El papa Francisco, un hijo de Abraham en la ‘Colina de la Paz’

El escenario donde tuvo lugar el encuentro interreligioso celebrado esta mañana era tan extraordinario que ha adquirido una dimensión histórica como un canto a la unidad entre cristianos, musulmanes y judíos

El Papa, ante los líderes musulamanes en la llanura de Ur, en Irak

El escenario era tan extraordinario que el encuentro interreligioso celebrado a últimas horas de la mañana por el Papa ha adquirido una dimensión histórica. Estábamos en Ur de Caldea, que hoy se llama Tell al- Muqayyar, que significa “colina de la paz”. Sus desoladas ruinas hacen difícil imaginar que en su tiempo  fue la capital del imperio sumerio cuyo dominio se extendía sobre toda la Mesopotamia.



Pero Ur ha entrado con todos los méritos en la historia de la humanidad porque en ella hace veinticinco siglos un hombre llamado Abrahán sintió la llamada de Dios que le pedía abandonar su patria y su casa, y emprender un viaje que iba a cambiar la historia de la humanidad. De su estirpe “más numerosa que las estrellas del cielo y las arenas de las playas” nacieron el judaísmo, el cristianismo y la religión musulmana.

La frustración de Juan Pablo II

Por eso, en el origen de su deseo de visitar Irak estaba la voluntad del Papa de llegar hasta Ur. Algo que ya quiso realizar san Juan Pablo II en diciembre de 1999 en vísperas del Gran Jubileo y que los prejuicios políticos de americanos e iraquíes – Bush y Sadam Hussein  por poner nombres concretos- se lo impidieron.

A las once de la mañana -las nueve en España- se habían reunido a 200 metros del majestuoso zigurat erigido en el segundo siglo antes de Cristo a Nannar, dios sumerio de la luna representantes de las religiones existentes en este país. La variedad de los atuendos era digna de verse. El Papa fue acogido con aplausos y después de un impresionante canto de varios pasajes del Corán presentaron su testimonio dos muchachos, un musulmán y un cristiano, una mujer de la religión sabea mandea y  un anciano seguidor de Mahoma. Todos pidieron  a Bergoglio  que rezara por la paz en Irak  y que “por fin la convivencia entre todos llegue a realizarse”.

Las traiciones religiosas

Consciente de donde hablaba Francisco puso un énfasis muy especial en su discurso del que todo sería destacable pero del que entresacamos estas afirmaciones: “La peor blasfemia es profanar el nombre de Dios odiando a los hermanos. Hostilidad, extremismo y violencia no nacen de un alma religiosa, son traiciones a la religión  y los creyentes no podemos callar cuando el terrorismo abusa de la religión”.

En otro momento lamentó que el terrorismo de los últimos años -del Estado Islámico principalmente- hubiese “destruido brutalmente parte de vuestro maravilloso patrimonio religioso: iglesias, monasterios y lugares de culto de varias comunidades”.

Del odio a la paz

“La paz – fue una de sus conclusiones- no pide vencedores y vencidos sino hermanos que, no obstante  las incomprensiones y las huidas del pasado  caminan desde el conflicto a la unidad. Nos toca a nosotros, humanidad de hoy, y especialmente a los creyentes de todas las religiones convertir los instrumentos del odio en instrumentos de paz”.

El acto finalizó  con la Plegaria de los Hijos de Abrahán en la que, entre otras cosas, se pedía  a Dios que abra los corazones al perdón recíproco y a convertirse en instrumentos de reconciliación, constructores de una sociedad más justa y fraterna”.

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