte del mismo. El mayor número de entradas (5.577) se registró en 1960 y hasta ese año siempre fueron superiores a las del año anterior (excepto 1910). A partir de 1970 ocurre lo contrario, las cifras disminuyen con respecto al año anterior, excepto en 1990 (2.104). De 1970 a 1980 hubo 2.639 entradas menos. 2020 es el año en el que se da el menor número (1.301). En general, el aumento de la FMA se refiere a los años de las décadas de 1880 a 1970 (de +39 a +2234 FMA). (La disminución de 1980 a 2020 fue de -1094 a -2364 FMA).

En cuanto a las casas, en 2020 había 1.331 abiertas. El mayor número de casas que tuvieron que cerrar se registraron en Europa (78%) y América (57%), que son los dos continentes en los que las casas son más antiguas y donde el Instituto inició su expansión. Es en Asia donde menos casas se han cerrado (18%). Llama la atención el dato de Oceanía, continente al que el Instituto llegó hace menos tiempo: se han abierto 19 casas y se han cerrado 7. Finalmente, el estudio enumera 6.400 obras agrupadas en 12 categorías: educación (1.207); formación laboral (334); oratorios-grupos (162); formación religiosa (467); misión (133), asociaciones (117), asistencia (526) hospitalidad (288) hogares y servicios asistenciales (116); servicios domésticos (61) otros (137).

La riqueza del análisis, acompañada de una comparación sobre los datos presentados, ha iniciado un proceso de reflexión que se resume en las palabras de Marcella Farina: “La conciencia de que el trabajo educativo requiere competencias que exigen un punto de inflexión en la formación de las propias FMA como educadoras y formadoras”. El verdadero desafío, el fundamental, es el problema antropológico, que exige “un replanteamiento profundo del humanismo: necesitamos un pensamiento profundo en el que todos los saberes estén llamados a una gran alianza”. En este sentido, añade, “es necesario dejarse provocar por “otras” ciencias, por nuevos conocimientos que a su manera reflexionan sobre lo humano según las poliédricas sensibilidades humanísticas contemporáneas”.

Al igual que se hizo en sus orígenes, se deben emprender nuevos caminos formativos. En los años sesenta y setenta, explica Farina, no estaba pensado “enviar religiosas al extranjero a estudiar en la universidad y en un campo “diferente” como la psicología, y mucho menos enviarlas a facultades teológicas, recién abiertas para los laicos. Era más fácil mandarlas a estudiar catequesis o filosofía, ciencias clásicas a las que tenían acceso las mujeres”.

Líneas operativas

Es necesario identificar y compartir las líneas operativas “para promover en los jóvenes, mujeres y hombres, una conciencia más profunda de su dignidad como persona, en reciprocidad, según la cultura del encuentro, para contribuir a la construcción de la fraternidad universal”. Pero ¿cuál es hoy la mayor responsabilidad que siente la Superiora General? “El hecho de no perder de vista ninguna realidad”, responde Madre Cazzuola.

“Hay algunas más llamativas, emergentes, otras pequeñas, ocultas, más débiles por muchas razones: la edad avanzada de las hermanas, el número decreciente, las situaciones culturales o políticas que hacen más difícil nuestra misión o incluso factores contingentes e históricos. Debemos hacer germinar el carisma y cuidar la profundidad de las raíces. Son todas realidades que hay que fomentar. Y con cuidado de no perder de vista a nadie, especialmente a los que más sufren”.

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