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22/06/2012 | 09:46
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¿Dieron culto a Jesús los primeros cristianos?


Un libro de James D. G. Dunn (Verbo Divino, 2011). La recensión es de Rafael Aguirre

Dieron culto a Jesús los primeros cristianos, J Dumm, Verbo Divino

¿Dieron culto a Jesús los primeros cristianos? Los testimonios del Nuevo Testamento

Autor: James D. G. Dunn

Editorial: Verbo Divino, 2011

Ciudad: Estella

Páginas: 232

RAFAEL AGUIRRE | La cristología neotestamenaria ha pasado por varias fases recientes: la comparación con la historia de las religiones y sus influjos, el origen y evolución de los títulos cristológicos, la presentación de la figura de Jesús en cada grupo de escritos del NT.

En la actualidad, hay un debate importante sobre el lugar que ocupaba Jesús en el culto de los primeros cristianos; no se trata de bucear en los orígenes de la cristología, sino en el puesto de Jesús en la fe cristiana primitiva.

Dos prestigiosos biblistas británicos, R. J. Bauckham y L. W. Hurtado, defienden que ya en la más primitiva comunidad se rendía culto a Cristo como Dios. James D. G. Dunn, uno de los exégetas más reconocidos de nuestro tiempo y con una producción científica impresionante en su haber (tiene varios libros traducidos al castellano o en trance de serlo), con esta obra interviene en el debate con todo rigor y sin ningún atisbo polémico.

El examen terminológico, que realiza en el primer capítulo, muestra que el culto se dirige a Dios, pero que los cristianos primitivos son tenidos como quienes “invocan el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, a quien consideran participando de la gloria divina.

En el segundo, examina los diversos elementos que constituyen el culto. La oración se dirige a Dios, aunque también se invoca la ayuda de Jesús y su pronto regreso. Hay himnos sobre Jesús, pero dirigidos a Dios (Fil 2, 6-11; Col 1, 15-20). Se examinan los días sagrados, los banquetes, los sacrificios. La conclusión es que no se puede decir que rendían culto a Cristo, pero es claro que le implicaban de diversos modos en su culto.

En el capítulo tercero estudia el destinatario del culto en Israel y los mediadores celestes. Hay unas observaciones interesantes sobre monoteísmo y monolatría en Israel, así como sobre el uso extensivo y metafórico de la palabra “dios”.

En el judaísmo, el ángel, el Logos, la Sabiduría y el Espíritu son normalmente formas de hablar de la interacción de Dios con la humanidad, y no son objeto de culto. También se conocía en el judaísmo la exaltación casi divina de algunos grandes personajes (Moisés, Elías, Henoch, Melquisedec), pero en ningún caso implicaba que se les rindiese culto.

Divinidad

En el capítulo más largo, el cuarto, estudia el NT para ver el lugar que atribuye a Jesús en el culto. Afirma el monoteísmo de los primeros cristianos, que consideraban que en Jesús Dios había llegado a ellos de forma singular y que, gracias a él, podían acceder a Dios. Llaman a Jesús “Señor”, pero lo distinguen de Dios (Fil, 2, 6-11; 1 Cor 8, 5-6).

Después estudia Dunn cómo se aplican a Jesús las mediaciones judías de la divinidad antes mencionadas, y afirma: “Esto no significa que hubiera que dar culto a Jesús por ser quien era, como tampoco se le había dado culto a la Sabiduría divina o al Espíritu de Dios en cuanto tales. Pero sí significaba que así como la auto-revelación divina fundamentó y posibilitó más plenamente, mediante el Espíritu, la Sabiduría y la Palabra, un culto al único Dios, lo mismo había ocurrido, aunque con creces, con la intervención de Jesús” (p. 162).

Dedica unas páginas al libro del Apocalipsis, que es el que con más claridad afirma la divinidad de Cristo, que recibe en el capítulo quinto el mismo culto que el Señor Dios en el cuarto. Dios y el Cordero comparten el mismo trono (7, 17; 22, 1-3). Pero, se pregunta Dunn, ¿cómo hay que interpretar las imágenes apocalípticas?

A continuación, estudia los textos del corpus paulino (Rom 9, 5; Tit 2, 13), de Juan (1, 1. 18; 20, 28; 1 Jn 5, 19-20) y de la Carta a los Hebreos (1, 8), en que parece llamarse Dios a Jesús, y hace ver sus posibles interpretaciones. El análisis exegético termina con los lugares en que se presenta a Jesús como mediador (Hebreos y 1 Cor 15, 25-27, texto del que se hace un breve, pero brillante estudio).

El libro termina con una síntesis muy matizada de los resultados exegéticos, que no es fácil reducir a la unidad, acompañada de algunas reflexiones sistemáticas. A Cristo se le invocaba en la oración; se le asignaban las funciones de la Sabiduría y del Logos; el Apocalipsis habla del culto universal al Cordero.

Sin embargo, Jesús mismo enseñaba que no se diese culto a nadie más que a Dios; el NT considera que Jesús es el mediador por el que la humanidad se acercaba a Dios y que intercedía por ella.

¿Qué pensar ante afirmaciones tan diferentes? Al final del capítulo exegético, afirma: “… la respuesta que se impone parece ser negativa, es decir, que no pensaban que tenían que dar culto a Jesús en sí mismo ni por sí mismo. No tenía que ser destinatario del culto como si fuese totalmente Dios o se identificara totalmente con él, ni mucho menos como si fuera un dios. Su veneración se entendía como culto dado en él y mediante él, el culto de Jesús en Dios y de Dios en Jesús (p. 182).

Pero poco antes había dicho: “La impresión general que obtenemos es que Jesús era entendido como la encarnación de la cercanía misma de Dios; que Jesús era, en un sentido real, Dios mismo acercándose a la humanidad” (p. 181). Conviene recordar que el NT no es una obra sistemática y que su lenguaje es, con frecuencia, metafórico y poético.

Dunn nos ofrece un magnífico trabajo de exégesis crítica y, a la vez, creyente. Digo creyente porque está realizado incorporándose a la dinámica interna de los textos que expresan la fe en Jesús y quieren exponerla y transmitirla.

Considero que es auténtica exégesis teológica –aunque no diga todo lo que la teología ni la exégesis pueden decir al respecto–; pero también es labor de la exégesis movilizar a la teología para que repiense de nuevo los grandes temas de la fe cristiana.

En el nº 2.806 de Vida Nueva.