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Un sacerdote experto en Bioética reflexiona sobre la eutanasia

  • Francisco Alarcos explica los desafíos morales y jurídicos tras la detención de un hombre por ayudar a morir a su mujer
  • “Debemos plantearnos si como sociedad estamos actuando bien al dar la espalda a una persona que sufre”

enfermo de alzheimer

El caso de María José Carrasco, enferma de esclerosis múltiple, y su marido, Ángel Hernández, que ha sido detenido hoy, 4 de abril, en Madrid por ayudarla a morir, reabre nuevamente el debate sobre la eutanasia en España, cuyo proyecto de Ley lleva varios meses esperando a iniciarse en el Congreso, a pesar de estar admitido a trámite. Francisco Alarcos, profesor de Bioética y Moral Fundamental de la Facultad de Teología de Granada, explica a Vida Nueva los principales escollos con los que se encuentra una ley que nunca llega.

Carrasco, de 61 años, fue diagnosticada en 1989 de esclerosis múltiple, una enfermedad que, poco a poco, fue dejándola totalmente al cuidado de su marido y con el deseo, cada vez más contundente, de morir. Por su parte, Hernández administró una sustancia letal a su mujer y, en un video en el que se ve cómo lo hace, explica que es algo que ella ha pedido “muchas veces”. De hecho, el matrimonio pasó nueve años en una lista de espera para que admitiesen a la mujer en una residencia, de la misma manera que solicitaron ayuda domiciliaria cuando empeoró. Ninguna de las dos llegó.

“Debemos plantearnos si como sociedad somos realmente justos, si estamos actuando bien, cuando le damos la espalda de esta manera a una persona que sufre”, dice Alarcos. Y es que, para el experto, en estos casos, “el tratamiento no es tanto plantearse la eutanasia, sino si hemos facilitado todo lo necesario para paliar el sufrimiento o, por el contrario, hemos dejado que continúe hasta que la única salida es eliminar la vida de otro ser humano”.

“¿Se puede transferir la disponibilidad de la vida a otro?”

En España la eutanasia no está regulada como tal porque el código penal establece que la colaboración o la ayuda al suicidio constituye un delito. “Hemos terminado una legislatura que parecía que pretendía elaborar un proyecto de Ley, pero se ha quedado parado”, apunta Alarcos. Una ley cuyo punto de inflexión se encuentra en establecer si el Estado, “que tiene una función de proteger la vida y cuidarla”, puede hacer que un tercero “disponga de ella a nivel individual”. Es decir, el problema fundamental tanto ético como jurídico sería que uno puede disponer de su propia vida, pero, “¿puede transferir la disponibilidad de su vida a otro individuo?”.

Como ejemplo Alarcos presenta el de la pena de muerte, “condenada recientemente por el papa Francisco y eliminada por él del Catecismo de la Iglesia católica”, en el que “el Estado puede disponer de la vida de los individuos, pero incluso ahí hay un marco jurídico que señala que una persona individual no puede ejecutar a otra, sino el Estado en nombre de todos”. “No puedo entrar a juzgar que una persona pueda disponer de su vida, pero el problema ético pasa por si esa disponibilidad que es mía la puedo transferir a un tercero para que la ejerza por mí”, aclara.

Cuidar y paliar el sufrimiento

En el mundo no existe, a día de hoy, ningún país que tenga legislado como tal un derecho a la eutanasia, “precisamente porque el Estado tiene el deber de proteger la vida como un valor ético, pero también como bien jurídico”. Lo que sí existe es una despenalización en determinados casos, pero siempre “con determinadas indicaciones sobre situaciones que están reguladas en la que, si eso se hace, sobre todo por profesionales sanitarios, no llega a los tribunales”.

En este punto Alarcos reconoce otro problema, y es que si en la transferencia de la disponibilidad de la propia vida entre individuos, uno de ellos es un profesional de la salud, “esto choca inevitablemente con los códigos éticos de la tradición médica, partiendo por el de no dañar al otro, que ha formado parte del corpus del ejercicio sanitario prácticamente desde Hipócrates”. Por todo ello, Alarcos subraya que “no se debe olvidar” que la obligación moral y jurídica del final de la vida “no pasa tanto por eliminarla, aunque su disponibilidad haya sido transferida, sino por cuidarla y tratar de paliar su sufrimiento”.

Maximizar el nivel de cuidados. Una respuesta que, por parte de la sociedad, no llegó a tiempo para esta pareja. “El ser humano es el único animal del planeta que acompaña y cuida no solo en el nacimiento y durante la vida, sino también al abandonarla, acompañándole con cuidados”, subraya Alarcos.

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