Director de Vida Nueva Colombia

El día en que desapareció la verdad


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Imaginen un mundo en el que ha muerto la verdad porque, como los dinosaurios, se ha convertido en una especie desaparecida.

¿Es lo que el Diccionario de Oxford quiso decir al hablar de la postverdad?

En un mundo así será normal lo que ocurrió con Trump, quien un día decidió que Obama era extranjero y musulmán; otro día dijo contar con el apoyo del Papa. No presentó prueba alguna de esas afirmaciones, pero la gente le creyó porque quería creerlo. La prensa publicó las dos mentiras; la del apoyo papal tuvo un millón de reproducciones digitales; las dos hoy hacen parte del anecdotario de la prensa, pero son más que anécdota: muestran lo que sucede cuando desaparece la verdad.

Es grave que un candidato a la presidencia del país más poderoso del mundo mienta ante el público como si se tratara de un acto inocente y banal; pero que el mundo calle y que al hacerlo parezca aprobar, esto sí es escandalosamente grave.

Es el caso de la postverdad en los medios de comunicación. Usted sintoniza noticias, las lee en periódicos y revistas o en las redes sociales, bajo el supuesto de que le dirán la verdad de lo que pasó. ¿Duda de alguna noticia? Podrá encontrar como respuesta la que dio la BBC que, ante dos versiones opuestas sobre el mismo hecho, una era verdadera, la otra falsa, el noticiero dio un paso al lado y explicó: son dos versiones del mismo hecho. Una explicación que deja en el mismo plano lo verdadero y lo falso; además deja indefenso al receptor de la información, que puede preguntar con impaciencia: pero, ¿qué pasó? Y no tendrá quién le responda porque esa prensa se habrá decidido por lo más fácil; en vez del trabajo arduo de buscar la verdad y comprometerse con ella, se limita a lo más fácil: citar las dos versiones como si las dos pudieran ser verdad.

También se oculta la verdad cuando se la degrada como un punto de vista. Cualquiera sea el tamaño de la falsedad se le da la piel de oveja del punto de vista. A usted lo acusan de corrupto, usted sabe que es honesto, pero no hay mejor manera de encenderle una vela a la verdad y otra a la mentira que decir que el acusador y usted tienen puntos de vista opuestos.

Imagine usted lo que ocurriría en el mundo de los negocios si todos los que se proponen negociar son conscientes de que, digan lo que digan los negociadores, no importa lo que digan sus palabras, porque pueden ser verdaderas o falsas sin que se reconozca diferencia entre ellas.

“Aprender a dudar supone alejar rechazos o adhesiones absolutos”

Pero esto resulta insignificante ante el hecho de que esta ausencia de la verdad haría imposible la relación entre las personas. Toda relación se funda en un mínimo de verdad. Pero eliminarla, declararla un valor caduco, es tanto como condenar a los humanos a la soledad.

Desde luego esto no sucederá así. La gente seguirá haciendo negocios, las familias continuarán entendiéndose, los gobernantes seguirán comunicándose con la ciudadanía. Pero la comunicación será cada vez más difícil y, a veces, imposible.

Por ejemplo, en las elecciones de 2018 los electores encontrarán cada vez más difícil creerles a los candidatos que tendrán sobre sus cabezas una espada como la de Damocles, en este caso la de la sospecha. Sea que acusen, sea que prometan, sea que hagan sus autodefensas, tendrán sobre sí la certeza del público de que, con tal de ganar su voto, dirán lo que los electores quieren oír.

¿Qué hacer?

Hay medios de comunicación que ya lo hacen: denunciar las mentiras. Se impone una campaña de defensa de la verdad y de desnudamiento de la mentira. Esa denuncia trae de la mano otra propuesta: aprender a dudar. Eso supone alejar rechazos o adhesiones absolutos, o sea, negarse a creer sin pruebas, ni las acusaciones de los amigos ni las defensas de los del otro lado; no es cuestión de creer porque así me conviene, sino de buscar y aceptar la verdad, aunque no esté de acuerdo con ella. Lograr esa actitud mental es un necesario punto de partida para que la verdad regrese. Mantener adhesiones ciegas y odios sin tregua prolongan la ausencia de la verdad y convierten la jornada sin verdad en una amenazante pesadilla.